No siempre es fácil, reconocen los obispos de las islas. La familia, tal como la entiende la Iglesia, está en franca contradicción con muchos postulados de la cultura dominante. De entrada, el matrimonio es concebido como un contrato que se hace y se deshace; que ha de durar mientras permanece el afecto. Y donde los intereses de los hijos quedan sometidos a los de la pareja, empezando por decidir el momento de tenerlos y cuántos hay que tener, olvidando el gozo de ofrecer el mejor momento, el que los hijos "desearían", así como cuántos hijos "querrían" nacer y cuántos querrían Dios y la sociedad. Y se continúa por no dedicar a los hijos el tiempo suficiente; por no atender a la repercusión que tiene en los hijos su mal ejemplo; por dejarse manipular por los niños, concediéndoles todo lo que se les antoja a fin de evitarse problemas; o por dejar en manos de otros, por razones de comodidad, la atención preferencial que les deben.
Subyace una mentalidad utilitarista: No quedan espacios ni humor para la convivencia y el diálogo sosegado y gratuito. Hasta que llega un momento en que ya no es posible hablar con los hijos, ni cuando se desea ni cuando la necesidad se hace perentoria. Y si éste es un peligro cierto en la relación entre padres e hijos, no menos lo es en la vida conyugal, donde la pareja apenas encuentra el tiempo necesario para estar a solas, que les permita rehacer constantemente el clima de confianza, intimidad y de comunicación gratificante de la época del noviazgo.
La Carta pastoral concluye con algunos consejos prácticos. A las parroquias, Delegaciones diocesanas para la Familia, movimientos matrimoniales
se les pide que busquen crear conciencia en los padres de su responsabilidad educativa, que preparen lo mejor posible los sacramentos del Matrimonio y del Bautismo, que acompañen a los matrimonios y a las familias y les ayuden a participar en la vida de la comunidad cristiana y que procuren una liturgia adecuada a los niños y a las familias. A los padres cristianos se les propone que den testimonio personal de la estima y la práctica de la fe, también mediante los signos religiosos en casa, que dediquen momentos a la oración en familia y que procuren participar activamente en otras instancias sociales y educativas, como la escuela o la catequesis.
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