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Hace un par de semanas, salió a la luz en este mismo semanario una información a propósito del proyecto de canal de televisión de la Iglesia en Madrid (TMT), que en breve iniciará su andadura. A toda iniciativa de televisión diocesana le acompaña siempre un adjetivo impreciso que, por su polisemia y ambigüedad, no siempre tiene la facultad de explicarse debidamente a sí mismo: canal religioso. Religioso, según la mentalidad común, es un adjetivo injusto y romo porque su función parece la de comprimir, reducir, simplificar una acción que de por sí es oceánica. Es decir, religioso suena a sección de periódico, a porción de la realidad, a metro cuadrado urbanizable, cuando en justicia hace alusión a la experiencia cristiana, que abarca todos los frentes, desde el Nou Camp hasta una ermita perdida en Isla Antilla, pasando por el rezo tembloroso del torero y la belleza de una inmejorable puesta en escena en el Bellas Artes de Madrid.
La fe cristiana no es un apellido, ni un adjetivo, ni siquiera un idioma local de una docena de iluminados, sino un sustantivo que se mueve como una anguila por los meandros de los diferentes lenguajes. No existe una jerga religiosa, como en cambio sí existe la terminología política, médica, jurídica; de ahí que la palabra cristiana tenga sus consecuencias en todos los ámbitos de realidad (en el hospital, en la cultura, en la economía, etc.), y sea comprensible por todos. La expresión cristiana abraza todos los lenguajes y al tiempo los desborda y hace estallar con su rotunda novedad. La palabra jardín deriva de la raíz indoeuropea gher-, que significa cercado. El nuevo canal de televisón de la Iglesia en Madrid no quiere ser un jardín inglés dentro del infinito parque botánico de propuestas, sino una selva virgen donde todas las variedades son merecedoras de presencia, sin beaterías ni afectaciones, sin simplificaciones ni intereses de cuadrilla, sino con la certeza de mostrar una realidad que ha sido transfigurada por Cristo. Javier Alonso Sandoica |