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Carlos V fue un católico ferviente. El cilicio y la discilina eran sus compañeros de mortificación carnal. Oía varias misas al día y dedicaba una hora cada mañana a la meditación religiosa. La poesía de los salmos impresionaba su imaginación y conmovía su alma. Él mismo había compuesto algunas oraciones. La magnificencia de las ceremonias católicas, la música unida a la oración y la belleza de las artes realzando la austeridad y el dogma, le hacían perseverar en su fe y preservar a sus reinos de la herejía. Sólo Alemania se sustrajo a su acción religiosa.
Este párrafo corresponde a la obra Carlos V. El Emperador, (Ediciones Aldebarán, colección Vidas Privadas), de un hombre de hoy como M. Ríos Mazcarelle. No puede decirse y resumirse mejor una religiosidad sincera y acendrada como la del Emperador Carlos V. Pero podemos acompañar a esta página con otras opiniones y juicios de contemporáneos como Baltasar de Castiglione, que declaró que el Emperador era el mejor cristiano con el que nunca se había encontrado. Basándose en éste, un historiador de la Iglesia reciente como Joseph Lort llega a decir que si se excluye a los santos y a los penitentes, Carlos fue el mejor servidor de la Iglesia de su tiempo. Creemos, no obstante, conveniente comprobar si son meras afirmaciones panegíricas y entusiastas, o hay algo más. ¿Exageraciones quizás? No se pueden olvidar sus herencias, tanto borgoña como española. Porque si fuerte era la religiosidad borgoñona, no lo era menos la española de unos abuelos que, por algo, eran llamados Reyes Católicos. |
| Pero inmediatamente después de esto hay que comenzar por su educación y formación cuando niño, que su tía Margarita encomendó al sabio y edificante deán de la iglesia de San Pedro, en Lovaina, y Vicerrector de su Universidad, Adriano de Utrech. Pertenecía a los llamados Hermanos de la Vida Común, verdadero representante de la devotio moderna, que aunaba en su persona la piedad de la Edad Media con el humanismo y el deseo de una reforma auténtica de la Iglesia. Coincidían con la reforma en España de Cisneros. Adriano sería después Papa, y antes consejero del Emperador. Lástima que Adriano VI muriese pronto. Y hay que recordar en seguida la solemne declaración de fe que hace después de recibir y escuchar a Lutero. Ya es emperador, con 21 años, y dice en la Dieta de Worms con toda firmeza: Vos sabéis que yo desciendo de los muy cristianos Emperadores de la noble nación germánica, de los Reyes Católicos de España, de los Archiduques de Austria y de los Duques de Borgoña, todos los cuales han sido hasta la muerte hijos fieles de la Iglesia romana, por lo que estoy determinado totalmente a empeñar mis reinos y señoríos, mis amigos, mi cuerpo, mi sangre, mi vida y mi alma en defensa de la Santa Fe Católica.
No es de extrañar, por todo ello, el testimonio de quienes dicen haberle visto en ocasiones tumbado en el suelo con los brazos en cruz, en actitud penitente también. Frente a ello se oponen sus debilidades sexuales, sus hijos naturales, pero nunca fue un libertino como Enrique VIII, o incluso Francisco I, y el Emperador fue siempre discreto. En vida de la Emperatriz Isabel, la única esposa, de la que siempre estuvo enamoradísimo, nunca le fue infiel. Su religiosidad sube al cénit, evidentemente, en Yuste. No en vano fue allí, como él mismo dijo en su abdicación, a sepultarse. En el inventario que se hace de los bienes del Emperador al fallecer, figuran, por ejemplo, 9 libros devotos, dos misales y dos libros de oficios. Entre los primeros estaban dos breviarios, el de San Jerónimo y el romano nuevo, las Confesiones de san Agustín, etc... Tenía igualmente una biblia en francés, para lo que el emperador había tenido que pedir y obtener el permiso del mismísimo Santo Oficio. El llamado monje anónimo de Yuste, que escribe sobre el Emperador, dice expresamente: Fue el Emperador don Carlos, nuestro señor, una de las personas más devotas del Santísimo Sacramento de su tiempo, y aun por ventura ningún más que él. Lo cual se vio en los actos que hizo en su servicio. Todos los jueves del año, como queda dicho, celebraba la fiesta del "Corpus Christi". Era de grandísimo regalo y gusto el recibir a este Señor, cuando comulgaba. Y, así, con haber comulgado un día antes que recibiese la Extremaunión, quiso comulgar otra vez, después de haberla recibido, antes que expirase. Y fray Prudencio de Sandoval, en su Historia de la vida del Emperador, refiere su muerte de Yuste así: ... dijo: "Ya es tiempo; dad acá aquella vela y aquel crucifijo"... Estuvo un poquito mirando en el Cristo sin hablar, y luego dió una voz grande que se pudo oír en los otros aposentos, diciendo: "Ay, Jesús". Y con ella dió el alma a Dios. Dice el profesor Fernández Álvarez, en su exitoso libro Carlos V, el César y el Hombre: Así murió Carlos V, el Último Emperador de Occidente, el único Emperador del Viejo y Nuevo Mundo. Amén, decimos nosotros. Religiosidad sincera y acendrada. Manuel Martín Lobo |