|
|
La fe es como el salto del ciego Bartimeo, que, sin ver, nos coloca junto a Cristo y nos salva.La fe mantiene nuestros sentidos despiertos y atentos al paso de Cristo y nos hace gritar, cada vez con más fuerza, al sentir la presencia de Aquel que llega cargado de misericordia: Hijo de David, te compasión de mí. La fe supera y vence la impiedad de la gente incapaz de compadecer al pobre que sólo encuentra su refugio en Dios. Hay tanta impiedad en negar a Dios como en callar con improperios al que le busca: Muchos le regañaban para que se callara. La fe molesta, por el poder de su invocación, a quienes acompañan a Cristo sin atender las necesidades de quienes yacen al borde del camino. ¡Qué pronto se olvidaron de las suyas! La fe ayuda a liberarnos de todo lastre cuando se trata de acercarse al único que tiene la salud. El ciego se liberó del manto. La fe vive de la súplica como el ciego vive de la limosna. La fe es hermana de la paciencia y madre de la confianza. Nunca se siente defraudada y recibe como premio la palabra de quien ha sido importunado en la oración: Llamadlo, dice Jesús, que ha sido llamado a gritos. La fe, incansable en pedir, pone a nuestra disposición al Señor de todas las gracias y dones: ¿Qué quieres que haga por ti? ¿Dónde se ha visto que el Señor de todo se acomode a nuestros deseos? La fe nos enseña la constancia en el pedir y la sencillez al exponer desnuda nuestra necesidad: Maestro, que pueda ver. La fe nos guía, como luz poderosa en las tinieblas, hasta descubrir dónde radica nuestro mal y dónde se halla el único que puede sanarnos. La fe es salvación y luz: Anda, tu fe te ha curado. La fe engendra gratitud y adhesión a Cristo por la salvación recibida y nos permite seguirle por el camino de la vida. La fe nos ilumina para seguir a Cristo una vez levantados de nuestra postración. La fe mantiene siempre abiertos los ojos para no dejar de mirar a Cristo, que marcha por delante y nos permite ver lo que otros no vieron: al Salvador del mundo. Por eso Jesús nos llama bienaventurados. *** La fe nos recuerda que hemos sido ciegos, sordos, tullidos y leprosos hasta que Cristo pasó a nuestro lado y ejerció con nosotros el oficio de Mesías. La imagen del ciego Bartimeo, invocando primero a Jesús y siguiéndole después, dramatiza magistralmente el itinerario de la fe, que despierta en nosotros con la necesidad de ser salvados y culmina cuando somos colmados de luz al ver ante nosotros al Hijo de David, rico de compasión. La fe nos salvará en la medida en que no dejemos de pedir: Maestro, que pueda ver. + César Franco |