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A. Llamas PalaciosRosa Puga Davila Dentro de unos días la Iglesia celebra, unidas de la mano, la fiesta de Todos los Santos y la conmemoración de Todos los Fieles Difuntos. Supone una cita obligada con nuestros seres queridos cuya presencia física ya no podemos disfrutar, aunque normalmente ronden nuestros recuerdos con una frecuencia bastante más usual que la de un año. Pero la proximidad de esta fecha también nos hace pensar un poco más en la muerte, y el lugar que ésta ocupa en nuestras vidas. Por lo general, la ausencia repentina de alguien cercano y especialmente querido nos golpea a todos en algún momento. Y es entonces cuando la fe cristiana nos recuerda que, en realidad, vivimos con la esperanza de una vida eterna infinitamente mejor que la terrenal. La resurrección de Jesús es la prueba de que podemos confiar en su Palabra. Pero nuestra condición humana también se nos muestra, a veces, como poniendo la zancadilla a nuestras creencias, pues resulta difícil luchar contra la rabia de una despedida forzosa, sin abrazos ni preparativos de ningún tipo. Sin avisar. Por muchos testimonios que oigamos de aquellos que han pisado las puertas de la otra vida y han sobrevivido, por mucho que sepamos que en esos momentos casi todo el mundo coincide en relatar una sensación placentera, especialmente tranquila..., siempre vemos un halo negro de oscuro desconocimiento. La muerte tiene la mala suerte de ser repudiada por no haber sido conquistada. En el fondo, el orgullo humano juega de esa manera en muchos aspectos de la vida. A pesar de nuestros delirios de grandeza, a pesar de que creemos tener el poder de curar nuestras enfermedades, estirar nuestras arrugas, fabricar seres humanos perfectos y reducirnos a una masa de carne moldeable..., ¿hemos conseguido la fórmula para que todo nuestro conocimiento no se dé de bruces contra la tierra? Hay también otra cara de la moneda: la muerte como negocio. Se trata de un tema inabarcable, espinoso y lleno de callejones sin salida. Inabarcable y jugosamente presa de demagogias y debates de quienes están ávidos de un poco de crítica fácil. Espinoso por desconocido, arriesgado, siempre a mano, pero lejos si uno no está dentro. Los callejones sin salida aparecen cuando, después de tropezar con varios juicios inservibles, uno se da cuenta de que la cosa es más complicada de lo que parece. |
| Cuando fallece una persona, normalmente son las funerarias las que se hacen cargo del cadáver. Ante el dolor de la familia, los trabajadores de las funerarias suelen explicarles pacientemente todos los pasos que se van a dar y tranquilizarles dejándoles claro que todo queda en sus manos.
La forma en que todo esto se lleva a cabo ha cambiado; también las personas que lo hacen posible. Antes, las pompas fúnebres y los velatorios en los hogares eran costumbres muy arraigadas dentro de nuestra cultura. Hoy esas costumbres están casi extinguidas, aunque en casos muy aislados todavía tienen lugar. En un pequeño pueblo de la comarca del Ribeiro, de Orense, el párroco, don Joaquín Pérez Mostaza, cuenta cómo tienen lugar los entierros: En Francelos se celebra la misa por el cadáver y luego éste es acompañado al cementerio por el sacerdote seguido de los familiares y amigos. Sí que es cierto que, antes, a los muertos se les velaba en casa, pero hoy ocurre cada vez menos. Los coches fúnebres también han sustituido a la antigua costumbre de llevar la caja a hombros. LA MUERTE NAVEGA POR LA RED
La modernización de muchas de estas costumbres ha despersonalizado la muerte, momento clave de la vida, y ha establecido también la cremación como una variante más del enterramiento. Hoy es posible ponerse en contacto con una empresa funeraria desde Internet. La muerte y sus consecuencias también navegan por la Red, y si no, que se lo pregunten a las almas que supuestamente descansan en paz en los cementerios virtuales que uno se puede encontrar si curiosea por los rincones de esa gran telaraña. Recordatorios, postales, páginas especiales para los aniversarios de nuestros muertos, con foto, fragmentos de voz, vídeo y dedicatorias personalizadas... Todo ello porque la distancia, o la misma incomodidad de trasladarse a un cementerio convencional, no nos permite acercarnos con frecuencia a nuestros seres queridos fallecidos. Hoy Internet nos permite acortar esa distancia, tal y como aparece reflejado en Paz eterna, el primer cementerio virtual del mundo, una nueva forma de rendir culto y tributo a nuestros seres queridos. Algunas empresas funerarias facturan al año miles de millones de pesetas. Las cifras dejan sin resuello a todo aquel ajeno a este... ¿mercado?; ¿sector? De nuevo un callejón sin salida. El promedio que un español puede gastarse en el entierro de un fallecido oscila entre las 250.000 y 300.000 pesetas. Sin embargo, estos números pueden aumentar hasta cifras millonarias. Y el debate está servido. Partimos de la base de que nadie cree que el fallecido pueda disfrutar o pasar a mejor vida entre madera de óptima calidad. Sin embargo, creemos que esas personas se merecen un entierro con todos los detalles. Él/ella lo merecía, argumentan los protagonistas de estos dolorosos momentos. En el caso de Madrid, el servicio funerario era hasta hace relativamente poco un monopolio; se trataba de un servicio municipal llevado a cabo por la Empresa Mixta, que hoy mantiene un 51% de capital público y 49% de capital privado. Con el tiempo, otras iniciativas privadas han comenzado a dar pequeños pasos en el mercado, y en el día de hoy todas ellas coexisten dentro de un sector liberalizado, donde la competencia mueve algunos hilos y otros se quedan en manos de los empresarios que tienen un negocio y deben sacarlo adelante. Se trata de empresas que trabajan 24 horas al día, cuentan con personal especializado, y todo eso supone un coste. Al fin y al cabo, hablamos de una empresa más, sólo que inmune a la quiebra, el resultado es seguro, y a esto se le añade la peculiaridad de que a nadie le gustaría llegar nunca a requerir sus servicios, porque eso significa dolor de pérdida y vacío..., sensaciones nada agradables. Y a veces nos resulta bastante frívolo pensar que hay una competencia entre empresas que se hacen cargo de nuestros muertos, porque aunque su cuerpo ya no alberga el alma que tanto quisimos, se trata de ellos, y hasta que no se encuentran bajo tierra, no queremos darnos cuenta de que ya no están a nuestro lado. Ante la pregunta de si es cierto que en los hospitales los empleados de las funerarias se disputan las familias de los moribundos, ofreciéndoles incluso dinero para que contraten sus servicios, los trabajadores de algunas funerarias responden que conocen la existencia de esas prácticas, pero que su empresa nunca las llevaría a cabo. Todo queda en el aire en ese aspecto, pero lo que sí se puede comprobar es la competencia propia de un mercado libre. La oferta es casi la misma en toda España, los precios no. En Madrid, el promedio del coste de un entierro con todos los servicios que ofrece una funeraria no es una cantidad fija. Alguna empresa entrevistada contesta que entre 150.000 y 200.000 pesetas. Otra aproxima la cifra a 300.000. En un punto cualquiera de España, por ejemplo Asturias, el coste medio de estos servicios está estimado en 350.000 pesetas. Pero estos precios pueden aumentar (raramente descienden) hasta cifras millonarias: la citada empresa funeraria de Asturias afirma que la esquela más cara que puede figurar en el periódico cuesta 2 millones de pesetas. A todo esto se le suman los detalles de los coches funerarios de lujo, libros de firmas, flores..., y todos los detalles que la familia desee. |
| LA CREMACIÓN: AUMENTA LA DEMANDA
En cuanto a la práctica de la cremación, las estadísticas tampoco se mantienen estables. En Madrid una incineración puede costar cerca de 35.000 pesetas, y la solicita un 24% de los clientes, con un crecimiento del 1% anual. Contrasta con los datos de la funeraria asturiana, donde hay una solicitud del 33% de los clientes y cuesta cerca de 100.000 pesetas. La opinión de la Iglesia acerca de la cremación, en palabras de don Miguel Antonio Ruiz Ontañón, sacerdote y médico, máster en Bioética, es que resulta preferible que sigan inhumándose los cuerpos, porque han sido habitados por el Espíritu Santo, pero no se pone obstáculo a la cremación, siempre y cuando no haya un desprecio del cuerpo implícito. Respecto a la opinión que le merece a don Miguel Antonio el hecho de que el promedio del coste de un enterramiento sea tan elevado, argumenta que hay gente que hace negocio con la muerte, pero lo que no podemos olvidar es que los materiales son caros, también la mano de obra. Además todos tenemos una tendencia fuerte a manifestar veneración por nuestros fallecidos, y el hecho de que se haya liberalizado este sector también tiene ventajas, y es que uno puede acogerse a ofertas más baratas. ¿Y qué pasa cuando una persona no tiene medios para pagar un entierro? En estos casos, que no son pocos, se hace cargo el Ayuntamiento de la localidad. En particular, Madrid cuenta con un artículo de la Ordenanza Reguladora de Servicios Funerarios, en el que se explicita que ninguna empresa funeraria autorizada por el Ayuntamiento puede negarse a la prestación de sus servicios si el Consistorio lo demandase. Normalmente, en la capital de España se hace cargo de estos casos la empresa de la que el Ayuntamiento es propietaria en un 51%. |
| Es interesante también destacar la actitud y la labor misma que llevan a cabo las personas que trabajan en las empresas funerarias, así como la de los sacerdotes y capellanes de los tanatorios y crematorios. En algunas empresas los empleados deben hacer cursos de perfeccionamiento todos los años, y la actitud que se les inculca es la de estar siempre receptivos, escuchar siempre a la familia y demostrar ante todo mucha sensibilidad. Don Bernabé Sanz, sacerdote que ha atendido espiritualmente y apoyado a las familias en el crematorio del cementerio de la Almudena durante dos años, confiesa que, normalmente, la gente acude allí concienciados de que se encuentran ante algo que les desborda, planteándose interrogantes y esperando respuestas. Nosotros recibimos a las familias y leemos un texto del Evangelio. Intentamos comunicar que la vida queda definida por la resurrección de Cristo, y que esto nos debe mantener con esperanza. Si no, nos volveríamos locos.
Con la esperanza cierta de ese otro encuentro que restaña las heridas que nos dejan estas despedidas súbitas, seguimos siempre adelante, pudiendo mirar de frente a la muerte, aun la de aquellas personas que creímos que siempre permanecerían a nuestro lado. Es un misterio. Huir de él evitando pensar, o racionalizándolo con necios argumentos, nos sitúa fuera de la realidad... En nuestras manos está basta con reconocer al Resucitado, que hoy como hace dos mil años sigue vivo entre nosotros no tener que maquillar a la muerte. El padre jesuita José María Pilón lo dijo con estas palabras: Lo que más me apetece del cielo es el saber: siempre he sido muy curioso y el conocer en la mente de Dios todo lo que aquí ignoro me parece maravilloso. Saber el por qué de tantas cosas que no somos ni tan siquiera capaces de atisbar... ¿Te lo imaginas? |