RetrocesoA&ONº 231/26-X-2000SumarioDesde la feContinuar
El obispo católico de Kosovo, monseñor Sopi, reflexiona sobre el futuro de su pueblo tras la guerra
La Iglesia ha crecido y madurado
La vinculación con Serbia, la presencia de las Naciones Unidas y de la OTAN, las elecciones del 28 de octubre y, en definitiva, el futuro del Kosovo, fueron algunos de los asuntos de la entrevista concedida a Fides por monseñor Marko Sopi, obispo auxiliar para los fieles de lengua albanesa de la diócesis de Skopje-Prizren. Monseñor Sopi es testigo del nuevo florecimiento de la Iglesia en Kosovo: No nos bastan los locales que tenemos para recibir a todos los jóvenes que llegan. Los católicos son 60.000, a los que hay que añadir otros 40.000 fuera del Kosovo. La diáspora kosovar, causada por la falta de trabajo, se encuentra en Francia, Austria, Alemania, Suiza (15.000) y Estados Unidos
Cuál será el futuro político de Kosovo? ¿Ligado o no a la República Serbia?

Pienso que ésta es una cuestión del pasado. Ya no se puede ligar Kosovo a Serbia, como era antes. Ahora están las Naciones Unidas y la OTAN. Pensamos que esto durará algún tiempo. El 28 de este mes tendrán lugar las elecciones comunales, de las que saldrán las autoridades legales locales: un primer paso hacia la normalidad. En la primavera se tendrán las elecciones regionales.

¿Qué peso tendrán en Kosovo los cambios en Belgrado?

Ninguno. Los kosovares han tenido sólo noticias vagas de lo que estaba sucediendo en Belgrado. Desde los bombardeos de la guerra, no tenemos ninguna relación con la capital serbia. Consideramos ya Belgrado como la capital de un país vecino: el ejército, la moneda, todo es diverso.

Pero Kostunica fue votado también por quien quería el retorno del Kosovo a Belgrado…

Es algo que no depende de ellos, sino de la comunidad internacional. En los 10 últimos años los kosovares fueron discriminados por los serbios, pero quieren desde siempre la auto-determinación.

¿Y las relaciones con el mundo ortodoxo?

Son buenas, pero los ortodoxos piensan que el Concilio Vaticano II fue una venta de rebaja de la Iglesia al mundo, y que el ecumenismo es una herejía del siglo XX. No hay mucho diálogo teológico. En todo caso, con los pocos serbios que quedan (el 5%: antes de la guerra eran el 10%) tenemos relaciones de amistad y de ayuda, aunque la relación con los musulmanes es todavía más profunda. Los musulmanes kosovares no son fundamentalistas; estiman a la Iglesia por su trabajo en favor de la paz. Más aún, hemos hecho de puente para acercar a las comunidades islámicas y ortodoxas.

Kosovo parece un lugar sin esperanza, donde hay luchas y violencia entre serbios y albaneses…

No, entre nosotros no hay desesperación. Las condiciones económicas no son florecientes, pero la gente desea ir adelante, reconstruir Kosovo. Lo único que necesitamos es financiación internacional, inversiones del extranjero, ayuda de las Iglesias, para poner en marcha de nuevo la industria, que estaba renaciendo hace 10 años, y que ha acusado después el frenazo de la guerra. Nuestra población no quiere alejarse de Kosovo: quiere permanecer aquí y trabajar. Los jóvenes menores de 25 años son el 50% de la población. Por eso, la tarea de la Iglesia, además de pastoral, es de educación. Esto aporta esperanza a la Iglesia y a la sociedad.

¿Cómo es la vida de la Iglesia?

Es una gran paradoja: desde que cayó el muro de Berlín y Milosevic dominó Serbia, mientras aumentaban las dificultades políticas, la Iglesia creció y maduró. La caída del comunismo significó libertad de práctica religiosa. Antes, si uno mostraba ser católico u hombre de fe, era marginado de la vida social, no encontraba trabajo. También durante la guerra del año pasado, la Iglesia creció en número y estima. Yo he dado indicaciones a sacerdotes y religiosas para que no dejen por ningún motivo sus parroquias, a menos que hubiese una amenaza de muerte inmediata. Y así, los sacerdotes y las religiosas se convirtieron en el punto de referencia seguro para ayudas, medicinas, hospitalidad. Esto fue apreciado por los fieles, así como por los musulmanes: todos recibieron víveres, vestidos, medicamentos, un lecho para dormir. También en los campos de prófugos, asistidos por Cáritas, musulmanes y católicos están muy agradecidos y afirman: ¡La Iglesia nos ha salvado! Después de la guerra continuamos esta relación de amistad y caridad con serbios, albaneses, montenegrinos, turcos, ashkalia, Rom (gitanos).

La caída del comunismo marcó el renacimiento religioso: nadie tenía ya miedo de perder el puesto de trabajo y todos iban a la iglesia. Miles de emigrantes católicos se formaron precisamente así: eran los que, no queriendo renunciar a la fe, no tenían trabajo y entonces abandonaban el país. Antes de la guerra partían sólo los hombres. Después de la última guerra emigraron familias enteras. Y, no obstante, todas nuestras iglesia rebosan hoy de fieles. Hace 30 años, gracias a las ayudas de los emigrantes, de las Obras Misionales Pontificias y de la Cáritas alemana, construimos muchas iglesias. Pensábamos que habrían sido suficientes, pero ahora, después de la guerra, las iglesias resultan demasiado pequeñas, porque todos van ya a la iglesia.

¿Y los jóvenes?

Ahora los jóvenes están ligados y encariñados a la Iglesia. En tiempos del comunismo no podía haber actividades misioneras fuera de los edificios de la Iglesia. Ahora que somos libres podemos hacer mucho más: educar en las guarderías, en las escuelas elementales y medias. A veces no bastan los locales para recibir a todos los jóvenes que llegan. En la Iglesia se sienten más seguros y comprendidos en sus necesidades espirituales. Luego, nuestro clero es jovencísimo: de 55 años para abajo. Tenemos también muchas vocaciones: 14 en el Seminario Menor y 17 estudiantes de Teología. Desgraciadamente, no teniendo Seminario Mayor, nos vemos obligados a enviarlos por doquier: a Croacia, Austria, Italia y también a Albania. Aumentan también las vocaciones femeninas: las religiosas de San Vicente de Paúl acogierona a 21 novicias nuestras en París. No hay puestos para recibirlas.