RetrocesoA&ONº 224/7-IX-2000SumarioCriteriosContinuar
Servidumbres
En nuestro mundo, abandonado por la trascendencia, la identidad cultural avala las tradiciones bárbaras que Dios ya no está capacitado para justificar. Nacido del combate en favor de la emancipación de los pueblos, el relativismo desemboca en el elogio de la servidumbre. ¿De qué sirve revocar la Tradición, si es para imponer, en su lugar, la autoridad indiscutida de la Cultura?

Ya estáis avisados: si consideráis que la confusión mental nunca ha protegido a nadie de la xenofobia; si os empeñáis en mantener una severa jerarquía de los valores; si reaccionáis con intransigencia ante el triunfo de la indiferenciación; si os resulta imposible colocar la misma etiqueta cultural al autor de los Essais y a un emperador de la televisión, a una meditación concebida para despertar el espíritu y a un espectáculo realizado para embrutecerlo, es que pertenecéis —indefectiblemente— al campo de los canallas y de los mojigatos. Sois militantes del orden moral y vuestra actitud es triplemente criminal: puritanos, os vedáis los placeres de la existencia; despóticos, os abalanzáis contra los que, tras romper con vuestra moral de menú único, han decidido vivir a la carta, y no tenéis más que un deseo: frenar la marcha de la Humanidad hacia la autonomía; finalmente, compartís con los racistas la práctica de la discriminación.

Vivimos en la hora de los feelings: ya no existe verdad ni mentira, estereotipo ni invención, belleza ni fealdad, sino una paleta infinita de placeres, diferentes e iguales. Dejad que haga conmigo lo que yo quiera: ninguna autoridad trascendente, histórica o simplemente mayoritaria puede modificar las preferencias del sujeto posmoderno o regir sus comportamientos. Dotado de un mando a distancia así en la vida como ante su aparato de televisión, compone su programa, sin dejarse ya intimidar por las jerarquías tradicionales. El no-pensamiento siempre ha coexistido con la vida del espíritu, pero es la primera vez en la historia europea que se aloja en el mismo vocablo y que disfruta del mismo estatuto.

Alain Finkielkrant,
de La derrota del pensamiento
(Ed. Anagrama)