|
|
La beatificación de Juan XXIII y Pío IX que Juan Pablo II ha querido hacer conjuntamente y precisamente en el Año Jubilar y la Declaración Dominus Iesus, de la Congregación para la Doctrina de la Fe cuya publicación Juan Pablo II ha querido aprobar expresa y precisamente en el Año Jubilar han suscitado un no, por esperado, menos curioso avispero de contestación y de crítica carente del más elemental sentido del discernimiento eclesial. Yo ya comprendo que pedir a algunos discernimiento eclesial es como pedir peras al olmo, pero no me parece que sea demasiado pedirles, al menos, una dosis razonable de sereno sentido común y de sensatez. El Mundo ha escrito: La Iglesia católica es muy libre, pero no es consecuente. Y se saca de la manga unas elucubraciones esas sí que inconsecuentes aludiendo al carácter externo y universal de la Iglesia, y permitiéndose incluso señalarle al Papa lo que debería, según él, haber tenido en cuenta. Como si el Papa no tuviera permanentemente en cuenta el carácter universal de la Iglesia. |
| En estos casos, nunca falta quien, desde su particular Olimpo, dictamina que la tesis del cardenal Ratzinger de que no hay salvación fuera del sistema cristológico parece contradecir la doctrina del Vaticano II. Pues mire usted, no es verdad; en primer lugar, no es una tesis sólo del cardenal Ratzinger, sino de la Iglesia desde que es Iglesia. Y, en segundo lugar, mantener eso parece contradecir la norma básica de cualquiera que escriba en un periódico: informarse correctamente y enterarse bien antes de escribir. En todos los folios de la Declaración no hay una sola palabra que no esté en el Concilio Vaticano II y en todos los anteriores concilios, en el Credo, y en la Tradición viva de la Iglesia. Ni una sola palabra; y, como es natural, ni el cardenal Ratzinger, ni el cardenal Martini, ni ningún otro cardenal ha dicho lo contrario; por más que algunos apresurados hermeneutas por calificarlos benévolamente echen la lengua a paseo con una frivolidad desconcertante. ¿Resentimiento? ¿Irresponsabilidad? ¿Malevolencia? ¿Mera ignorancia culpable? ¿Un poco de todo? Es obvio que todo no da igual. Si todo diera igual, si todo en el mundo de la fe tuviera el mismo valor, nada tendría valor alguno. La realidad es como es, no como algunos quieren que sea. La verdad hace libres a los seres humanos; y, sin verdad, podrá haber componendas, cesiones, paripés, pero no verdadero diálogo ni verdadero ecumenismo. Éste sólo puede partir del reconocimiento de la verdad.
Y generalizar, como han hecho otros, constatando tristeza y miedo entre los teólogos católicos ¿qué teólogos?; ¿cuántos? e indignación y decepción en los ámbitos religiosos ¿qué ámbitos?; ¿cuántos?, es un ejercicio de irresponsable frivolidad y de intolerable falta de profesionalidad. Al día siguiente de la publicación de la Declaración, el propio Juan Pablo II volvió a recordar algo que ya el Concilio Vaticano II dejó sancionado en la Iglesia: La verdad cristiana ha de ser propuesta, nunca impuesta. Salvo El País, que tituló la noticia: Juan Pablo II suaviza el tono del documento del cardenal Ratzinger, los demás, silencio absoluto. Para compensar, El País publicó un artículo titulado Un cristianismo del siglo XXI en el que Raimon Ribera pontifica que el cristianismo deberá renunciar a considerarse la única verdad. Lo dijo Blas, punto redondo.
Gonzalo de Berceo |