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Hay palabras de Jesús que tienen en sus labios valor de sacramentos. Tanto es lo que dicen, que la Iglesia las admitió en sus ritos sagrados en la misma lengua materna de Jesús. Una de ellas es la que este domingo dirige al sordomudo effetá para librarle de su dramática limitación. Esta palabra habitó durante mucho tiempo en el rito del bautismo, y aún hoy puede decirse, dando ocasión al sacerdote para repetir sobre el neófito el gesto de Cristo y abrirle así a la escucha de la palabra de Dios y a la alabanza. ¡Ábrete!: hermosa expresión para describir lo que Dios hace con el hombre. Sacarle de la mudez y de la cerrazón para entregarle a la alegría de la comunicación personal con Dios libre del torpe aislamiento del pecado.
El milagro de este día tiene así un valor universal. La acción de Cristo repleta de misterio, los gestos casi litúrgicos que realiza levantar los ojos al cielo, suspirar, ungir con saliva indican que Jesús trata al sordomudo como si fuera el representante de una Humanidad a la que viene a salvar de sus trabas íntimas y esclavizantes. ¿No había dicho el profeta que el Mesías haría oír a los sordos y hablar a los mudos? ¿Y no eran éstos los signos de la llegada del Reino de Dios en medio de los hombres? En el sordomudo se nos muestra, de hecho, al hombre atado en sus facultades más humanas oír y hablar, al hombre necesitado de libertad. Cristo le desata y le libera. Resulta por ello muy elocuente que el relato termine con una afirmación solemne sobre Cristo, que tiene el aspecto de una confesión de fe: Todo lo ha hecho bien. Estas palabras recuerdan aquéllas del libro del Génesis, después de narrar la creación del mundo: Y vio Dios todo lo que había hecho y vio que estaba bien. En Jesús parece decir san Marcos se repite el gesto de Dios recreando al hombre, devolviéndole a su primera y hermosa libertad. En Jesús, Dios rehace su creación, la renueva, soltando las ataduras del pecado y dando al hombre la salud. Hace oír a los sordos y hablar a los mudos, dice la gente. Es una forma de proclamar que el Reino de Dios se ha hecho presente en la persona misma de Jesús, que cumple las promesas del profeta. Por eso, el ábrete de Jesús se dirige al hombre de todos los tiempos (no en vano el milagro se hace en tierra de gentiles) para invitarle a una libertad sin límites, la de la nueva creación, que le permita acoger el Reino que nos llega en Cristo. Con esta palabra, Cristo prefigura el bautismo donde el hombre, abierto a la gracia, es introducido en un mundo nuevo en el que todo está bien. + César Franco |