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You´re the one se abre con un plano subjetivo y se cierra con otro semejante. En lenguaje audiovisual se denomina subjetivo al encuadre que coincide con el punto de vista de un personaje. Así, al revelarnos dicho plano de arranque el parabrisas de un viejo Rolls Royce, que avanza por un sinuoso camino norteño, comprendemos desde el primer momento que, en el film que vamos a ver, somos compañeros de viaje de alguien que se desliza por el perímetro interior de su alma. Estamos en Asturias, 1947. La que conduce ese aristocrático automóvil, y que va a llenar todo el espacio cinematográfico con su presencia, es Julia (Lydia Bosch), que padece una depresión a consecuencia de la muerte en prisión de su antifranquista novio. Por indicación de su médico (Jesús Puente), se dirige a Llendelabarca, la casa solariega que su familia posee en una aldea asturiana llamada Cerralbos del Sella. Alejarse de la presión reaccionaria de sus padres es el primer paso terapeútico para esta muchacha partida en dos, que tiene un muerto pegado al alma, al decir de su ama de llaves Tía Gala (Julia G. Caba). Así arranca una historia que hay que leer entre líneas, en complicidad con una cámara trasladada con el pudor y la conmoción con que se movía la de Dreyer alrededor de Gertrud. Aunque se trata de un melodrama intimista, no encontramos ningún vestigio barroco o discurso existencial complejo y bergmaniano. Sólo vemos lo que alcanza la mirada, sólo sabemos lo que se puede deducir de la cotidianidad de una supervivencia melancólica. Poco a poco descubrimos que lo único que puede salvar a Julia de su estado es el roce con la vida contagiosa, con la sencillez del entusiasmo primigenio.
De los distintos personajes que pueblan la experiencia rural de Julia, hay cinco muy significativos. Don Matías, el cura (Juan Diego), algo ultramontano y borrachín, que encarna las contradicciones de una España desgarrada entre la moral esclerótica postbélica y las ansias de libertad del pensamiento (es hermosísimo cuando él describe su dialéctica entre su criterio poítico-moral que le dice que la pintura de Picasso debe ser rechazada por atea y su razón que experiementa la belleza de las formas y colores). Es la imagen dramática de una Iglesia dividida entre la obediencia al Régimen (lógica, al cabo) y la obligada custodia de la libertad personal. Otro personaje tremendo es el de Orfeo (Iñaki Miramón), el maestro, que encarna el corazón humano verdadero: sencillo, positivo, ilusionado, y capaz de un gran amor y de una gran esperanza. Tía Gala es una mujer que bascula entre el escepticismo de una edad que ha visto mucho odio, mucha guerra y mucha intransigencia, y la penetración de una mirada que sabe leer el rostro de la gente. También está Pilara (Ana Fernández), que acepta su duro destino con la entereza que da el apego a la realidad y la ausencia de discursos abstractos. Por último y por encima de todos, aparece, cómo no, Juanito (Manuel Lozano), el niño de Pilara, en el que se funde la santidad de Marcelino Pan y Vino, el dolor de Javi (Secretos del Corazón) y la fragilidad de Moncho (La lengua de las mariposas). Un niño, en definitiva, que abre los ojos sin filtros ni lentes correctoras y que reza a Dios todas las noches. Son estas cinco personas, carentes de pretensiones y prejuicios hacia Julia, los que hacen de bálsamo de su enfermedad; enfermedad que, en el fondo, es el fantasma de una España fratricida. Garci apuesta como nunca en este film por el valor eterno de las cosas, la esperanza del amor y la fuerza de una voluntad entusiasmada. Y lo hace con el halo de nostalgia de las mejores obras de Chaplin, en las que la felicidad es más un deseo que la tangibilidad de una presencia. Esta esperanza y este amor no son, obviamente, las virtudes teologales de la fe, pero sí son expresión del deseo infinito del hombre, que nunca se sacia, insatisfecho como el mar, y lanzado siempre hacia adelante por el reclamo permanente de la realidad. Y todo esto es pieza esencial del sentido religioso universal. No importa que don Matías sea impresentable, que Orfeo sea simple o que Pilara sea ingenua. Todos se salvan como esa cometa que vemos al final del film, impulsados al profundo cielo por el calor de su corazón auténtico, como el Ícaro de Matisse, en tensión hacia el infinito por el fuego de su alma. Algunos consideran a Garci sentimental y cursi. Puede ser. Es cuestión de gustos. Lo que es incuestionable es que su cine está a la altura de las películas inmortales, que no envejecen porque nacen clásicas, porque no viven del guiño a la caducidad del momento, porque buscan el arte por encima de todo y, sobre todo, porque hablan al hombre desde la sinceridad del corazón. Y en esto Garci es un maestro. Juan Orellana |