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Habla el cardenal colombiano Alfonso López Trujillo, Presidente del Consejo Pontificio para la Familia
Los niños, carne de cañón
Los hijos, primavera de la Iglesia y de la sociedad: éste ha sido el tema del Jubileo de las familias, que presidió Juan Pablo II el fin de semana pasado en Roma. En la Vigilia del sábado por la tarde resonó en la plaza de San Pedro el drama de los niños de la calle de Brasil, o el de los adolescentes involucrados en las redes de prostitución en Sri Lanka. El encuentro con el Papa se convirtió así en un despertador de conciencias
J.C.

Los números son elocuentes. En los últimos diez años, dos millones de niños han muerto en conflictos armados, seis millones han quedado heridos, otros seis han sido detenidos ilegalmente. Miles han sido asesinados por las minas antipersonales. Y el fenómeno de los niños-soldado sigue creciendo...

Son datos angustiantes a los que hay que añadir otros. Sesenta millones viven en las calles. Más de diez millones de menores de edad sufren cada año violencia física o psicológica. Dos millones de niñas son sometidas a mutilaciones sexuales, y más de doce millones de menores de cinco años mueren a causa del hambre o de otras enfermedades. Decenas de millones son víctimas de abusos sexuales o incluso son vendidos.

Son cálculos escalofriantes de Amnistía Internacional, de Unicef, de la Unesco, de la Organización Internacional para el Trabajo (OIT), del Banco Mundial. En teoría, la comunidad internacional se ha comprometido desde hace años en acabar con este escándalo; hay capítulos especiales dedicados a la infancia en las Cartas y pronunciamientos sobre los derechos universales. En la práctica, sin embargo, los derechos de los pequeños siguen siendo violados.

La Iglesia, tras el Jubileo de las familias, se ha comprometido aún más en hacer lo posible y lo imposible para que esta brecha entre principios y realidad quede colmada. Así lo explica el cardenal Alfonso López Trujillo, presidente del Consejo Pontificio para la Familia, en esta entrevista concedida a :

Eminencia, ¿qué es lo que ha pasado? ¿Se está olvidando el mundo de los niños?

Hasta el año 1989, nos encontrábamos en un proceso bastante positivo, que tuvo su momento más importante con la Declaración de los Derechos de los Niños, de las Naciones Unidas. La Santa Sede participó en su redacción y ponía a los niños como prioridad: el interés de los niños se presentaba como superior a los intereses de los demás. Ahora, sin embargo, en algunas naciones surgen proyectos de ley que parecen olvidarse de algo que había sido aprobado por la comunidad internacional en el seno de las Naciones Unidas.

El Papa mismo mencionó, con claridad total en su Carta a los niños (13 de diciembre de 1994), los problemas más graves, incluido el relativo al supuesto derecho a la adopción por parte de parejas homosexuales. ¿Dónde queda el principio del bien superior del niño? Es una falta total de coherencia: falta una visión integral del hombre, falta antropología...

¿Hasta qué punto influye, en África, en Asia, en Iberoamérica, el subdesarrollo económico y el contexto social en la situación de los niños?

El problema de Iberoamérica se debe al hecho de que la familia no es suficientemente fuerte y estable como para que los niños puedan nacer verdaderamente en el corazón de un hogar, como fruto del amor de la pareja. Los niños tienen el derecho a tener auténticos padres que les den ejemplo, que les ayuden a formar una personalidad completa. En algunas naciones, el 60 por ciento de los niños nace fuera de un hogar.

A esto, hay que añadir también el problema de la pobreza: no hay empleo, no hay pan, no hay seguridad. Son momentos difíciles para la familia en Hispanoamérica.

En África, los niños sufren, sobre todo en la región de los Grandes Lagos, a causa de las guerras y de la violencia: los niños se han convertido en mano de obra y carne de cañón de la guerrilla y de ejércitos.

Luego hay que tener en cuenta el vil abuso del turismo sexual, particularmente desarrollado en algunos países de Asia. Todo esto nos preocupa mucho, preocupa tanto a la Iglesia que ha sido uno de los temas principales de nuestro Jubileo de la Familia.

Y, en Occidente, ¿cuál es el problema?

Hay que humanizar el corazón y la inteligencia. Hay que aprender a respetar el futuro y ese gran tesoro que son los niños. Es lo que hace la Iglesia con advertencias claras y proféticas, aunque a veces parezcan muy rígidas. Es la rigidez de un amor y de una verdad que no deben ser olvidados.