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Todas las religiones son buenas decía hace poco un guía jordano a un grupo de peregrinos españoles por las tierras bíblicas; tan monolítica era su convicción, que no dudó en responder con un categórico ¡No! a uno de los peregrinos que se atrevió precisar: Casi todas tienen cosas buenas, pero no todas son iguales; unas son mejores y otras lo son menos.
Hoy día hace falta un cierto valor para decir en voz alta algo tan elemental de la fe cristiana como que Jesucristo es la revelación completa de Dios y el único salvador de los hombres, y que la Iglesia por Él fundada y enviada al mundo, la Iglesia católica, es la única que comunica con plenitud y certeza la salvación de Cristo. Esto es lo que recuerda la Declaración Dominus Iesus. Son éstas afirmaciones centrales del Credo que no necesitan ser definidas de nuevo con un acto de magisterio infalible del Papa o de un Concilio, simplemente porque ya pertenecen a la fe indefectible de la Iglesia expresada como tal en el pasado de muchos modos. Lo que hace ahora la Congregación con el refrendo expreso del Papa, que ha mandado publicar la Declaración a ciencia cierta y con su autoridad apostólica, es sólo recordar de nuevo la doctrina de la fe católica en estos puntos tan importantes. Si alguien no aceptara estas cosas, no podría llamarse católico, no tanto por no hacer caso a esta Declaración de la Congregación cuanto por hallarse en discrepancia fundamental y grave con la fe católica de la Iglesia de siempre. ¿Y por qué es necesario recordar de nuevo cosas tan elementales? Hay un motivo cultural general que nos afecta a todos los que vivimos en el ámbito de la llamada cultura occidental, de Jordania a España y de América al Japón. Y hay también un motivo teológico especial suscitado por el diálogo interreligioso, que la Iglesia lleva a cabo en el contexto del mencionado marco cultural. |
| RELATIVISMO
La cultura occidental de nuestros días tiene, no cabe duda, sus dogmas presuntamente racionales; tal vez el más importante de ellos es que no hay ni dogmas religiosos, ni siquiera algo así como una verdad válida siempre y para todos. Cada cultura, cada pueblo, cada época, cada grupo, cada persona, tendría sus verdades propias, y lo único importante sería establecer entre ellas el respeto, la tolerancia y el diálogo. En este contexto, que hay que calificar de relativista, pues mantiene que las verdades son sólo relativas, se tiene por impresentable o por fundamentalista que alguien afirme conocer o creer una verdad universal. Quienes se atreven a ello son estigmatizados como no dialogantes o como peligrosos para la convivencia social en libertad y democracia. Los cristianos debemos estar dispuestos a sufrir estas descalificaciones y a soportar estas difamaciones, porque nosotros creemos que Jesucristo es la verdad plena y universal de Dios y la salvación para todos los pueblos, y por eso podemos y debemos decir que Él tiene un valor singular y único, sólo de Él propio, exclusivo, universal y absoluto. No podemos abdicar de nuestra fe. Pero es falso que esta postura sea, de por sí, fundamentalista o no dialogante. Al contrario, el diálogo verdadero sólo es posible si se dan, al menos, dos condiciones: la confianza en una verdad universal y el respeto a la dignidad humana de cada interlocutor. Quien no confía más que en la verdad particular suya o de su grupo, o de su tiempo, ¿cómo podrá dialogar sinceramente con otras personas, otros grupos u otros tiempos? Quien dialoga no cínicamente, sino buscando y compartiendo la verdad, ha de suponer que hay una verdad común a todos los hombres que nos permite entendernos unos a otros, aunque seamos muy diversos. ¿Qué sentido tendría un diálogo carente de esa especie de lenguaje común procedente de la única verdad? Sería un diálogo de sordos, un mero deporte o, lo que es peor, una distracción muy aprovechable para quienes tratan de ahogar la verdad con el engaño o la pura fuerza. A quien se le roba la confianza en la verdad, se le acaba quitando también la bondad y la libertad. El diálogo que desplaza a la verdad se convierte en ideología peligrosa. Eso sí, la confianza en la verdad exige el respeto a la conciencia de los demás, a la dignidad personal inalienable de todo hombre, dignidad que nadie pierde aunque estuviera equivocado en todo o en parte. Ahí radica la paridad de los interlocutores, que hace posible el diálogo: no en que todos tengamos las mismas razones, sino en que todos somos dignos del mismo respeto en virtud de nuestra común condición humana. EL MEJOR SERVICIO
La Iglesia ha dialogado siempre con los hombres religiosos y con las religiones de los pueblos. No hay más que recordar a los Padres de la Iglesia, a los grandes teólogos medievales y a la misionología más reciente. En estos últimos años algunos teólogos cristianos, incluso católicos, han planteado teorías o hipótesis que resultan más deudoras del relativismo actual que inspiradas por la fe en Jesucristo. Son lo que se suele llamar teologías del pluralismo religioso. Con distintas variantes vienen a decir que un hombre, Jesús de Nazaret, no puede agotar la verdad de Dios. Piensan que ésta es una verdad que trasciende a todas las religiones, también a la cristiana, y que, por tanto, ninguna religión puede aspirar a ofrecer la salvación a todos, sino que todas son complementarias y cada una vale para los suyos. Los más moderados hablan de que el Verbo eterno o el Espíritu Santo actúan en las religiones no cristianas más allá e independientemente del hombre Jesús de Nazaret. Estas teorías contradicen la Palabra del Señor: Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes..., porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que debamos salvarnos. La Declaración Dominus Iesus nos anima, en medio del relativismo dominante, a amar nuestra fe en Jesucristo y en su Iglesia y a dar testimonio de ella. No hemos de dejarnos intimidar por las amenazas y las difamaciones. El anuncio de Jesucristo, con obras y palabras, como el Camino, la Verdad y la Vida, es el mejor servicio que podemos prestar a una Humanidad en tantos aspectos desorientada y hambrienta de sentido. Pero ese anuncio ha de ir acompañado necesariamente de la humildad. Porque la verdad no es posesión nuestra, es regalo de Dios. Nadie es dueño de la verdad, ni siquiera la Iglesia, que la recibe de su Señor, a quien permanece siempre fiel sólo por obra del Espíritu Santo. Cuando la Iglesia se esfuerza en ser fiel a la misión recibida y anuncia sin miedo a Jesucristo, es posible que sea mal entendida por algunos como orgullosa y arrogante que se atribuye a sí misma la verdad. No hemos de dar pábulo a ese malentendido. La Iglesia es una humilde criatura de la Palabra, como María, esclava del Señor. Cada uno de los católicos hemos de mostrar, con la humildad, que andamos en la verdad. No somos más que nadie: sólo hemos recibido más que algunos, y por eso mayor es nuestra responsabilidad. El Papa es hoy uno de los mejores ejemplos a este respecto: no calla la verdad ni desconfía de ella, pero anda los caminos del mundo en diálogo humilde y cercano con todos, cristianos o no. Eso es coherencia. Juan A. Martínez Camino, S. J. |