RetrocesoA&ONº 224/7-IX-2000SumarioAqui y ahoraContinuar
Así se descristianiza una nación
Hace unos doscientos años que Francia dejó de reconocerse a sí misma como La fille aînée de l’Eglise —La hija primogénita de la Iglesia—. No era injusto ese título, ni mucho menos, porque la nación más extensa —Rusia era un agregado de clanes feudales, y en algunas zonas ni eso—, la más moderna y la más culta del continente europeo tenía una sociedad católica. De los 26 millones de franceses, sólo 40.000 eran judíos y 500.000 protestantes. Sí, se sabían parte de la Iglesia universal, pero conscientes de su peso específico: 139 diócesis y 40.000 parroquias, en 1789; 135 obispos, alrededor de 70.000 sacerdotes seculares —un cura por cada 364 feligreses—, unos 30.000 religiosos y 40.000 religiosas. Con razón escribió François Furet que Francia, en vísperas de la Revolución Francesa, tenía un paisaje católico, pues iglesias, ermitas, santuarios y monasterios integraban y, no pocas veces, modelaban pueblos y ciudades. Y también el tiempo, como criatura que es de Dios, estaba marcado por las fiestas religiosas que fijaban el ritmo del trabajo.

Recientes investigaciones históricas han puesto de manifiesto que, si bien en 1798 la asistencia a la misa de los domingos y el cumplimiento pascual se acercaba casi al cien por cien, quince años después más de una cuarta parte de los católicos galos habían abandonado la práctica religiosa. Toda una escuela de investigadores, encabezada por Jean de Viguerie, ha descifrado las claves del proceso descritianizador. Las numerosas publicaciones de dichos investigadores, muchos de los cuales no son católicos, se rigen por el respeto en su trabajo a la especificidad del hecho religioso. El historiador de la religión —en palabras textuales de Jean de Viguerie— debe tener en cuenta la religión misma, es decir, no debe excluir de su análisis el sentido espiritual y la significación sobrenatural de los hechos y los gestos.

Que durante la época del Terror se llegase a entronizar en Notre-Dame de París a la diosa razón, en la persona de una bailarina de la ópera a la que pasearon en procesión sobre unas andas vestida con una túnica blanca y un manto azul, ante la presencia de las más altas autoridades de Francia, se puede enjuiciar como una prueba de sectarismo, a la vez que sitúa muy alto el listón del ridículo al que puede llegar un político. Pero quedarse en anécdotas como ésta es la mejor manera de no comprender la descristianización. Descristianización que tampoco se puede explicar por las persecuciones sangrientas —que vaya que si las hubo, y con miles de mártires—, porque al fin y al cabo la sangre de los mártires, como semilla de cristianos, frenó el proceso descristianizador.

¿Cómo explican los historiadores franceses el éxito de esa descristianización? Pues el puro análisis de lo religioso en el catolicismo. Como es sabido, las relaciones entre Dios y sus criaturas son íntimas, pero en la Iglesia católica eso sucede a través de prácticas externas, ya que, por deseo de Jesucristo, la Gracia discurre a través de los sacramentos, tan externos que materia y forma son partes constitutivas de los mismos. En resumen, sin sacramentos no hay Iglesia, y ésta sin ellos no tiene sentido. En consecuencia, el proceso descristianizador de Francia fue efectivo en la medida en que las disposiciones revolucionarias consiguieron privar a los fieles de la práctica sacramental.

Por eso, cuando se nacionalizaron los bienes de la Iglesia, los revolucionarios no se limitaron a las tierras de labranza, sino que el Estado incautó también los lugares de culto. La Constitución Civil del Clero provocó la separación cismática del clero juramentado y arrojó fuera del país, o a la clandestinidad, a los sacerdotes fieles a Roma; por supuesto, que los buenos católicos se negaron en principio a recibir los sacramentos de manos de los curas intrusos, que bien pronto dejaron de comportarse como sacerdotes y fueron asimilados por el sistema. Por otra parte, la supresión de las Órdenes religiosas, iniciada en 1790 y completada en 1792, no sólo arrojó de los claustros a los religiosos, sino que también agostó la vida de piedad de numerosas fundaciones y cofradías de fieles, que vivían al calor de los monasterios suprimidos. A su vez, la racional distribución de los obispados suprimió miles de parroquias, medida especialmente grave al aplicarse a una población eminentemente rural, a la que se condenaba a andar unas decenas de kilómetros hasta llegar a su iglesia.

En fin, la persecución de los sacerdotes que se negaron a jurar la Constitución Civil del Clero —los llamados curas refractarios— produjo numerosas bajas, ya que unos fueron asesinados, muchísimos tuvieron que emigrar, y los que permanecieron en Francia tuvieron que desarrollar su actividad clandestinamente. Esto, unido a la incautación del tiempo, ya que el nuevo calendario revolucionario sustituyó la semana por la década, para hacer desaparecer el domingo; o el ataque a la familia, al secularizar el matrimonio mediante aprobación del divorcio y el matrimonio civil, completan el cuadro de las principales medidas descristianizadoras. Todo un conjunto de acciones eficaces para el objetivo que se habían propuesto: sin sacerdotes, sin iglesias, sin sacramentos y sin domingos, por más que los católicos hubieran querido practicar su religión, resultaba de hecho imposible. Naturalmente, toda esta acción destructiva tenía un sentido.

Javier Paredes