RetrocesoA&ONº 225/14-IX-2000SumarioCriteriosContinuar
El reto de la fe
La historia de nuestro tiempo, de este último siglo y medio del segundo milenio cristiano que bien puede verse representado en esas personas de nuestra portada, que van y vienen, pero sin encontrarse, con muros a un lado y al otro y en medio de una gran explosión —sin duda también una gran luz que alienta la esperanza—, es la historia que abrazaron los dos grandes Papas beatificados, Pío IX y Juan XXIII. Es la historia del ocaso del hombre y el reto de la fe, como certeramente el cardenal Ratzinger, hace años, tituló un espléndido doble artículo publicado en ABC. Se ha intentado estos días, en una bochornosa y descarada campaña, que ciertamente avala el juicio del cardenal Ratzinger, contraponer a la apertura y a la tolerancia, signos de la modernidad, que representaría el Papa bueno, la presunta intransigencia del Papa del Syllabus, que la rechazaría y condenaría.

La aprobación por el Papa de la Declaración Dominus Iesus, de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que acaba de hacerse pública, sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia, vendría a ser, para los fogoneros de la campaña, ¡lo que faltaba! Marcha atrás en el camino ecuménico, han pontificado en la inmensa mayoría de los medios de comunicación. ¿Se han molestado siquiera en leer el documento?, habría que preguntar en primer lugar. Pero no basta: el deterioro de lo humano, en un mundo sin duda avanzadísimo en cuanto a las cosas materiales se refiere —en realidad, por otra parte, un primer mundo, y cada vez más reducido y más envejecido—, es terriblemente desolador. El hombre contemporáneo está sin norte en el camino de la vida —el mencionado artículo del cardenal Ratzinger hablaba de la droga y el terrorismo como dos signos bien expresivos de ese ocaso del hombre—, y por tanto dañado en el centro mismo de su propia humanidad, la inteligencia y la voluntad, lo cual es tanto más dramático cuanto más se quiere ocultar con un culto al cuerpo que lo deja aún más terriblemente vacío.

Este ocaso, sin embargo, no ha de llevar al lamento de los profetas de calamidades, sino que constituye un verdadero reto para la fe cristiana. Así lo afrontaron tanto Pío IX como Juan XXIII, cada uno con los matices propios de las circunstancias del momento en que vivieron y de su peculiar personalidad, pero ambos reflejando la luz de un mismo Sol, unidos por la santidad, como ha subrayado Juan Pablo II en la ceremonia de su beatificación. La Declaración Dominus Iesus, que el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe firmó en la significativa fecha del 6 de agosto, festividad de la Transfiguración del Señor, refleja también esa misma Luz que es el Señor Jesús, el único nombre que se nos ha dado a los hombres bajo el cielo en el que podamos ser salvos. A todos los hombres. También a los que aún no Lo conocen. Empeñarse, una vez conocida la Luz, en quedarse en la penumbra o, peor aún, en las tinieblas, no hace sino ratificar esa herida mortal de la memoria, de la inteligencia y de la voluntad del hombre contemporáneo.

El rechazo a este espléndido documento, que Alfa y Omega publicará íntegramente en su próximo número, para que los lectores juzguen con su propio criterio cristiano, y en el que, lejos de emitir condenas u obstaculizar el ecumenismo, se muestra la Verdad que hace libres y que es el único camino de la unidad entre los hombres —¡intolerable, curiosamente, para quienes con más fuerza predican esa tolerancia que ha fabricado los totalitarismos más atroces de la Historia, incluido el relativismo actual, que necesariamente lleva a la dictadura del poder (= el dinero)!—, al igual que el rechazo a Pío IX, a quien precisamente el propio Juan XXIII veneraba y deseaba ver elevado a los altares, no es otro que el rechazo a Jesucristo, por mucho que se quiera disimular apelando incluso, ¡qué sarcasmo!, a la caridad cristiana. ¿No es justamente la caridad, ante el ocaso del hombre, lo que está exigiendo el anuncio renovado de la fe en Jesucristo? ¿Por qué, entonces, ese rechazo, y por parte incluso de no pocos que siguen llamándose cristianos? Responde el propio Jesús, en su conversación con Nicodemo: El juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz. No es intrascendente, ni mucho menos, lo que añade a continuación: porque sus obras eran malas.

El reto de la fe está claro: recuperar al hombre en su misma humanidad, en su inteligencia y voluntad, sacarlo de las tinieblas de un mundo sin sentido. Esto sólo es obra de Jesucristo, el Camino, la Verdad y la Vida. Si así no fuera, decir que es un hombre maravilloso, o un gran profeta, resulta una completa burla a la memoria y a la inteligencia, con las lógicas consecuencias en el comportamiento de la voluntad. Si Cristo, que llega hasta la osadía de afirmar: Sin mí no podéis hacer nada, no es en verdad lo que dice ser, el Hijo de Dios hecho hombre en el seno de María, muerto por nuestros pecados, resucitado como primicia de nuestra propia resurrección y vivo y presente en su Iglesia hasta el fin de los tiempos, no puede ser, evidentemente, ningún ser maravilloso, sino un necio mentiroso, o un loco de atar. Al final, alejarse de Cristo y de la Iglesia es alejarse de la razón... y de la vida verdadera.