RetrocesoA&ONº 231/26-X-2000SumarioCriteriosContinuar
Hermana muerte
La paz honda y serena, llena de la misericordia que perdona siempre y de la esperanza en la vida eterna —la única vida que puede merecer tal nombre—, que traslucían las palabras de la familia de don Luis Portero, asesinado por ETA en Granada, quedó patente en los medios de comunicación, y algún comentarista no pudo por menos que reconocer, en ese testimonio de perdón y de confianza en Dios, que muchos no dudarían en calificar de inhumano, una profunda humanidad. Eso de poder mirar de frente a la muerte, con dolor pero sin desesperación, ¿es acaso menos humano que gritar, desesperado, ante la muerte?

El testimonio de la novedad del cristianismo, desde su mismo inicio, llamaba poderosamente la atención de los paganos, que concretaban su sorpresa ante los cristianos, no diciendo: ¡Qué buenos son!, sino: ¡Mirad cómo se aman! Antes que nada veían el gozo de una vida marcada por un amor a la medida del propio corazón humano. Pero el colmo de la sorpresa llegaba ante los cánticos de esperanza, aun en medio del más atroz sufrimiento, de los mártires que llenaron Roma y el mundo entero de una sangre que no impedía el temblor de las piernas y del corazón, pero que purificaba la vida del hedor de la muerte definitiva.

Hoy no sorprenden, en cambio, cartas de pésame, incluso de no pocos que se dicen cristianos, semejantes a ésta, encontrada en unas excavaciones en Egipto, de un pagano al comienzo de la era cristiana: Irene a Taonofris y Filón, que tengáis buen ánimo. Me he apenado y he llorado por el difunto como lloré por Dídimas. Y he hecho todas las cosas que eran de rigor, yo y todos los míos, Epafrodito y Tremotion, y Filón y Apolonio y Plautas. Sin embargo, nada puede uno frente a tales cosas. Consolaos, pues, uno a otro. Que estéis bien.

Bien distinta a este ¡Nada puede uno frente a tales cosas! —la familia Portero, de Granada, ha vuelto ha poderlo hoy de actualidad— es esta otra carta de pésame, también encontrada en aquellas excavaciones en Egipto, pero de un cristiano, que realmente encontró a Cristo: … ni mujeres justas ni pecadoras sufrieron jamás lo que tú has sufrido. Sin embargo, tus pecados son nada. Glorifiquemos a Dios porque Él dio y Él tomó; pide que el Señor les dé descanso a ellos, y a vosotros os conceda cantar con ellos en el Paraíso. ¿Acaso corresponde más al corazón humano la fatal resignación del paganismo? Ciertamente el cristianismo, junto al gozo de la vida verdadera, ha traído la luz a una razón sin respuestas. Hasta tal punto, que un san Francisco de Asís puede llamar hermana incluso a la muerte. Ni siquiera la muerte ha de ser censurada. Sencillamente porque ya no es esa negra figura con una guadaña en la mano. Vencida por Cristo —¿no desaparecen las tinieblas cuando en ellas penetra la Luz?—, de su mano, como buena hermana, nos lleva al Paraíso, a la Luz definitiva.

En una sociedad avanzada que se precie, lo que más necesitan las familias de muertos súbita y violentamente no es a psicólogos, como tan habitualmente se ofrece —y está bien, siempre cuando tengan para poder dar—, sino, antes que nada, lo único necesario: la fe que hace plenamente razonable y humana la vida en esta orilla, y por ello anhelante de la Otra.