RetrocesoA&ONº 224/7-IX-2000SumarioDesde la feContinuar
Punto de Vista
El católico en la acción política
En la sociedad actual no está superado el liberalismo laicista del siglo XIX, y por ello está presente en la actividad política. Antes al contrario, los síntomas evidencian que, en el marco social de lo político, y por tanto de la política que se hace día a día como objeto acomodaticio de lo temporal, se aplica con convencimiento su carácter profano, distanciándose, en las decisiones que este quehacer comporta, la presencia de toda preocupación moral y ajeno por completo a principios de orden religioso.

La confesionalidad religiosa ha sido totalmente descartada del mundo de la política y de las declaraciones de principio del orden político desde un punto de vista institucional, invocando el viejo principio de la prudencia política, que podría ser una excusa admisible, si no fuera porque, además, la presencia del católico en la vida pública en nuestra sociedad política se ve rodeada de una cierta interpretación ambigua, que es más difícilmente aceptable, eludiendo con ello su confesionalidad, por razones de respeto personal a su intimidad privada. Aparece así este católico que hace política activa, enfundado en su gestión con la actitud simple de mero ejecutor de los mandatos políticos a los que sirve.

No se trata de que esa presencia del católico en la vida política sea tutelar, sacralizando, lo puramente temporal. Se trata de evitar que esa acción política a la que se sirve no represente una actitud ajena o adversa a los mandatos de la moral, en ese terreno concreto y contingente que debe formar parte de toda política honesta. Lo político en cuanto acción contingente, no deja por ello de afectar a la vida personal, familiar, al entramado social, a la cultura, a los fines educativos y del trabajo, a la estabilidad toda de los principios éticos y, por tanto, debe respetar la independencia de aquellas instituciones a las que debe servir, y no volver la espalda a esa realidad humana, para la cual la política no puede quedar en mero medio instrumental para garantizar su bien. Se trata, por tanto, de no cegar la autoridad de los principios morales, a los que una sociedad no debe nunca renunciar, a menos que prenteda otra cosa, o alcanzar otros fines, que estarían muy lejos de un quehacer político noble y justificado. La interrelación actual, entre lo que es la poderosa acción de los políticos y de los políticos con la exigencia viva de la demanda real de soluciones que pide el cuerpo social, en el ejercicio y aplicación de esos principios, puede tener tan decisiva influencia que será deber del católico inmerso en el mundo de la vida política mostrar a veces la entereza de sus convicciones, no sólo como acto de ejemplaridad, sino con una actitud consecuente con sus creencias.

Aplicar el laicismo liberal, creyendo que es una fórmula de independencia política, es confundir los términos de la cuestión y desorientar a los ciudadanos, haciéndoles llegar a conclusiones falsas sobre la actitud y la responsabilidad que debe tener el político católico cuando es sujeto activo en las decisiones políticas. Lo demás es desorientación mental.

Jaime Murillo Rubiera.
Abogado