RetrocesoA&ONº 224/7-IX-2000SumarioAqui y ahoraContinuar
El cardenal Rouco, a Alfa y Omega, tras la Jornada Mundial de la Juventud:
"Podemos hablar de un nuevo momento en la vida de la Iglesia"
Cuando Juan Pablo II aparece en escena ante el mar inmenso de la juventud, se crea una sintonía en el fondo de la sinceridad de las nuevas generaciones. No podíamos dejar pasar, por más tiempo, la memoria de lo que ha supuesto la Jornada Mundial de la Juventud, recientemente celebrada en Roma. El cardenal arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela, da fe, en esta entrevista, de lo que ha significado esta nueva invitación de Juan Pablo II a los jóvenes de nuestro tiempo a un sí, sin condiciones, a Jesucristo.
Qué fueron a encontrar y qué encontraron los jóvenes que han participado en la Jornada Mundial de la Juventud, en Roma?

La mayoría, por no decir casi la totalidad de los jóvenes que estuvieron en Roma, fueron movidos por una inquietud de Dios y un ansia, extraordinariamente viva, que tenía como punto de dirección la fe en Cristo. Fue éste el punto de partida, personal, espiritual y eclesial de los jóvenes que acudieron a Roma. Quien se hacía reflejo y testigo de la persona de Cristo era el Papa Juan Pablo II. Se puede decir que eso fueron a buscar, a las puertas del tercer milenio de la encarnación, del nacimiento de Cristo. Y yo creo que lo encontraron. Para unos, fue una experiencia de un sí renovado a Cristo, de un sí restablecido después de un tiempo de dudas, de crisis. Para otros, fue el sí de la consolidación de su vocación cristiana, de la común o de otras específicas. En la homilía de la misa final de la Jornada, el Santo Padre, glosando los textos de la liturgia de la Palabra, hizo un llamamiento expreso a renovar el sí de la vocación cristiana, de la vocación al sacerdocio, a la vida consagrada, al matrimonio.

En los encuentros con los jóvenes, Juan Pablo II parece establecer siempre un reto, con un contenido claro y preciso de la vivencia cristiana.

Ha habido un eje central en torno al cual se movió la palabra del Papa y el desarrollo de la Jornada Mundial de la Juventud, que como es sabido comenzó el día 15, tuvo una fase de preparación de tres días y concluyó el sábado con una Vigilia de oración, y el domingo con una celebración eucarística. El eje de toda la Jornada fue la fe en Jesucristo, el encuentro con Jesucristo. Desde los temas de los días 16, 17 y 18 con las catequesis, que se centraron en el tema de El Emmanuel, Dios con nosotros, Cristo que se entrega por nosotros y los santos del nuevo milenio, hasta el tema central de la Vigilia con el Santo Padre, el sábado por la noche, que tuvo como punto culminante la entrega del Evangelio, la Palabra del Señor, y la misa del domingo, que fue una invitación a un sí a Cristo en la plenitud de la existencia personal y de sus exigencias, en la belleza que los constituye y que llena de plenitud el horizonte de eternidad del hombre, el Papa habló del laboratorio de la fe a partir de la experiencia de los Apóstoles. Este proceso lo ha presentado el Santo Padre como un martirio. En la apuesta de la fe hay siempre una entrega de la vida a Dios en Cristo y, por lo tanto, a los demás. Lo que el Papa les pidió a los jóvenes fue un sí pleno a Cristo. También hay que recordar que, en la Jornada inaugural de saludo de los jóvenes al Papa, en el escenario de la plaza de San Pedro y en la vía de la Conciliación, el Papa les hace una pregunta clara: ¿Qué venís a buscar aquí, a Quién queréis encontrar? La primera respuesta la dará el Papa con su propio testimonio de su sí a Cristo, como cristiano, como sacerdote, como obispo y como sucesor de Pedro. No se trata de un qué, sino del encuentro con un Quién, diría más tarde. Un Quién que llena la vida, la hace un qué lleno de respuestas a todo lo que el hombre necesita.

¿Qué lugar ocupó el sacramento de la Reconciliación en esta Jornada Mundial de la Juventud?

Decisivo. En todos los grupos, en todas las personas que conformaron aquella inmensa asamblea de comunión eclesial, tanto en su experiencia y preparación personal como en los itinerarios marcados por las distintas peregrinaciones, el sacramento de la Penitencia fue acompañándonos desde las primeras jornadas. Muchos jóvenes han descubierto el sacramento de la Penitencia. Algunos, creo yo, de una forma plena, por primera vez en su vida. Y otros muchos lo han descubierto en su inmensa riqueza, no sólo en la especulativa de la teología, sino en la práctica vivencia espiritual de la gracia y del encuentro con el Cristo de la misericordia, el Cristo del anuncio y del perdón sin límites, a través de la mediación de la Iglesia por la persona del sacerdote. Esto ha constituido, pese a que parezca paradójico a muchos que vienen de las experiencias de hace cuarenta y cincuenta años en la Iglesia, la ocasión de una experiencia nueva de lo mejor de la existencia cristiana. Seguro que éste ha sido uno de los aspectos que ha dejado una huella más honda en la vida cristiana de las próximas generaciones.

¿Y tras el Jubileo de los jóvenes, qué?

Por lo que se puede observar a partir de la realidad que hemos vivido, de las ilusiones y esperanzas con las que se ha vuelto a casa, entre las que hay que resaltar el tono humano y cristiano de los jóvenes a su regreso, podemos hablar de un nuevo tiempo, un nuevo momento de la vida de la Iglesia. Ahí está ya dicho implícitamente lo que se nos exige, lo que se nos pide: un compromiso fundamental, y muy en lo fundamental, de la Iglesia, de servicio para ayudar en las responsabilidades formativas y educativas de las nuevas generaciones, para que ese encuentro de lo fundamental cristiano, de los jóvenes con Cristo, vaya extendiéndose. Primero, entre los sectores de la juventud española, que lo buscan más o menos conscientemente. Y, posteriormente, para que vaya ahondando en la vida y en la experiencia cristiana de los jóvenes.

La próxima Jornada Mundial será en Toronto. ¿Hemos oído y leído que la siguiente Jornada Mundial extraordinaria pudiera celebrarse en Madrid, en el 2004?

Personalmente he manifestado el deseo y el gozo que sentiríamos al poder ofrecer Madrid como marco para la Jornada Mundial de la Juventud del año 2004. El Santo Padre conoce esta propuesta, los responsables del Pontificio Consejo para los Laicos también, y se irá concretando y viendo en los próximos meses. No es imposible que sea así.

Si le parece oportuno, cambiamos de tercio hacia otra actualidad. En este caso, a la trágica presencia del terrorismo en España. ¿Cómo presentar, ante este hecho, una palabra cristiana de aliento y esperanza?

La palabra cristiana siempre es doble, desde el punto de vista de lo que Cristo ofrece y desde lo que el hombre es. La primera parte de esa palabra es reconocer el pecado, reconocer el mal, de la persona y en la sociedad. La segunda es siempre asumir que ese reconocimiento necesita de la gracia de Dios, de la palabra de Cristo que nos ayude a entender lo que está pasando, en su profundidad y en sus implicaciones. No podemos nunca olvidar que la última palabra de Dios es siempre el triunfo de la gracia, de la cruz en la resurrección, el triunfo de la vida y del amor y, también, de la justicia y de la misericordia. Hablando más en concreto, por lo que respecta al primer aspecto, el terrorismo, en estos momentos, está manifestando un grado de pecado altísimo. Se está matando al Hombre. No se reconoce la dignidad de la persona humana, se mata al otro por conveniencias, por razones de cálculo y de lucha por el poder humano. Se está despreciando al hombre radicalmente. El terrorismo es un no radical a Dios, a la ley de Dios y a lo más fundamental de la dignidad de la persona humana. Este hecho esconde una crisis de conciencia moral tremenda. Para superar esta realidad, los caminos no son fáciles. Uno significativo es el de la oración. La oración para que cese la violencia, para que haya un cambio de conciencia y un cambio en el corazón del hombre, una verdadera conversión de los terroristas. Y, también, para que haya un sentimiento de respeto a la dignidad de la persona humana dentro de la sociedad, de tal manera que se venza el mal a fuerza de bien.

La autorización, en los Estados Unidos, para que se utilicen fondos públicos destinados a investigación en embriones humanos, y el apoyo del Gobierno británico a la denominada clonación terapéutica, ¿qué concepción del hombre representan?

Nos encontramos con un presupuesto que se puede expresar en la tesis de que el hombre es dueño del hombre, puede operar con él como un instrumento, un elemento más al servicio de sus intereses. Cuando el hombre se considera el dueño del hombre, lo está amenazando radicalmente. Hay un aspecto de la investigación científica que se propone positivamente, y que todo el mundo reconoce en su bondad: el enriquecimiento de las posibilidades médicas para la curación de determinadas enfermedades. No es éste el caso, pues a la hora de hablar del método, de los medios, lo que se está diciendo es que eso se puede adquirir al precio de la destrucción de seres humanos y que, por lo tanto, el supuesto implícito que está operando nos lleva a situaciones de las peores que uno se puede imaginar y puede rememorar en la historia reciente del siglo XX que fenece.

¿Cuál es el carácter pedagógico, para un cristiano, de las beatificaciones de Pío IX y Juan XXIII?

Han sido dos grandes figuras del papado de los últimos cien años. Dos figuras que, desde el punto de vista de su perfil humano, eclesial y pastoral, ofrecen contrastes evidentes, pero a las que les une la constatación, por un proceso canónico, de la heroicidad de sus virtudes y de la ejemplaridad de sus vidas. Naturalmente, hombres son uno y otro, y, aunque Beatos, también han tenido una historia de superaciones de sus fallos. Y les une, también, un servicio pleno a su misión de ser sucesores de Pedro y servidores del bien de la Iglesia y del bien de la Humanidad, teniendo en cuenta las circunstancias históricas de cada uno de ellos. En el primero, Pío IX, se da un hora histórica en la que empieza a predicarse una concepción radicalmente positivista del hombre y de la sociedad, en la que se ignora completamente la dimensión religiosa del hombre y, por lo tanto, aspectos fundamentales del bien de la persona y de una justa y solidaria relación entre los hombres. El tiempo en que vivió Juan XXIII está marcado por la salida de la segunda guerra mundial, por el hecho de la guerra fría, por el aparente triunfo político y social del marxismo leninismo, en un momento en que se asomaba lleno de interrogantes a la historia misma de la Iglesia, al que el Papa responde con la convocatoria del Concilio Vaticano II, abriendo un nuevo camino en la historia de la Iglesia. Haberlos unido en una misma celebración, aparte de que uno es el Papa del Concilio Vaticano I y otro el del Concilio Vaticano II, que son dos Concilios radicalmente unidos entre sí, inseparables, se da el acierto de hacer valer, y destacar, ante la opinión pública de la Iglesia y de la sociedad, lo que es esencial en la vida de un cristiano respecto a la sucesión de Pedro, y lo que es respuesta de esa dimensión en los momentos históricos que vivimos.