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Basta de ofensas a Dios y al hombre

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Claro que es una terrible tragedia humana; claro que es un cáncer político y social que corroe mes a mes, año a año y ya son demasiados años, la convivencia entre los españoles; claro que es una lacerante e irrecuperable ruptura del esencial tejido familiar; pero antes, mucho antes que todo eso, cada atentado terrorista es un gravísimo pecado contra Dios creador de la vida. Y se destaca en los medios de comunicación, en las mesas familiares y en las charlas de café lo primero y todo lo que se destaque es poco, pero la verdad es que lo esencial no se destaca suficientemente. El cardenal arzobispo de Madrid lo hace de manera insistente y admirable en la entrevista que publicamos en estas mismas páginas: habla expresamente de pecado, y somete a la reflexión de los lectores el hecho fundamental que todo asesinato encierra: el desprecio intolerable a la dignidad del ser humano. No en abstracto, sino de cada ser humano concreto, con nombre y apellidos, con esposa e hijos, con padre y madre, con su proyecto de vida al que tiene pleno derecho, con su alma inmortal. Vienen hoy a esta página dos impresionantes testimonios gráficos, todavía calientes en el alma de todas las personas de bien: el sacerdote que reza ante el cuerpo deshecho de don José María Korta, y el abrazo-refugio, en la madrileña colegiata de San Isidro, del padre del concejal del PP don Manuel Indiano, a toda España representada por el Presidente del Gobierno. Son dos recordatorios obligados y doloridos. Despreciar así la vida y la dignidad del hombre es una ofensa a Dios y al hombre, aparte, obviamente, de un delirante error político y social.
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