En la muerte de don Jesús Iribarren
Nadie avisa sobre el día del propio fallecimiento y yo tampoco supe, hasta bien entrado el 14 de septiembre, que don Jesús Iribarren acababa de cerrar los ojos a este mundo. Sí me consta, en cambio, el momento semanal del cierre de Alfa y Omega, y el cariñoso empeño de su director porque salga en estas páginas el testimonio de alguien que le trató muy de cerca, que cree conocerle bien y que se honra de ser su discípulo, no el más aventajado, pero sí en el círculo de sus predilectos.
Ésa fue la razón, hace ocho años, de que don Jesús me pidiera y yo aceptara el prólogo de su autobiografía Papeles y memorias. Él, que lo pasaba fatal para hablar o escribir sobre sí mismo, llegó a la convicción, entre las presiones de amigos y la voz de la conciencia, de que, comunicador de oficio y de destino, tenía que aportar a la historia de la Iglesia de España su testimonio de actor directo, testigo fiel o cronista privilegiado de unos acontecimientos que él conoció y vivió desde dentro; de unos documentos que sólo él podía aportar, salvando, naturalmente, los secretos de oficio y los imperativos de la ética profesional.
Siguiendo el consejo de Joaquín Luis Ortega, director de la BAC, Iribarren tituló estos Papeles y memorias porque los papeles, documentos si se quiere, aportan mucha enjundia y sabor al pastel, sin que falte la guinda sabrosa o la guindilla picante. Ofrece el volumen páginas muy bellas sobre la infancia, la vocación sacerdotal, el Seminario y los primeros pasos ministeriales de este cura magnífico, figura señera del clero español en el siglo XX.
Me sentí obligado, al escribir el prólogo hace ocho años, a dilatar bastante su extensión para hacer yo mismo la crónica sobre el cronista, de tanto o mayor valor que los sucesos o los personajes que él saca a colación, con tanto garbo y donosura, en las páginas de las Memorias. Esto me brinda ocasión de plagiarme hoy descaradamente a mí mismo (espero que no me denuncien) transcribiendo a continuación, a guisa de flashes espontáneos sobre su persona y su obra, una serie de párrafos del prólogo de entonces. Mejor será que lean el libro entero y me dejen a mí a un lado como cronista de apoyo.
Henos aquí ante un valioso espécimen psicosomático, ante un ejemplar logrado de lo que desde fuera hemos entendido como un vasco de una pieza. Buen desafío su rostro para el pintor Zuloaga o el escultor Victorio Macho, y, si en busto, mejor el bronce que la madera policromada.
Piensen ustedes en un hombre grandullón, de aire resuelto, con patente de seriedad y de adultez. Pero marcado, lo reconoce él mismo, por la timidez innata, que le lleva a ser escueto con desconocidos, a escuchar en las reuniones, a evitar a toda costa cualquier protagonismo, a experimentar con más fuerza la vocación de llanero solitario que la de tribuno de masas.
Total: ¡Un lío! Aquí tienen ustedes a un tímido que ha ejercido siempre como cabeza de equipo, artífice de instituciones, luchador de empresas arduas, fajador de golpes bajos. ¡Ay, este Jesús Iribarren! ¿Quién será el descifrador que te descifre? Agudo, humorista entrañable, querido tanto siempre por sus segundos y terceros de a bordo, admirado por sus ayudas de cámara. Desconocido tenazmente por el gran público.
¿Cómo coser todo esto en un traje a la medida? Con el hilo conductor de un alma de niño, de una fe de aldeano bien curtida en famosas Universidades y de una vocación intelectual y pastoral que ha corregido sus excesos, suplido sus carencias, hecho personar sus errores. Resultado: una personalidad unitaria, integradora de contrastes, abierta a la comunicación interpersonal y social, bañada hasta los tuétanos por la fe de y en Jesucristo.
Nace en 1912; ve nacer, agitarse y sucumbir a la II República; le toca la guerra civil por pertenecer generacionalmente a la quinta de las primeras trincheras; será testigo de la España victoriosa, sumida en la miseria, envilecida por el estraperlo, acosada luego por los contendientes de la segunda guerra mundial, robustecida después por el cerco diplomático; legitimada, finalmente, aunque a medias, en el año 53, por los Acuerdos con los Estados Unidos y el Concordato con Roma.
|
En la otra mitad de su vida digiere el desarrollismo español, el Concilio Vaticano II, Mayo del 68, la muerte física de Franco y política del franquismo, la monarquía parlamentaria, los Gobiernos socialistas, la Comunidad Europea. La caída del marxismo, la demolición de la URSS, el nuevo caen ya fuera de la lupa biográfica de las de Iribarren.
No hay que olvidar que se trata de unas específicas: las de un sacerdote, implicado de hoz y coz en el periodismo activo, al frente de publicaciones de la Iglesia, cerca, valga la expresión, de los de la Iglesia de su tiempo: Nunciatura, Sede primada, Acción Católica Nacional y, más tarde, Unión Mundial de la Prensa Católica y Conferencia Episcopal Española
Todo esto le otorga a Iribarren un puesto más que merecido, no ya en la microhistoria de su propio libro, sino en la historia de la Iglesia de España como tal. Artífice fundamental del semanario , al que desde 1941 a 1953 dio nervatura y talante, es testigo y actor de las posiciones de la Iglesia ante un Estado a la vez confesional y dictatorial; fue debelador del paganismo nazi y de las contaminaciones fascistas en las estructuras del Régimen.
Con todo, él se quemó las cejas, cesó en sus cargos, fue vetado para otros, hubiera sido devorado por el ostracismo, de no llevar en su ser una fuente de energía, fruto ante todo de la apuesta radical por su sacerdocio, por el servicio a la verdad y la edificación de la Iglesia.
Con el correr de los años, la agenda Iribarren registraría un ritmo más sosegado: el , los libros, los viajes a Europa, los primeros contactos con Rusia. En el Congreso Mundial de Berlín de la Unión Católica Internacional de la Prensa (1968), Jesús Iribarren es elegido Secretario General de la misma, con puesto de mando en París.
Allí pasará cuatro años (68-72), fecundos, solidarios, esforzados, importantes. ¿Qué otro clérigo, qué otro periodista español ha vivido una experiencia semejante? Un tiempo de paréntesis, y de nuevo en España, en , en los libros, en los viajes.
Aquélla resulta ser, paradógicamente, la hora cenital del diario , con el diseño valiente de una sociedad democrática, desde un claro humanismo cristiano, sin cambios violentos, sin baños de sangre, sin vuelta a las andadas fraticidas. Brilla entonces la pluma lúcida de Iribarren. Está por estudiar el peso decisivo que todo esto vino a traer en la transición pacífica, de dictadura a democracia, de la España del 75. Iribarren añadiría a todo eso nuevas y detenidas estancias en la Unión Soviética hablaba el ruso de corrido con lo que esto suponía, entonces como ahora, para un espíritu europeo amueblado.
Todavía le quedaba a este ya viejo luchador, intacto en su reciedumbre, un desafío sin precedentes, al que supo responder sin pestañear. Algo sabe el abajo firmante de las reflexiones que dieron origen a su presentación y votación mayoritaria como Secretario General de la Conferencia Episcopal Española. Caso único hasta entonces, los obispos entendimos que este presbítero vasco, enraizado en Madrid como una encina, podía cargar con eso y con más. Algo hubo, lo confieso, de reconocimiento tardío de unas dotes personales y unos servicios eclesiales de excepción, no suficientemente valorados cuando más hubiera hecho falta. Aceptó con sencillez y sin encogimiento y volvió a llenar páginas importantes de la historia mayor de nuestra Iglesia. Trabajó como un enano, sufrió lo suyo, prestó servicios singulares. Fue la culminación ahora sí que digna y decorosa de un servicio activo a la Iglesia de más de 45 años.
|