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Reverendo dijo Peppone. Esto hay que arreglarlo. Nosotros a la Iglesia no podemos volver; por otra parte, somos gente bautizada, así que usted dirá.
¿Y qué me quieres decir? Pues que ayer tarde hemos tenido una sesión extraordinaria en el Partido y hemos decidido proponerle a usted como capellán de la Sección. ¿Y eso? Pues eso quiere decir que usted, a partir del próximo domingo, tiene que venir a decirnos una misa especial, digamos, una misa de Partido Don Camilo lo miró de arriba abajo. ¿Que qué? Yo no soy barbero, sólo los barberos prestan servicio a domicilio, así que vete olvidándote porque yo vuestra Casa del Pueblo no la piso en toda mi vida. |
No, si no sería en la Casa del Pueblo. No se podría porque eso supondría interferencias políticas. Vamos a un campo neutral: venimos aquí, a la "Anónima". (Era una nave de una vieja fábrica abandonada). Hay la misma distancia hasta aquí desde la iglesia que desde la Casa del Pueblo.
Como Dios está en todas partes, pues sigue donde está y nadie le crea problemas. Nos encontramos a mitad de camino y santa paz. Don Camilo se levantó y dijo: Bueno, lo pensaré. Peppone se quedó junto al fuego que había encendido en la nave abandonada. Si el Padre Eterno no es un faccioso pensó debe entender que todo esto lo hacemos por Él ***
Peppone, el teólogo, habla de Dios como habla de los compañeros con los que convive a diario; es decir, se toma a Dios en serio, como a una persona viva y concreta, y su asentimiento es real y puede ser el punto de partida de una relación religiosa transformadora. Me gustaría concluye el cardenal arzobispo de Bolonia hacer una reflexión sobre el diálogo, que no es un dogma de fe, sino una obviedad: es evidente que hay que dialogar siempre con todos, si se quiere evangelizar eficazmente. Pero a don Camilo que no sólo es un irreductible anunciador del Evangelio, sino un leal y apasionado representante de la Iglesia ni siquiera se le pasa por la cabeza pensar que para dialogar eficazmente es necesario, como hoy se dice, "atender más a lo que nos une que a lo que nos divide". Él está bien persuadido justamente de lo contrario, al menos cuando lo que nos divide no está motivado por caprichos sino por el amor a la verdad y a la justicia. Si no, no sería un diálogo auténtico y provechoso, sino un chismorreo de salón. La salvación de los hermanos no provendrá de la capacidad de los hombres de Iglesia para esquivar con mundana elegancia todo aquello que puede inquietar e incordiar a una paz de las conciencias, objetivamente infundada y no generada por la verdad. Podrá venir únicamente de un límpido y valiente testimonio dado por amor al prójimo a la luz de Dios. Tomado de Don Camilo, il Vangelo dei semplici (Ancora Editrice, Milán) |