RetrocesoA&ONº 224/7-IX-2000SumarioEn portadaContinuar
Más de dos millones de jóvenes con el Papa en la XV Jornada Mundial de la Juventud
«¡Prenderéis fuego al mundo entero!»
No hay palabras para describir la belleza que los ojos de más de dos millones de jóvenes han visto y sus manos han tocado durante la XV Jornada Mundial de la Juventud que se celebró en la Ciudad Eterna desde el pasado día 15 al 20 de agosto. Impresionante todo lo que se vivió, aprendió, compartió y disfrutó esos días en Roma. Como siempre y desde el primer momento, el Papa gozó del contacto magnético que existe entre él y los jóvenes. Habla a sus amigos como un Padre que sabe Quién es sólo Aquel que tiene Palabras de vida eterna
Desde el primer momento en el que Juan Pablo II anunció la XV Jornada Mundial de la Juventud, los jóvenes de todo el mundo se fueron preparando para esta gran cita. Como momento previo a esta Jornada de mediados de agosto, muchos jóvenes pudieron aprovechar una experiencia que les ha marcado: familias de toda Italia acogieron a peregrinos extranjeros en sus casas del 10 al 14 de agosto. En tan sólo 5 días cualquiera se sentía como en casa y participaba en los gestos organizados por la diócesis en la que había sido acogido.

El 15 de agosto, ya en Roma, tuvo lugar la bienvenida a todos los jóvenes. Recogimos la bolsa del peregrino, que cada uno llevó durante esos días y que contenía lo más esencial: un gorro y un pañuelo para paliar el implacable sol romano, el Vademecum del Peregrino, el evangelio de San Marcos y un mapa de la ciudad.

O Roma felix! Con estas palabras, el Santo Padre saludó ese día a todos los jóvenes de la diócesis de Roma y de Italia entera en la basílica de San Juan de Letrán, la catedral de Roma. ¡Oh, Roma feliz! Feliz porque fue consagrada –dijo– por el testimonio y la sangre de los apóstoles san Pedro y san Pablo, quienes nos indican, junto con todos los demás santos y mártires, a Cristo, al que hemos venido aquí a celebrar: el Verbo que «se hizo carne, y habitó entre nosotros» –lema de esta Jornada–.

Juan Pablo II deseó a todos que en esta ciudad, que conserva las tumbas y la memoria de quienes dieron testimonio del Salvador del mundo, os encontréis durante estos días con Jesús, que conoce el secreto de la verdadera felicidad y la prometió a sus amigos. En este encuentro del comienzo de un nuevo siglo y de un nuevo milenio, el Papa nos invitó a aprovechar las catequesis de esos días, atesorando las palabras que os dirigirán los obispos, acogiendo la voz del Señor para fortalecer vuestra fe y testimoniarla sin miedo, conscientes de ser herederos de un gran pasado.

UNA FUERZA IRRESISTIBLE

Un Juan Pablo II con una fuerza irresistible quiso empezar repitiendo las palabras con las que comenzó su ministerio aquel 22 de octubre de 1978: ¡No tengáis miedo! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo! Y añadió: Abrid vuestro corazón, vuestra vida, vuestras dudas, vuestras dificultades, vuestras alegrías y afectos a su fuerza salvífica y dejad que Él entre en vuestro corazón. ¡No tengáis miedo! Cristo sabe lo que hay dentro del hombre. ¡Sólo Él lo sabe! Juan Pablo II lo repitió con la misma convicción y fuerza, viendo resplandecer en los ojos de todos la esperanza de la Iglesia y del mundo: Dejad que reine en vuestras jóvenes existencias; servidLe con amor. ¡Servir a Cristo es libertad!

Antes de partir hacia la basílica de San Pedro, Juan Pablo II quiso inaugurar estas jornadas bajo la mirada de María Santísima, en el día de su Asunción. Que el ejemplo de la joven de Nazaret –dijo– os ayude a decir sí al Señor que llama a vuestra puerta, y desea entrar y permanecer. Se le veía contento al Papa, y con mucha fuerza. Sin duda, el vigor del Espíritu. Bromeó incluso con los jóvenes al ver una pancarta que rezaba: El Papa, un joven como nosotros. Les respondió: El Papa vive desde hace ochenta años y los jóvenes lo quieren siempre joven. ¿Cómo hacerlo? Gracias por esta catequesis vuestra.

A continuación se trasladó por las calles de Roma a la plaza de San Pedro para dar la bienvenida al millón de jóvenes procedentes de más de 159 países del mundo. A cada uno nos dijo: ¡La paz esté contigo!

Juan Pablo II empezó este encuentro planteando a los jóvenes una pregunta: ¿Qué habéis venido a buscar? Si os habéis puesto en camino no ha sido sólo por razones de diversión o de cultura. ¿A Quién habéis venido a buscar?, les dijo. La respuesta –añadió– no puede ser más que una: ¡habéis venido a buscar a Jesucristo! A Jesucristo que, sin embargo, primero os busca a vosotros.

Celebrar el Jubileo no tiene otro significado que el de celebrar y encontrar a Jesús. Habéis venido a Roma para acoger dentro de vosotros su fuerza de vida; para volver a descubrir la verdad sobre la creación; para asombraros nuevamente por la belleza y la riqueza del mundo creado; para renovar en vosotros la conciencia de la dignidad del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, afirmó.

Precioso fue el testimonio personal que Juan Pablo II nos ofreció a continuación: Hoy yo deseo deciros que creo firmemente en Jesucristo Nuestro Señor. Recordó cómo desde niño, en su familia, aprendió a rezar y a fiarse de Dios. Recordó el ambiente de su parroquia, donde recibió de los salesianos la formación fundamental para la vida cristiana. Tampoco puedo olvidar la experiencia de la guerra y los años de trabajo en una fábrica.

Precisamente la maduración definitiva de su vocación sacerdotal surgió durante la ocupación de Polonia, en la segunda guerra mundial. La tragedia de la guerra dió al proceso de maduración de mi opción de vida un matiz particular. En ese contexto se me manifestaba una luz cada vez más clara: el Señor quiere que yo sea sacerdote. Juan Pablo II recordó conmovido el 1 de noviembre de 1946, cuando recibió la ordenación sacerdotal, o cuando aceptó ser Papa aquel 16 de octubre de 1978. El Sucesor de Pedro recordó cómo su fe no es sólo obra mía, adhesión mía a la verdad de Cristo y de la Iglesia. La fe es esencialmente y ante todo obra del Espíritu Santo, don de su gracia.

Al comenzar el Jubileo de los Jóvenes, el Papa quisó ofrecer su testimonio personal con el fin de aclarar que el camino de la fe pasa a través de todo lo que vivimos. Dios actúa en las circunstancias concretas y personales de cada uno de nosotros: a través de ellas, a veces de manera verdaderamente misteriosa, se presenta a nosotros la Palabra «hecha carne». Los jóvenes le escuchábamos atentamente porque tenemos la certeza de que el Papa es alguien que sabe muy bien qué corresponde, y merece la pena realmente, a la vida de cada uno de nosotros. No penséis nunca que sois desconocidos a sus ojos, como simples números de una masa anónima. Cada uno de vosotros –añadió– es precioso para Cristo, Él os conoce personalmente y os ama tiernamente, incluso cuando uno no se da cuenta de ello.

TRES DIAS DE ENCUENTROS

Durante los días 16, 17 y 18, previos a la gran Vigilia del 19, los jóvenes asistieron a los numerosos gestos organizados por toda Roma. Con el fin de conseguir que cada peregrino entrase por la Puerta Santa, cada día pasaban una infinidad de grupos asignados –más de 300.000 personas al día–, y fue necesario que el Papa abriese otras puertas de la basílica de San Pedro como Puertas Santas. Al llegar por la Via de la Conciliazione, se empezaba ya a oir el himno del Jubileo y las ocho bienaventuranzas como umbral antes de cruzar la Puerta. A cada peregrino se le daba un litro de agua para soportar mejor el último tramo, y camiones cisternas refrescaban con mangueras a los jóvenes, que sudaban bajo el peso del terrible ferragosto romano. Al pasar por la Puerta Santa se nos recuerda que La Puerta es Cristo. Se cruza con el deseo de pasar del pecado a la gracia. Jean Marie, un joven parisino, me comenta: Es una experiencia maravillosa pasar por la Puerta Santa después de un peregrinaje tan largo y esperado.

Según el lugar y el día asignado, durante estos tres días tuvieron lugar catequesis y misas por toda Roma, y por las tardes los Incontragiovanni, un sin fin de actos de todo tipo con los que te topabas por cada esquina de la Ciudad Eterna: conciertos de corales, de rock, representaciones teatrales, bailes, danza, música clásica, exposiciones, y muchos momentos de oración. Las catequesis fueron dirigidas por cardenales y obispos, y se llevaron a cabo en más de 30 idiomas. Todas las iglesias de Roma esos días estuvieron abiertas de par en par todo el día, siendo la auténtica casa de cada peregrino, y el lugar donde éstos se sentaban no sólo para escuchar misa y orar, sino también para hablar o simplemente descansar. Aquí, como en las peregrinaciones medievales, como con el botafumeiro en la catedral de Santiago de Compostela, el incienso servía también para perfumar el templo, incapaz de recibir a tantos cansados peregrinos.

CONFESIONES EN EL CIRCO MASSIMO


Uno de los actos inolvidables de esta Jornada Mundial de la Juventud ha sido la celebración del sacramento de la Confesión en el Circo Massimo, que junto al Coliseo fue uno de los lugares de Roma donde más mártires murieron, como nos recordaba la Cruz plantada en el centro del Circo. Durante esos días, desde las siete de la mañana y hasta las doce de la noche, más de 900 sacerdotes confesaban a cientos de miles de jóvenes en diferentes idiomas que se acercaban a las 20 carpas allí instaladas. Impresionaba participar luego en la santa misa en el Circo Massimo, bajo el calor y el sol justiciero que asoló esos días Roma. Franz, del norte de Alemania, me dice: Es imponente esta misa aquí, sabiendo que aquí han muerto tantos y tantos mártires. Aunque el calor sea insoportable y agotador, lo mínimo que podemos hacer es permanecer, si piensas en el sacrificio llevado a cabo por esos mártires.

Allí estaba clavada la Cruz de todas y cada una de las Jornadas Mundiales de la Juventud, que el Papa ha confiado a los jóvenes, y que es besada por aquellos que ya se han confesado. En ella leemos las palabras de Juan Pablo II al clausurar, en la Pascua de 1984, el Año Jubilar de la Redención: Querídisimos jóvenes, al clausurar el Año Santo, os confío el signo de este Año Jubilar. La Cruz de Cristo llevadla por el mundo como signo del amor del Señor Jesús a la Humanidad, y anunciad a todos que sólo en Cristo muerto y resucitado hay salvación y redención. Cada uno de los penitentes, después de confesarse, se acercaba a la gran Cruz central y ofrecía incienso como signo de agradecimiento. Laura, de Brescia, me dice, nada más confesarse: Es una experiencia muy bella, de una Iglesia verdaderamente universal, porque se entiende realmente qué grande es la misericordia de Dios, que no tiene límites.

INTERCAMBIO DE FELICIDAD

Sin la paciencia de los romanos, de sus conductores de autobuses, sin el apoyo de las autoridades públicas y la eficacia de los servicios médicos, esta Jornada no hubiera tenido el gran éxito cosechado. Sin embargo, la ayuda por excelencia llegó gracias a los 28.000 voluntarios, que han hecho posible que en este excepcional encuentro de intercambio de felicidad hayan podido participar tantísimos jóvenes sin ningún problema.

Al anochecer del viernes día 18, se celebró un solemne Via Crucis por el centro histórico con el comentario de textos sobre la Pasión y testimonios breves. La procesión, que salió de la iglesia del Ara Coeli para finalizar ante el Coliseo, la abría la Cruz de los Jóvenes y varias decenas de cruces pequeñas, palmas y velas, llevadas por jóvenes de todos los continentes. Con este gesto, los jóvenes querían entrar, junto a Cristo, en el misterio de su Pasión y su Muerte en cruz. Toda una oleada de velas encendidas y un silencio abrumador inundaba la Via dei Fori Imperiali. Durante cada una de las estaciones del Via Crucis, se fue haciendo memoria de los mártires cristianos a lo largo de la historia de la Iglesia, empezando por Pedro y Pablo –sobre quienes hay una excepcional exposición en Roma–, del primer mártir, san Esteban, de los mártires de la Iglesia de Roma, los confesores de la fe, las víctimas del nazismo y del comunismo soviético, o de los seguidores de Cristo en Asia y en tantas otras partes del mundo. Al finalizar el Via Crucis, el cardenal Camillo Ruini, Vicario del Papa para la diócesis de Roma, pidió al Señor: Abre nuestra inteligencia, orienta y fortifica nuestra voluntad y libertad, para que podamos comprender que tu cruz es el don supremo del amor de Dios Padre, es la expresión perfecta de tu obediencia y de tu libertad, es el lugar, entre todos el más misterioso, el más terrible pero también el más consolador, en el cual la bondad y la misericordia de Dios se encuentran con la maldad de nuestro corazón, con la historia sin fin del pecado, del dolor, de la muerte.

En declaraciones a Alfa y Omega, el cardenal Schönborn, arzobispo de Viena, afirmó: Lo más grande de todos estos días es lo que está ocurriendo en los jóvenes, en su interior. Es un acontecimiento impresionante, y está sucediendo sobre todo en los corazones, la gracia del Jubileo está realmente actuando. Esto lo ve uno especialmente en las confesiones, muchas, muchas confesiones. Es un signo muy esperanzador.

CAMINO A TOR VERGATA


Al día siguiente, a las doce del mediodía todas las campanas de Roma repican para anunciar con gozo la Vigilia en Tor Vergata, punto culmen de esta XV Jornada. Los peregrinos nos dirigimos, ya desde primera hora de la mañana, hacia el campus universitario de Tor Vergata, situado a las afueras de Roma, a siete kilometros de la última estación del Metro. La buena organización ha previsto que cada peregrino tenga una caja con las comidas, cena y desayuno para esos dos días.

El cardenal Ruini declara a Alfa y Omega: Estos días son una experiencia formidable para la Iglesia, no sólo de Roma, sino para la de todo el mundo; una experiencia de fe que nos une a todos, una experiencia de oración, una experiencia de la Iglesia mirando hacia el futuro, que afronta con confianza la evangelización del nuevo siglo. Tiene especial interés en dirigir, a través de nuestras páginas, un afectuoso saludo a la diócesis de Madrid, y a las de toda España, tan representadas aquí y que tanto han contribuido al éxito de esta Jornada.

Monseñor César Franco, obispo auxiliar de Madrid, afirma: Lo más importante de esta Jornada, como suele suceder en estas ocasiones, es la experiencia del encuentro con Cristo y con la Iglesia, y para muchos jóvenes el descubrimiento de que la Iglesia va mucho más allá de su pequeño grupo y experiencia, y se abren a lo que llamamos la catolicidad, al sentido de la universalidad. Monseñor Franco quiso constatar en Tor Vergata la capacidad de esfuerzo y de sacrificio de los jóvenes. A pesar de la dureza de algunas jornadas y del calor muy fuerte, lo han vivido como un elemento integrante de lo que significa la vida cristiana, y como una ocasión de hacer un poco de penitencia, en una sociedad tan materialista como la nuestra. Han sido días de alegría, como siempre ocurre cuando estás con jóvenes, puesto que supone abrirse a un mundo de vitalidad, de alegría y de mucha esperanza para la Iglesia. Allí estaba derrochando entusiasmo nuestro arzobispo, cardenal Antonio María Rouco, y también los otros dos obispos auxiliares de Madrid, monseñores Eugenio Romero Pose y Fidel Herráez.

La Vigilia del sábado, preparada con muy buen gusto, nos ofreció preciosos cantos de diversas partes del mundo que versaban sobre la libertad, la solidaridad o el agradecimiento, y contó con cuatro testimonios de jóvenes, antes del discurso del Papa.

Al comenzar su diálogo –que no monólogo–, en esta Vigilia de oración, Juan Pablo II citó un pasaje del evangelio de San Mateo: Y vosotros ¿quién decís que soy yo? Jesús plantea esta pregunta a sus discípulos y Simón Pedro contesta: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. El Papa nos pregunta por qué Jesús quiere saber lo que piensan sus discípulos de Él. Y continúa: Jesús quiere que los discípulos se den cuenta de lo que está escondido en sus mentes y en sus corazones, y que expresen su convicción.

LABORATORIO DE LA FE

Juan Pablo II nos dice cómo, en primer lugar, está la gracia de la revelación: un íntimo e inexpresable darse de Dios al hombre; después, sigue la llamada a dar una respuesta; y, finalmente, está la respuesta del hombre, respuesta que, desde ese momento en adelante, tendrá que dar sentido y forma a toda su vida. Aquí tenemos lo que es la fe, es decir, la respuesta a la palabra del Dios vivo por parte del hombre racional y libre. Y el Papa recordó el episodio durante el cual Cristo, ya resucitado, probó la madurez de la fe de sus apóstoles y el encuentro con Tomás, el único apóstol ausente cuando, después de la resurrección, Cristo fue por primera vez al Cenáculo. También el Cenáculo de Jerusalén fue para los apóstoles una especie de «laboratorio de la fe». En el Cenáculo nos encontramos ante una dialéctica de la fe y de la incredulidad más radical y, al mismo tiempo, ante una confesión aún más profunda de la verdad sobre Cristo. La experiencia de su muerte había sido tan fuerte que todos tenían necesidad de un encuentro directo con Él para creer en su resurrección: los apóstoles en el Cenáculo, los dos discípulos en el camino a Emaús, las piadosas mujeres junto al sepulcro... También Tomás lo necesitaba. Cuando su incredulidad se encontró con la experiencia directa de la presencia de Cristo, el apóstol que había dudado pronunció esas palabras con las que se expresa el núcleo más íntimo de la fe: «Mi Señor y mi Dios».

Como dijo el Papa, este encuentro romano ha supuesto también una especie de laboratorio de la fe para todos los jóvenes allí llegados, que confiesan a Cristo en los umbrales del tercer milenio. Aunque, como constató el Papa, cada uno de vosotros puede encontrar en sí mismo la dialéctica de preguntas y respuestas que hemos señalado anteriormente, y cada uno puede analizar sus propias dificultades para creer, e incluso sentir la tentación de la incredulidad, sin embargo, al mismo tiempo, puede también experimentar una progresiva maduración de la convicción consciente de la propia adhesión de fe. Siempre, en este admirable laboratorio del espíritu humano, el laboratorio de la fe, se encuentran mutuamente Dios y el hombre. Cristo resucitado entra en el cenáculo de nuestra vida y permite a cada uno experimentar su presencia y confesar: Tú, Cristo, eres «mi Señor y mi Dios».

Todo ser humano –añadió el Sucesor de Pedro– tiene en su interior algo del apóstol Tomás. Es tentado por la incredulidad y se plantea las preguntas fundamentales: ¿Es verdad que Dios existe? ¿Es verdad que el mundo ha sido creado por Él? ¿Es verdad que el Hijo de Dios se ha hecho hombre, ha muerto y ha resucitado? La respuesta surge junto con la experiencia que la persona hace de su divina presencia.

UN NUEVO MARTIRIO


Juan Pablo II reconoció cómo seguir a Jesús es como un nuevo martirio: el martirio de quien, hoy como ayer, es llamado a ir contra corriente. No por casualidad, ha querido el Papa que durante el Año Santo fueran recordados en el Coliseo los testigos de la fe del siglo XX. Quizás a vosotros –dijo el Papa– no se os pedirá la sangre, pero sí ciertamente la fidelidad a Cristo. Una fidelidad que se ha de vivir en las situaciones de cada día: en los novios y su dificultad de vivir, en el mundo de hoy, la pureza antes del matrimonio; en los matrimonios jóvenes y en las pruebas a las que se expone su compromiso de mutua fidelidad; en las relaciones entre amigos; en el que ha empezado un camino de especial consagración; etc… El Papa no ocultó la dificultad de creer en un mundo así. Es difícil, pero con la ayuda de la gracia es posible.

Durante esta inolvidable Vigilia, Juan Pablo II quiso regalar a cada uno el evangelio de San Marcos, que se encontraba en la bolsa del peregrino. Cada uno se lo regaló al que tenía al lado, y viceversa. El Papa habló francamente a los jóvenes y les afirmó que, en realidad, es a Jesús a quien buscáis cuando soñáis la felicidad; es Él quien os espera cuando no os satisface nada de lo que encontráis; es Él la belleza que tanto os atrae; es Él quien os provoca con esa sed de radicalidad que no os permite dejaros llevar del conformismo; es Él quien os empuja a dejar las máscaras que falsean la vida; es Él quien os lee en el corazón las decisiones más auténticas que otros querrían sofocar. Es Jesús el que suscita en vosotros el deseo de hacer de vuestra vida algo grande, la voluntad de seguir un ideal, el rechazo a dejaros atrapar por la mediocridad, la valentía de comprometeros con humildad y perseverancia para mejoraros a vosotros mismos y a la sociedad, haciéndola más humana y fraterna.

En ese momento, como en tantos otros durante estos dos días, el Campus de Tor Vergata explotó en aplausos y gritos como John Paul II, we love You! El Papa recordó a los jóvenes cómo para estos nobles objetivos no se está solo, puesto que con vosotros tenéis a vuestras familias, a vuestras comunidades, a vuestros sacerdotes y educadores, y a tantos de vosotros que, en lo oculto, no se cansan de amar a Cristo y de creer en Él. En la lucha contra el pecado no estáis solos: ¡muchos como vosotros luchan, y con la gracia del Señor vencen! En vosotros veo a los «centinelas de la mañana» en este amanecer del tercer milenio. Más aplausos.

A lo largo del siglo que termina, jóvenes como vosotros eran convocados en reuniones masivas para aprender a odiar, eran enviados para combatir los unos contra los otros. Los diversos mesianismos secularizados, que han intentado sustituir la esperanza cristiana, se han revelado después como verdaderos y propios infiernos. Hoy estáis reunidos aquí para afirmar que, en el nuevo siglo, no os prestaréis a ser instrumentos de violencia y destrucción; defenderéis la paz, incluso a costa de vuestra vida si fuera necesario. No os conformaréis con un mundo en el que otros seres humanos mueren de hambre, son analfabetos, están sin trabajo. Defenderéis la vida en cada momento de su desarrollo terreno; os esforzaréis con todas vuestras energías en hacer que esta tierra sea cada vez más habitable para todos, afirmó.

Concluyó diciendo a los jóvenes del siglo que comienza, que diciendo «sí» a Cristo decís «sí» a todos vuestros ideales más nobles. No tengáis miedo de entregaros a Él. Él os guiará, os dará la fuerza para seguirlo todos los días y en cada situación. Me comentaba un amigo: No hay palabras para describir la verdad que contienen las palabras que el Papa nos ha dicho esta noche, poniéndonos de nuevo frente a la única verdad de cada uno de nosotros. La luna irradia su blanca luz sobre el campus plagado de sacos de dormir.

LA PREGUNTA ESENCIAL

La noche se hace muy breve. Después de desayunar y preparar los cantos de la misa, una sorpresa más del Papa que no deja de sorprender: un helicóptero aparece sobre el cielo. Si el día anterior pasó con el papamóvil por muchos de los sectores del inmenso campus, el domingo quisó bordearlos todos con el helicóptero para saludar a los jóvenes, que, ya despiertos, esperábamos de nuevo ansiosos su llegada. Con otra cita del evangelio, esta vez de San Juan, el Papa empezó su homilía: Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna.

¿Cuál es nuestra respuesta? Si estamos aquí hoy es porque nos vemos reflejados en la afirmación del apóstol Pedro, dijo el Papa. Muchas palabras –añadió– resuenan en vosotros, pero sólo Cristo tiene palabras que resisten al paso del tiempo y permanecen para la eternidad. Es importante darse cuenta de que, entre todas las preguntas que surgen en vuestro interior, las decisivas no se refieren al «qué». La pregunta de fondo es «quién»: hacia «quién» ir, a «quién» seguir, a «quién» confiar la propia vida. Sólo Jesús de Nazaret –afirmó el Vicario de Cristo–, la Palabra eterna del Padre, que nació hace dos mil años en Belén de Judá, puede satisfacer las aspiraciones más profundas del corazón humano.

El Papa nos volvió a recordar cómo la maravillosa verdad es que la Palabra, que se hizo carne hace dos mil años, está presente hoy en la Eucaristía. El sacramento de la presencia de Cristo que se nos da porque nos ama. Él nos ama a cada uno de nosotros de un modo personal y único en la vida concreta de cada día: en la familia, entre los amigos, en el estudio y en el trabajo, en el descanso y en la diversión. Nos ama cuando llena de frescura los días de nuestra existencia, y también cuando, en el momento del dolor, permite que la prueba se cierna sobre nosotros; también a través de las pruebas más duras Él nos hace escuchar su voz. ¡Cristo nos ama y nos ama siempre! –insistió el Papa–. ¡Nos ama incluso cuando lo decepcionamos, cuando no correspondemos a lo que espera de nosotros. Él no nos cierra nunca los brazos de su misericordia!

Juan Pablo II recordó cómo nuestra sociedad tiene necesidad urgente de nuestro testimonio, de él necesitan más que nunca los jóvenes, tentados a menudo por los espejismos de una vida fácil y cómoda, por la droga y el hedonismo, que llevan después a la espiral de la desesperación, del sin-sentido, de la violencia. Es urgente cambiar de rumbo y dirigirse a Cristo, que es también el camino de la justicia, de la solidaridad, del compromiso por una sociedad y un futuro dignos del hombre. Ésta es nuestra Eucaristía, ésta es la respuesta que Cristo espera de nosotros, de vosotros, jóvenes, al final de vuestro Jubileo. A Jesús no le gustan las medias tintas.

Antes de finalizar su homilía, el Papa instó a todos: Al volver a vuestra tierra, poned la Eucaristía en el centro de vuestra vida personal y comunitaria: amadla, adoradla y celebradla, sobre todo el domingo, Día del Señor. También pidió al Señor que broten entre vosotros numerosas y santas vocaciones al sacerdocio; y expresó su deseo de que cada uno lleve el anuncio de Cristo en el nuevo milenio. Al volver a casa, no os despistéis. Confirmad y profundidad en vuestra adhesión a la comunidad cristiana a la que pertenecéis. Desde Roma, el Papa –dijo– os acompaña con su afecto y, parafraseando una expresión de santa Catalina de Siena, os dice: «Si sois lo que tenéis que ser, ¡prenderéis fuego al mundo entero!»

Al finalizar la misa y el rezo del Angelus, y antes de concluir esta magna e inolvidable asamblea, Juan Pablo II anunció que el próximo Encuentro Mundial de los Jóvenes tendrá lugar en Toronto, Canadá, en el verano de 2002. Hasta entonces, ¡buen camino, peregrino!