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Ver oír... y contarlo
Contra violencia, justicia
José Francisco Serrano
pserrano@planalfa.es

Los justos poseerán la tierra y morarán en ella por siempre (Salmo 37,29). Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra (Mt 5,4). Y ya está escrito en los salmos, después de que viviera la advertencia, que mis siervos justos heredarán la tierra (Corán 21, 104). Es más que un deseo de los hombres que los acuerdos de paz —esperemos que no de no violencia— en Oriente Próximo se rubriquen bajo estas tres máximas religiosas. He aquí el el texto base de un consenso auténtico, que rompe con las lógicas infernales de las que nos habla José María Vera, en el último número de la revista Época: Hoy, como ayer, como siempre, Oriente Medio, Israel-Palestina, Palestina-Israel, sigue siendo el punto más caliente del planeta y la principal amenaza, petróleo incluido, para la estabilidad mundial. Sharm el Sheik no ha sido un punto de encuentro, sino más bien un barómetro del desencuentro.

La historia puede que se remonte a muchos siglos atrás. La reciente, no sólo la intrahistoria unamuniana, la pública, nos traslada a la inoportuna y política visita de Ariel Sharon, exministro de defensa israelí, a la explanada de las Mezquitas. Leemos a un apasionado Manu Leguineche, en el suplemento dominical El semanal, del 22 de octubre: ¿Por qué contra la opinión de todos, palestinos e israelíes, Sharon se dirigió con una delegación de los suyos en el Parlamento a la explanada de las Mezquitas, el tercer lugar sagrado del Islam en la encrucijada de los templos de El Aqsa y Omar? Para provocar, para llamar la atención, para decir a los suyos, a los del partido nacionalista Likud: "Aquí estoy yo, que soy el más valiente, capaz de marchar al corazón del enemigo. Soy el líder natural para las elecciones del año que viene".

Han pasado ya varios días desde la reunión egipcia. Ahora estamos en la clave de lo firmado en la cumbre extraodinaria de la Liga de Naciones Árabes. Para Manuel Piedrahita, comentarista del diario ABC, en su columna del lunes pasado, hay una síntesis de la reunión: condena grandilocuente de Israel pero, al mismo tiempo, apaciguamiento de los ánimos más exaltados, todo ello envuelto en ayuda económica de la que tan necesitados están los palestinos. Ahora sólo queda esperar que el veredicto retórico de Ehud Barak se traduzca en una voluntad real de coincidir en la vía de la paz con el mundo árabe. Pero su propuesta de pausa en el proceso de paz no es muy esperanzadora.

Palestinos e israelíes tienen que aceptar definitivamente que ninguno de los dos va a desaparecer, tienen que aprender a vivir juntos, a reconocer y respetar la existencia del otro, nos recordaba Gustavo de Aristegui en un artículo publicado en El mundo, el pasado 16 de octubre. Una convivencia que se debe construir sobre la base de una memoria renovada por la reconciliación. La reconciliación llama a la esperanza para un pueblo, para los jóvenes que confiesan, como lo ha hecho Tahar Ben Jelloun, en el diario La Vanguardia, el domingo 15 de octubre, que soy un hijo de los campamentos y no quisiera envejecer entre piedras y detritus. No envejeceré. Con una honda detendré el tiempo, ahuyentaré a los pájaros, haré retroceder la fila de policías palestinos y avanzaré hacia los soldados israelíes que disparan sobre nosotros porque no tenemos derecho a vivir.

El Patriarca latino de Jerusalén, Michel Sabbah, escribió una carta recientemente, reproducida por el semanario de información religiosa Ecclesia, en la que decía: El pueblo palestino exige vida y libertad. Vida y libertad serán suyas antes o después; mejor antes que después. Y es que la violencia no puede ser el criterio de la vida en esta Tierra Santa. Sólo la justicia es criterio y símbolo de ella (...) Los jóvenes y los mayores que están dando la vida no lo hacen para atacar a nadie, sino que se limitan a defender los Santos Lugares, su libertad y su vida. Hoy la sangre sigue clamando a Dios en busca de la justicia y de la dignidad humana.

En esta rediviva guerra de David y Goliat contra la nada, hay palabras que no vuelan con el viento, aunque los columnistas más conspicuos se nieguen a explicitarlas. Lo que dijo Juan Pablo II, en su viaje a Tierra Santa, sigue teniendo la vigencia de un camino aún no recorrido. En el saludo al presidente de Israel, Ezer Weizman, el 23 de marzo, el Vicario de Cristo, mensajero de la paz, afirmó que sabemos que la paz verdadera en Oriente Medio llegará como fruto del entendimeinto recíproco y del respeto entre todos los pueblos de la región: judíos, cristianos y musulmanes. Desde esta perspectiva, mi peregrinación es un viaje de esperanza:la esperanza de que el siglo XXI lleve a una nueva solidaridad entre los pueblos del mundo, con la convicción de que el desarrollo, la justicia y la paz no se obtendrán si no se logran para todos.