|
|
|
|

|
Se ha propuesto a la veneración dos Pontífices que han marcado la historia de los últimos siglos: Pío IX, que guió la barca de Pedro en medio de violentas tempestades; y Juan XXIII, que convocó un Concilio ecuménico de extraordinaria importancia. Pío IX era muy querido por la gente por su bondad paternal: le gustaba predicar como a un sencillo sacerdote, administrar los sacramentos, encontrarse con el pueblo romano en las calles de la ciudad. El mundo no siempre le comprendió. Sin embargo, siempre fue indulgente incluso con sus enemigos. El espíritu de pobreza, la fe en Dios y el abandono a la divina Providencia, junto a un destacado sentido del humor, le ayudaron a superar los momentos más difíciles. Vivió también un abandono filial en la Virgen María, de quien definió el dogma de la Inmaculada Concepción. Entre los devotos del nuevo beato Pío IX, destaca uno de sus sucesores, el Papa Juan XXIII, que habría deseado él mismo lo escribió ver su elevación a la gloria de los altares. Juan XXIII unía a las virtudes cristianas un profundo conocimiento de la humanidad en sus luces y sombras. Angelo Giuseppe Roncalli asimiló los rasgos fundamentales de su personalidad en el ambiente familiar. Las pocas cosas que aprendí de vosotros en casa escribía a sus padres son todavía las más preciosas e importantes y sostienen y dan vida y calor a muchas de las cosas que aprendí después. Estaba convencido de que el Espíritu de Dios hace sentir su voz en cada hombre de buena voluntad y no se turbó ante las pruebas. (4-XI-2000) |