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Pocas fotografías iluminan mejor una de las grandes tragedias de nuestro tiempo que la publicada por muchos periódicos: un joven palestino se asoma a una ventana desde la que ha sido arrojado a la calle el cadáver de un soldado israelí quizá tan joven como él. Ante sus admirativos compañeros, el muchacho alza, orgulloso y risueño, ambos brazos, pero no lo hace en signo de paz; las palmas de sus manos están tintas de sangre. Al soldado le aplicaron la terrible ley de Lynch: murió apaleado, a puñetazos, a patadas, a pinchazos, en medio de insultos y aullidos de escarnio y desprecio... En otra imagen del mismo crimen, o tal vez de otro simultáneo, gente más madura, o que debiera serlo, participa en el asesinato, con la cobardía rabiosa de la muchedumbre frente al indefenso; en ella, una mujer de edad incierta, tocada con su pañuelo islámico, destaca en el feroz ensañamiento. Pocos días antes, un compañero de armas del linchado disparó contra un niño árabe, y esa muerte, casi tan cruel y quizá aún más abominable por la tierna edad de la víctima, desencadenó la oleada de terror que ha invadido las fronteras entre Israel y el germen de Estado que controla, aunque poco, Yasser Arafat. Antes, la provocativa visita a la Explanada de las Mezquitas de un político judío radical, escoltado por un millar de guardaespaldas, fue la primera chispa de la terrible hoguera que quizá viene gestándose desde que el líder palestino rechazó, silencioso, las ofertas del Primer Ministro Barak en Camp David. Todo esto ocurre en torno a los Lugares Sagrados de dos religiones del Libro que se remontan a la Biblia, esto es, a la Palabra de Dios. Nadie, ciertamente, tiene toda la razón en este pleito siempre ensangrentado; pero invocar como solución la Guerra Santa es el modo más seguro de impedir cualquier solución. |
| No sólo abundan allí los jóvenes bárbaros. También entre nosotros, aunque aquí no enseñan las ensangrentadas manos, sino que las ocultan; pero con ellas colocan la bomba bajo el automóvil, o disparan por la espalda a la nuca de la víctima inocente y desprevenida, a ser posible cuando no tiene escolta, o pueden también asesinar a quien presta ese servicio. Esos actos son una ofensa a Dios, como dijo a la COPE, y publicó este semanario, el cardenal Rouco; y monseñor Uriarte, obispo de San Sebastián, reprobó estas oleadas de violencia callejera que vulneran derechos humanos medulares. Pues esos mozalbetes, o quienes los respaldan, han aprendido el noble arte de tirar piedras y ahora acaban de lanzarlas, enriquecidas por cócteles Molotov, contra los gendarmes franceses, sin duda como un modo de sacudir el árbol para que ellos mismos, o quizá otros, recojan las nueces. En su universal ignorancia, seguramente ignoran que ya un rifeño llamado Abd el Krim atacó a la vez, años atrás, a dos viejas y sólidas naciones, España y Francia; causó no pocas muertes pero perdió su guerra, naturalmente. No pudo quejarse, pues, de haber leído a Esquilo, habría sabido que la violencia engendra violencia; y de Solón pudo aprender que no duran entre los mortales las obras de la violencia.
No siempre la causa de esta barbarie es política, como en los ejemplos citados. Recientes estadísticas opinan lo que sabíamos a través de casos concretos: que una buena parte de los daños sufridos por los niños españoles son obra... de sus condiscípulos, y que muchos alumnos de nuestros colegios someten a violencia... a sus profesores. Son, esos niños, alevines de jóvenes bárbaros. Y aflora, en ellos, un grave problema social y, más exactamente, familiar. ¿Creen acaso, muchos padres y madres, que sentar al hijo ante el televisor o el ordenador es preferible a charlar con él y a inculcarle, con suavidad, paciencia y firmeza, ciertas normas básicas de conducta, convivencia y respeto? Sin duda es justa la universal voluntad femenina de ganar unos dineros fuera del hogar; pero, si así es, crece el deber paterno de compartir plenamente lo que antes fue, sobre todo, una relación materno-filial. Frente a los jóvenes bárbaros de las manos rojas alzan otros jóvenes, en toda España, las manos blancas, en una plegaria civil que nació tal vez cuando alguno de aquellos les arrebató a uno de sus maestros en la paz y el derecho. Quiera Dios, omnipotente y misericordioso, que la fuerza ejemplar de las manos blancas destiña la sangre que mancha cada día aquellas otras manos. A ello puede contribuir la lección del Parlamento Europeo al conceder a la Plataforma Basta Ya el premio Sajarov que distingue la defensa de los derechos humanos. Agradezcámoslo, pero es triste, en el fondo, que tantos crímenes contra el derecho a la vida hayan traído a España un galardón nunca hasta ahora otorgado dentro de los confines de la Unión Europea. Guste o no, todavía somos diferentes. Carlos Robles Piquer |