RetrocesoA&ONº 224/7-IX-2000SumarioAqui y ahoraContinuar
Anotaciones sobre la coherencia
Anteriormente en estas páginas, les refería que, desde que me he interesado más vivamente por este asunto de la coherencia, me encuentro muchas más veces que antes con el término o con sus derivados. Y no es que lea más que antes, es que ahora me doy cuenta, le doy importancia, y antes no. Sucede, mutatis mutandis, como cuando uno tiene alguna herida, que entonces parece que uno se pasa el día golpeándose con todo lo que está o pasa alrededor. Algunas veces, me da por anotar las frases donde aparece el concepto, con vistas a comentarlas luego con ese profesor amigo que, probablemente, lo sea ya también de ustedes. Pero esta vez no les voy a referir nuestros diálogos, ya que estuvimos toda una tarde enfrascados para comentar una sola de las susodichas frases y... ¡no quiero cansarles ni aburrirles! Será mejor que les transcriba algunos de los textos y reflexionemos por nuestra cuenta.

A finales de mayo, estaba yo preparando el viaje a Roma con motivo del Jubileo de los Periodistas, y me dije que, entre otras cosas, sería bueno releer la Tertio millennio adveniente. En el punto 33 se dice que la Iglesia no puede atravesar el umbral del nuevo milenio sin animar a sus hijos a purificarse, en el arrepentimiento, de errores, infidelidades, incoherencias y lentitudes. Reconocer los fracasos de ayer es un acto de lealtad y de valentía que nos ayuda a reforzar nuestra fe...

Como les decía, me quedé sorprendido de que, en mi primera lectura del documento, seis años atrás, no hubiera reparado en esa mención explícita de la incoherencia. Anoté la frase y me dio por pensar... No les sugiero que hagan lo primero, pero no estaría mal lo segundo. A mí, desde luego, me ha venido muy bien. Y no sólo para vivir mejor el Jubileo.

Llegó después la octava del Corpus. Y, como todos los años, llevé a mi meditación personal algunos textos sobre la Eucaristía. Uno de los días le tocó el turno a una homilía del Beato Josemaría Escrivá, recogida en Es Cristo que pasa... Lo que anoté fue lo siguiente: Si hemos sido renovados con la recepción del Cuerpo del Señor, hemos de manifestarlo con obras. Que nuestros pensamientos sean sinceros: de paz, de entrega, de servicio. Que nuestras palabras sean verdaderas, claras, oportunas; que sepan consolar y ayudar, que sepan, sobre todo, llevar a otros la luz de Dios. Que nuestras acciones sean coherentes, eficaces, acertadas: que tengan ese "bonus odor Christi", el buen olor de Cristo, porque recuerden su modo de comportarse y de vivir. De nuevo, me quedé sorprendido y, de nuevo, me dio mucho que pensar. Pero, de nuevo, dejaré que ustedes piensen por su cuenta.

Días más tarde conecté el ordenador para ver el correo electrónico. Me detuve en dos informaciones. De pronto, solté el dedo del ratón porque me fijé en una determinada palabra... ¿Adivinan cuál?... Estaba en un párrafo del discurso que el Papa dio a los frailes capuchinos que participaban en el Capítulo General. Lo anoté: Advertís la oportunidad de subrayar el comportamiento coherente, práctico y concreto de san Francisco. Es necesario pasar a los hechos, a los valores vividos, al método del testimonio directo. De todos vosotros, en efecto, es bien conocido el criterio al que amaba hacer referencia vuestro Fundador: "Con el ejemplo más que con las palabras".

A pesar de que se me hizo tarde, y ya era hora de pensar en hacer el breve examen de conciencia diario e irme a dormir, no fui demasiado coherente con el horario previsto y anoté también diversas consideraciones relativas a ese comportamiento coherente de san Francisco (hay en su vida algunas escenas especialmente fuertes, como saben); a la sabiduría popular (el mejor predicador es Fray ejemplo); a las recomendaciones del Señor a las buenas y sencillas gentes respecto a los dichos y a los hechos de los fariseos (los mejores ejemplos históricos de incoherencia); etc. La verdad es que esa noche dormí menos, pero dormí muy bien.

Hace unos días tan sólo me devolvió un amigo el ejemplar que le presté del Diario de sor Faustina Kowalska (la gran mística polaca contemporánea recientemente canonizada). Antes de colocarlo en su lugar apropiado en mi pequeña y selecta biblioteca, me dio por releer algunos puntos salteados. Anoté varios:

- El núcleo del amor es el sacrificio y el sufrimiento.

- La verdad ostenta una corona de espinas.

- La oración involucra el intelecto, la voluntad y el sentimiento.

- Oh, Jesús, ojalá pudiera transformarme en una neblina delante de Ti para cubrir la tierra con el fin de que Tu santa mirada no vea los terribles crímenes. Oh Jesús, cuando miro el mundo y su indiferencia frente a Ti, siempre me vienen lágrimas a los ojos, pero cuando miro un alma consagrada que es tibia, entonces mi corazón sangra.

- Una palabra de un alma unida a Dios procura más bien a las almas que elocuentes debates o prédicas de un alma imperfecta.

Quizás, al advertir que en ninguna de estas frases aparece la palabra coherencia o alguna derivada, estén pensando que quizás yo debería comer y dormir más, y leer y pensar menos, ya que estoy con los primeros síntomas de incoherencia intelectual quijotesca. Les agradezco su preocupación. Pero, aunque ciertamente no comparezcan explícitamente los términos, ¿están seguros de que, ímplicitamente, no haya en ellas una referencia clara a la coherencia y a la incoherencia? Por ejemplo, y por referirme exclusivamente a una de las frases, la más larga: ¿no es acaso la tibieza, en muchas ocasiones, el sinónimo más terrible de la incoherencia? ¿No es la tibieza casi siempre la causa de tantas incoherencias? ¿No es otras veces la natural consecuencia de la repetición de actos incoherentes?...

Gabriel Galdón