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Hemos vuelto donde solíamos, nuestra casa, ciudad, gentes, trabajo. Se acabaron las vacaciones. Toca reanudar con amor la hermosa vida cotidiana de familia y trabajo con las fuerzas recuperadas y el espíritu reforzado, como es de esperar. Pero justo es reconocer que ha sido un verano recio que nos ha hecho sufrir y rezar solidariamente por muchas desgracias. Como las que han impuesto los locos de ETA empecinados en su proyecto de terror segando vidas juveniles. O la catástrofe del Kursk, con su centenar de víctimas de la soberbia inútil. Sin olvidar a los subsaharianos que, después de tantas fatigas, no podrán alcanzar el sueño europeo. Ni otras tragedias de dimensiones particulares: los incendios, los accidentes, los maltratos.
También hemos tenido motivos de esperanza gracias a los jóvenes de Tor Vergata, con su poderoso testimonio de fe y universalidad. Ese formidable encuentro planetario de jóvenes cristianos con el rejuvenecido Juan Pablo II, en torno al mensaje evangélico, ha dejado boquiabiertos a muchos comentaristas y sociólogos. Lo que se habló en Tor Vergata nos vale a todos aunque no seamos tan jóvenes. Y nos vale precisamente para la vida cotidiana, donde se fragua la existencia de cada día, nuestro futuro y el futuro de la Humanidad. ¿De qué se habló? Con palabras sencillas y claras Juan Pablo II les dijo, en un mensaje positivo y abierto, que Jesucristo no decepciona nunca, nos ama siempre; abridle los corazones y no os conforméis con un mundo injusto; amad y defended la vida en cada momento; esforzaos en que esta tierra sea más habitable para todos. Es un buen programa, aunque haya que ir contra corriente. Mercedes Gordon |