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La muerte? He aquí el relato literal del sepulturero del Bunker, Bruno Borgoviec, que sobrevivió a los horrores de Auschwitz: Desde la celda donde estaban sepultados vivos aquellos desdichados se oían todos los días las oraciones recitadas en voz alta, el rosario, los cantos religiosos, a los que se asociaban también los condenados encerrados en las celdas vecinas. Yo bajaba cada día al Bunker porque debía asistir a las visitas de inspección giradas por los guardias. A escondidas luego, cuando los guardias no estaban, iba algunas veces solo a fin de poder hablar con esos infelices compatriotas y consolarlos como podía. Las ardientes plegarias y los cánticos a la Madre Santísima de aquellos infelices se difundían por todos los corredores del Bunker. Me parecía estar en una iglesia. Comenzaba las oraciones y cánticos el padre Kolbe. Los demás prisioneros respondían a coro. Más de una vez se encontraban tan inmersos en la oración, que no advertían la presencia de los SS para la visita de inspección. Finalmente, a los gritos de éstos, las voces orantes se apagaban. Al abrir las celdas, los pobres desdichados imploraban, llorando, un pedazo de pan y un sorbo de agua. Cuando alguno de los más fuertes lograba acercarse a la puerta con los brazos suplicantes, los guardias le daban de puntapiés en el vientre, haciéndolo caer hacia atrás sobre el cemento. Qué clase de martirio debieron soportar los prisioneros condenados a una muerte tan atroz lo atestigua el hecho de que los baldes se encontraban siempre vacíos y secos; de donde es preciso deducir que los desgraciados bebían su propio orín a causa de la sed.El padre Maximiliano nada pedía y de nada se lamentaba. Infundía valor a los otros, tratando de persuadirlos a esperar que el fugitivo fuese encontrado y ellos liberados. Cuando sus fuerzas se iban agotando, sus plegarias se volvían apenas un susurro. Durante las visitas de inspección, cuando ya casi todos yacían tendidos en el pavimento, se veía al padre Kolbe en pie, o arrodillado en el centro, observando con mirada serena a los SS. Éstos, que conocían su ofrecimiento y que cuantos con él estaban morían inocentes, con gran admiración por el padre Kolbe decían entre sí: "Ese cura es verdaderamente un hombre decente (anständig). Hasta ahora no hemos tenido aquí otro semejante a él". |
| Tiempo atrás: Viendo el centurión lo acaecido, glorificó a Dios, diciendo: "realmente este hombre era justo" (díkaios) (Lc, 23,47). Díkaios, anständig, he ahí expresiones similares en griego y en alemán. Muy fuerte debió ser el impacto para ser pronunciado por los durísimos vigilantes de las SS, acostumbrados a los horrores más negros, en las respectivas circunstancias.
Así pasaron dos semanas y los condenados iban muriendo uno tras otro. A su término sólo quedaban cuatro, entre ellos el padre Kolbe. A las autoridades del campo les pareció que se prolongaba excesivamente este caso: la celda era necesaria para otras víctimas. Por eso un día (14 de agosto) ordenaron venir al Bunker al jefe de la sala de los enfermos, un alemán, el criminal y delincuente Boch, el cual puso en el brazo izquierdo de los que aún vivían una inyección intravenosa de ácido fénico. El padre Kolbe, con la oración en los labios, tendió su brazo al verdugo. Yo no pude resistir. Mis ojos se negaron a mirar y balbuciendo una excusa escapé. Una vez que partieron los SS con el verdugo, regresé a la celda. Encontré al padre Kolbe sentado, con la espalda apoyada en el muro. Tenía los ojos abiertos y la cabeza ligeramente inclinada del lado izquierdo (era su postura habitual). Su rostro, sereno y bello, estaba radiante. Así murió el sacerdote, el héroe del campo de Oswiecim, ofreciendo espontáneamente su vida por un padre de familia, en paz y silencio, orando hasta el postrer momento. En el campo, durante meses, se recordaba el acto heroico del sacerdote. Durante las ejecuciones se evocaba el nombre del padre Maximiliano Kolbe. La impresión que he referido sobre éste y otros hechos semejantes permanecerá siempre grabada en mi memoria. En el horno crematorio del campo de concentración de Oswiecim fue quemado por fin, un 15 de agosto del 1941, el padre Kolbe. En realidad quien murió fue la muerte, y quien venció fue aquel que pudo repetir desde la cruz resucitada y resucitadora de Jesús: Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente (Jn 10,18). Y por eso Auschwitz, que fue tumba, se convirtió asimismo en altar. Campo de muerte le llamaban los polacos. Camposanto han de llamarle, pues, los creyentes en la medida en que quedó allí enterrado-martirizado más de un testigo seguidor del Señor, resucitado asimismo por el Señor, siendo de este modo derrotado el lugar del mal y convertido entonces en lugar del bien, para que lo maligno demoniaco abatiera su cerviz frente a lo angélico benigno, para que donde hubo thanatos llegara a darse ágape: El odio le dijo el padre Kolbe al doctor Stemles no constituye ninguna fuerza creadora; nuestros sufrimientos amorosamente ofrecidos, por el contrario, resultan necesarios a fin de que aquellos que vengan después puedan ser felices. En suma, para la memoria de los verdugos, Auschwitz y los demás eslabones del universo concentracionario no serán otra cosa que barracones de la muerte que deben ser, a su vez, enterrados para que no quede testimonio de su aberrante inhumanidad, barracones que cavan su propia fosa desde el momento de ser destinados para fosa, barracones muertos desde su origen porque fueron presididos por la muerte que no hace excepciones, hierro que mata y por tanto hierro que muere; por el contrario, para aquellos que se pusieron en las manos del Amor, Auschwitz será ya para siempre, por los siglos de los siglos, en cuanto camposanto o campus sanctorum omnium un verdadero santuario, reliquia de verdadera humanidad, lugar de esperanza y sede de dignidad. El lugar donde el bien aniquila al mal. El lugar donde ha estallado la primavera, que se sirve del estiércol para cantar a la entera creación. Nada hay imposible para el amor, cuya vigencia es más fuerte que el mal. Creemos en la comunión de los santos, porque nada de lo bueno se pierde en un universo que retiene las voces y los ecos de los gestos realizados en favor del ser humano, y que son más fuertes que la muerte, más fuertes que el mal, más fuertes que la amnesia, más fuertes que la fuerza. La muerte no es morir, morir se acaba. La muerte es vivir, vivir empieza. La pregunta no es si hay vida después de la muerte, sino qué vida se lleva antes. Y, cuando se ha vivido muriendo como Kolbe, la vida eterna empieza cuando todo parece terminar. En realidad, sólo cesa la contingencia. Es preciso que lo contingente cese para que lo eterno no cese. Carlos Díaz |