RetrocesoA&ONº 224/7-IX-2000SumarioDesde la feContinuar
Juan XXIII y el cine
Nuestro colaborador Pascual Cebollada tuvo, en más de una ocasión, el privilegio de conocer y de hablar con el Patriarca de Venecia, cardenal Roncalli, que luego sería Juan XXIII, ahora beatificado. He aquí, para nuestros lectores, su emocionado e interesante recuerdo y testimonio
En diciembre de 1958, apuntaba yo en un artículo de Impulso que en lo sucesivo habría abundantes ocasiones de comentar el pensamiento cinematográfico del nuevo Pontífice, al que me atreví a comparar con el Pío XII de la Miranda prorsus (1957), llamándole igualmente Papa del cine. Era, por deseada, una predicción parcial que luego se confirmaría por sus textos y por la parte esencial que tuvo en el Inter mirifica del Vaticano II. Sí, hubo y habrá ocasiones, una de las cuales es ya ésta. El nuevo Pontífice era Juan XXIII.

Unos meses antes, el 31 de agosto, el cardenal Roncalli —víspera del cambio de nombre por el de Juan XXIII— habló sobre cine por última vez como Patriarca de Venecia. Sentado en su sede de la basílica de San Marcos, leyó un bello y profundo discurso que escucharon cineastas llegados de todo el mundo, muchos no católicos. Condenó algunas películas (desmesuradamente inmorales) proyectadas en el festival; elogió la alta misión del cine, a cuyos primeros pasos asistió la Iglesia y que luego juzgó con benevolencia, porque también llevan con ilusión a procurar placeres y emociones que cultivan el espíritu y lo recrean en el verdadero sentido de la palabra.

Cada año, desde 1953, tras el discurso había una recepción —l’invito è strettamente personale—, a la que yo asistía siempre. Al final de una de ellas recuerdo que el futuro Papa nos enseñó personalmente las dependencias del palacio —conmoviéndose en las que había habitado San Pío X— y las suyas privadas. Su presencia física, desbordada por la cordialidad, hacía que uno se sintiera como niño al que el abuelo va descubriendo las maravillas de su casa, dándole a la vez la mano, el corazón y la sonrisa. Para muchos, aquellos encuentros eran como de antiguos conocidos. El cardenal se mezclaba con todos y a todos tenía algo que decir.

Permítaseme que presuma de la audiencia de 1958 y del saludo personal de su Eminencia, caro Pasquale, con el que se inició varios minutos de charla inolvidable, en la que se interesó por la marcha de la Revista Internacional del Cine, que conocía bien. Me preguntó por mis otras actividades y me habló de il nostro amico Ruszkowski, un profesor polaco que había faltado a la cita.

Explotaré confianzudamente, y un poco tembloroso, aquel impagable caro Pasquale del Patriarca, que luego fue Papa y ya es Beato, cuando tenga que pedirle algo para mí, para mis cosas y para el cine. Que más de una vez será.

En cine, su paso por Venecia se recordará por aquellos cinco discursos, prólogo doctrinal de su pontificado; el epílogo lo pondría el gran documento conciliar sobre los medios de comunicación social, del 4 de diciembre de 1963, al que no fue ajeno. En medio, otros cinco años que en la historia general de la Iglesia han sido decisivos.

Juan XXIII fue Papa entre el 28 de octubre de 1958 y el 23 de junio de 1963. Durante ese tiempo, el cine y los medios fueron materia total o parcial de más de medio centenar de documentos. Su primero, personal, fue el Motu Propio Boni Pastoris, de 22 de febrero de 1959, en cuya parte dispositiva fijaba la naturaleza, los fines, las competencias y la sede de la Comisión Pontificia para el Cine, la Radio y la Televisión. Y le confiaba la Filmoteca Vaticana, que erigiría en persona jurídica con estatuto propio, en noviembre del mismo año. La trascendencia de la Comisión y la eficacia de la Filmoteca (que dirige el español monseñor Enrique Planas) siguen más que comprobadas.

Poco después, se refería al cine en las encíclicas Ad Petri cathedram y Mater et magistra, y en 1961, celebraría el 25 aniversario de la Vigilanti cura, reafirmando sus criterios ante la técnica particularmente fascinante del cine. Aprovechaba cualquier ocasión propicia para sentar doctrina y marcar normas, tanto a la propia Iglesia como a la propia profesión y a los espectadores.

Las cartas de su Secretaría de Estado a la OCIC son documentos espléndidos. Y reiteró su preocupación previa al Concilio, de que saldría el Decreto Inter mirifica, fundamental para el cine.

Sí, ocasiones no faltarán, pero ya no podía perderse esta gozosa de su beatificación.

Pascual Cebollada