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Llevo siete años estudiando Teología. Puedo asegurar que jamás había visto con mayor nitidez y unidad cómo lo que dicen tantos libros se descubre en la realidad. Es algo así como la verificación de una hipótesis, usando términos científicos: Si te fías de Dios, serás feliz; si buceas en la Iglesia te sentirás mejor. Tal vez podría sonar a un spot publicitario más. Pero no, no es eso. ¡Cuento lo que he vivido! He visto a 13 jóvenes de mi parroquia de Villaviciosa de Odón, a casi 900 de la diócesis de Getafe, y a más de dos millones de todo el mundo vivir una experiencia humana capaz de cambiar su actitud ante la vida.Occidente ha contemplado la mayor concentración juvenil de su historia. En un acontecimiento eclesial como pocos, la prensa mundial observaba estupefacta el frenesí de grupos, banderas, pañuelos, sombreros, hábitos, colores y mochilas, así como los aplausos a un Papa que trataba de poner los puntos sobre las íes. ¡Cuántos tópicos y mitos facilones de la sociedad del bienestar caían derretidos bajo aquella solanera romana! ¡Cuántos mitos y utopías de la cultura del dinero perdían la base frente a la civilización del amor! |
| Como sacerdote recién ordenado aún con la L de aprendiz, anoto en mi agenda pastoral más de una lección: Podemos incluso en las comunidades cristianas dar la razón en todo a los jóvenes para que no se nos vayan y recortar las espinas de la rosa de la fe como mejor nos parezca; incluso dulcificar y diluir el mensaje de la cruz con el complejo que esté más de moda, con la consecuencia de dejar insatisfecho y defraudado el corazón siempre sediento de juventud. Sin embargo, cuando a los jóvenes se les pide algo grande se sienten felices de poder hacerlo; están dispuestos a verdaderos sacrificios si tenemos el valor de pedírselos. Sólo hay que convencerles de que no están solos en el esfuerzo, y de que otros ya lo han conseguido. ¡Los hechos hablan por sí mismos! No olvidaré fácilmente a aquel chico de mi autobús que, después de haber dormido una semana en el suelo, duchándose malamente con una manguera, comiendo frío de lata y habiendo rezado más que en toda su vida junta, vitoreaba a Juan Pablo II cuando exigía lealtad en la amistad, pureza en el noviazgo, vocación al martirio y salir de la mediocridad.
Durante la Misa del domingo, cada vez que el Papa repetía la frase del primer Pontífice: Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna, la mirada de los 6.000 sacerdotes que concelebramos la Eucaristía permanecía inmóvil. Ante la dureza de las palabras de Jesús y la Iglesia, la confianza ocupaba el lugar del entendimiento. O, mejor, lo cimentaba. Incluso varios adolescentes de Sudán, Guatemala o China, que sabían mejor que nadie lo que es la cruz, asentían con la cabeza. Ciertamente, cuando uno ha experimentado el interés que tiene Cristo para la vida, aunque aún haya cosas que no acierte a comprender, permanece a su lado. Después de este baño de gracia diré, más convencido que nunca, que creo en la Iglesia, que amo a mi Iglesia, una, santa, católica y apostólica. Gonzalo Pérez-Boccherini Stampa. Getafe |