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Inma ÁlvarezA pesar de las enormes presiones estadounidenses, la cumbre de Sharm el-Sheik no ha logrado devolver la confianza en un proceso de paz que, aunque fuese renovado, deberá necesariamente cambiar de caras: Clinton afronta próximamente el relevo en la presidencia, Barak realiza ejercicios de funámbulo con un Gobierno en minoría, y en Arafat ha recibido el golpe de gracia una obsoleta figura política a la que ya se le había acabado el tiempo. Como anécdota, la improvisada cumbre ha supuesto el bautismo de fuego de mister PESC, Javier Solana, ahora ministro de Exteriores de la Unión Europea, aunque casi como convidado de piedra. Tampoco Mubarak, Presidente de Egipto, las tiene todas consigo: el mundo islámico, como ha puesto de manifiesto la cumbre de la Liga Árabe de este fin de semana, se muestra dividido: por un lado, no puede dar el paso de lanzar una ofensiva contra Israel; por otro lado, ¿cómo justificar esa pusilanimidad a la opinión pública de sus países, cada vez más radicalizada? |
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La prueba de que la cumbre de Sharm elSheik no ha logrado su objetivo es que la zona muestra aún pocos síntomas de haber vuelto a la normalidad. A las pocas horas de volver a casa, Barak lanzaba uno de los discursos más beligerantes de su carrera política en un kibbutz, mientras que Arafat se mostraba poco dispuesto a reprimir las acciones violentas de los Tanzim. Las escaramuzas entre unos y otros no han esperado siquiera a que estuviera seca la tinta de los acuerdos. En un país en el que unos pocos centenares de personas mantienen a raya a varias decenas de miles a punta de pistola y por derecho de conquista, como sucede en la Palestina de los asentamientos, cualquier chispa basta para encender un fuego.
El único que parece haber ganado algo es Ariel Sharon, el cual, con su calculada visita a la Explanada de las Mezquitas, ha conseguido lo que parecía ser su principal objetivo: poner contra las cuerdas a Barak, de forma que éste no haya tenido más remedio que invitarle a formar un Gobierno de coalición. Que para ello haya desestabilizado toda una región, parece ser para él peccata minuta. También podría sacar tajada el hombre que se perfila como más probable sucesor de Arafat, Marwan Bargoutti, el hombre que dirige actualmente la lucha armada en las calles. Bargoutti es de la tesis de que hay que negociar en la mesa y en las calles, después de comprobar que décadas de sometimiento no han logrado sacar al pueblo palestino de la imagen de pariente pobre que suplica de rodillas que le sea devuelto lo que se le prometió en 1948. Si pequeñas provocaciones como la de Sharon pueden descabalar de tal forma un proceso conseguido a base de tantos esfuerzos, cabe pensar dos posibilidades: o bien la convivencia en Oriente Medio es imposible, y por tanto hay que enterrar el proceso de paz y dejar que la naturaleza siga su curso, o bien el proceso había sido magnificado y vendido a la opinión mundial como un éxito sin una base real de acercamiento. Ésta parece ser la tesis de la diplomacia vaticana, que sigue apuntando como única solución la creación de un Estatuto especial internacionalmente garantizado se habla de una sede de la ONU en Jerusalén de ciudad abierta y patrimonio de la Humanidad para la Ciudad Santa, de forma que nadie pueda reclamarla exclusivamente como suya. Es precisamente ésta la cuestión en la que ambas posiciones se muestran irreductibles, y en la que, además de intereses políticos y nacionalistas, existe una inextricable maraña de sensibilidades religiosas e históricas, que es necesario poner a salvo de susceptibilidades en las negociaciones, si no se quiere dejar una hipoteca para el futuro. |