RetrocesoA&ONº 231/26-X-2000SumarioDesde la feContinuar
Teatro puro
¡Qué gusto da ir al teatro... y encontrarse con teatro, y no con otras cosas y experimentos del más variado pelaje! ¿Cuándo acabarán por enterarse los experimentadores de arte y ensayo de que la mejor experiencia —tal vez la única válida y verdadera— es ya la obra de teatro en sí? Y, si se me permite, otra pregunta más: ¿Quién experimentará a los experimentadores?
Son algunos de los interrogantes que cualquier espectador sereno y atento se plantea ante el retorno del Tenorio, un año más por estas fechas, a las tablas. Este año, gozosamente, y hasta con un cierto adelanto, que es de agradecer, a las del Español, de la mano maestra de Gustavo Pérez Puig, que, cuando se habla de teatro y se busca teatro, es toda una garantía de acierto. Ha llevado al escenario, una vez más, la inmortal obra de don José Zorrilla en texto revisado por Lloret, y lo primero que hay que decir es que es puro teatro. Por eso, la noche del estreno, los mutis más famosos de la obra fueron subrayados con aplausos, que al final de la obra se convirtieron en un auténtico clamor de bravos y prolongadas ovaciones. Un éxito merecido. Y trabajado, porque alguien puede pensar que el éxito del Tenorio se da por descontado, pero la experiencia demuestra que no es así.

Ha habido sobre nuestra escena Tenorios y tenorios; quiero decir, con mayúscula, y con minúscula, grandiosos, y para olvidar; el de este año en el Español va a la cabeza de los primeros. Todo está cuidado al máximo: la dirección y el ritmo justos, la interpretación y el nada fácil buen decir del verso —en algunos, como Ramiro Oliveros o Ana María Vidal, auténticamente magistral—. Muy bien Abigail Tomey en su creación de doña Inés, y muy bien, como siempre, José Carabias y Juan Carlos Maya, Pepe Sanz y Antonio Medina, y Juan Lombardero, y todo el resto del amplísimo reparto —más de cuarenta actores, a veces, sobre el escenario—. Cuidadísimos la escenografía, el vestuario, la iluminación, la música... Verdaderamente espectaculares, justos y discretos, nada estridentes, los efectos especiales.

Y, por encima de todo y al servicio de ello, como debe ser, los versos inmortales de Zorrilla, y la maravilla del amor que triunfa y regenera al galán gallardo y calavera y sólo en vida más pura/ los justos comprenderán/que el amor salvó a don Juan/ al pie de la sepultura—, porque un punto de contricción/da a un alma la salvación, y porque es el Dios de la clemencia/ el Dios de don Juan Tenorio. ¿Por qué el director desdobla a don Juan y no es el mismo actor el de la segunda parte que el de la primera? Porque —¡y qué bien lo ha entendido y lo da a entender Gustavo Pérez Puig!— el don Juan del final, no es el don Juan del principio.

M.A.V.