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Junto con la sangrienta escalada terrorista de ETA y la tragedia del Kursk bajo las aguas del mar de Barents, la llamada clonación terapéutica ha constituido el principal foco de atención informativa de este mes de agosto recién concluido, y conviene recordar eso tan elemental de que un mundo sin Dios se convierte necesariamente en un mundo contra el hombre. Se ha escrito estos días que bastaría con que uno de los embriones utilizados [en la citada clonación terepéutica] no se destruyera sino que se implantara en un útero, para que la pesadilla de un mundo de seres clónicos se acercara a la realidad. ¡Pero qué peor pesadilla que los realísimos seres clónicos que llenan nuestro mundo!, idénticos en sus propósitos obscenamente mercantiles, utilizando la certera expresión de Juan Manuel de Prada, que ha sabido poner como nadie el dedo en la llaga de nuestra sociedad, en sus dos espléndidos artículos Clonación a plazos y ¿Dilema ético?, publicados en ABC. En El País se ha dicho también con claridad: A nadie se le ocultan los ingentes intereses económicos que hay en juego. Tan poquísimo parece importar todo lo demás, que hasta incluso se llega a considerar una horrible pesadilla el mero hecho de pensar en dejar con vida un ser humano, por muy pre-embrión o embrión precoz que quiera llamársele, o por muy inhumana manera la clonación, u otros experimentos en laboratorios con las células reproductivas humanas con que haya surgido. El doctor Gonzalo Herranz lo ha dicho sin ambages: Se sacrifican seres humanos para el servicio de otros. Y el colmo del sarcasmo es calificar a esta terrible nueva esclavitud tecnológica, por muy del siglo XXI que sea, nada menos que de avance científico, y encima recubierto del halo de servicio a la Humanidad.
El comité científico de Gran Bretaña para asesorar a su Gobierno en esta cuestión concluyó que los beneficios potenciales justifican la autorización de estas investigaciones, e incluso tienen el descaro de decir que estos potenciales beneficios para las futuras generaciones de pacientes, superan a los motivos de preocupación. Pero ¿qué clase de beneficios potenciales, se dice, pues los reales (dólares o euros), los que están a la vista, quieren camuflarse significa poder curarse quizás de la diabetes, del Parkinson o del sida contrayendo la peor de las enfermedades, la pérdida de toda dignidad humana, la pérdida en palabras de Teilhard de Chardin del gusto por la vida? ¿Qué se pretende curar? Tales curaciones en potencia no son más que el subterfugio de las palabras, como ha dicho el académico Rafael Alvarado en una espléndida Tercera de ABC: Se utilizan escribe palabras con valor zigzagueante cuando se intenta velar crudezas de todo tipo. Y, por añadidura, se está obstaculizando el auténtico progreso científico, profundamente respetuoso de la sagrada dignidad de todo ser humano, el que ha sabido alentar el Papa Juan Pablo II en el congreso sobre trasplantes celebrado recientemente. Siguiendo el citado subterfugio de las palabras, alardeando de personas civilizadas se dice por activa y por pasiva que las investigaciones se harán bajo un estrecho y cuidadoso control, que se van a vigilar de cerca estos proyectos, que es de esperar que el Ejecutivo de Blair extreme realmente el control. Pero vamos a ver: ¿Vigilar qué? ¿El control de qué? ¿Que no se pase del plazo de los 14 días? Quizá no vaya descaminado Juan Manuel de Prada cuando se pregunta: ¿O es que lo que pretenden, cepillándoselo tan pronto, es que al embrión no le hayan crecido todavía los ojos en el rostro, para no tener que arrostrar su mirada recriminatoria? Alfonso Simón |