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Se reestrenó en Santander El cementerio de automóviles; es de esperar que llegue luego a otros escenarios españoles. Su autor es un dramaturgo español, ya universal, que de enfant terrible ha pasado, por sus méritos, a ser un joven clásico en vida. Y sustenta don Fernando Arrabal (declaraciones a don Pedro Manuel Villora, ABC, 22-VIII-2000) dos tesis dignas de atención: Es curioso que el siglo XXI se acerque a la espiritualidad
Hoy tengo la impresión de que el amor, la caridad, la bondad imperan o quieren imperar o tratan de imperar. Y: Yo no me reconozco como genio. Es un error que se me adorne así. Yo quisiera ser santo. Ése es mi deseo mayor. Son, seguramente, un pronóstico y un deseo que apoyan con vehemencia sus muchos lectores y espectadores.
En marzo de 1999 salieron de una imprenta en la ciudad de Cuneo, en el Piamonte, los primeros ejemplares de un libro editado por Il Saggiatore, cuyo título en italiano puede fielmente ser traducido así: Entre la fe y la ciencia. Su autor, el profesor Antonino Zichichi, ha investigado a fondo sobre las estructuras y las fuerzas fundamentales de la naturaleza. Catedrático de Física Superior en la Universidad de Bolonia, esa hermosa ciudad que el cardenal Albornoz enriqueció con el espléndido Colegio de San Clemente de los Españoles, preside la Federación Mundial de Científicos (WSF) y ha presidido antes centros italianos y europeos de alta investigación, así como el Comité de la OTAN para el Desarme. El volumen del que hablo es admirable por su reivindicación de la obra de Galileo Galilei, pero, sobre todo, por el clarísimo análisis de las relaciones entre la fe y la ciencia que, en palabras de Juan Pablo II, son, ambas, dones de Dios. Y es profundamente humana la historia de su amistad con Sandro Pertini, aquel simpático Presidente ateo que Italia mucho amó y de quien el Papa dijo, sin embargo, que tenía la fe en los ojos. Lo único sorprendente de este libro es que, año y medio después de su edición italiana, no parezca existir una buena edición española. |
| Después del fracaso (relativo) de la larga negociación en Camp David entre palestinos e israelíes, quizá lo más inteligente lo ha escrito un periodista israelí que se llama Abraham Rabinovich, nada menos. Su artículo (International Herald Tribune, 31-VII-2000) se titula: La Verdad sobre Jerusalén: es en parte Santa, pero no en su mayor parte. Los datos que ofrece son rotundos: la Jerusalén actual es más de cien veces mayor que la vieja ciudad: de las 7.300 hectáreas anexionadas por Israel a la ciudad después de ganar la Guerra de los Seis Días, menos de la décima parte venían de la antigua ciudad jordana: más de las nueva décimas partes procedían de 28 pueblos árabes sitos entre Belén y Ramala. Y la conclusión de este periodista y ex soldado judío es rotunda: No habrá paz duradera a menos que el mundo musulmán sienta que desempeña un papel de propietario en Jerusalén, e interesa a Israel que los palestinos puedan declararla como su capital. Parece que Barak lo entendió; no sus fundamentalistas. Todo lo cual no debe llevar al olvido de que, sin reclamarla como nuestra capital, los cristianos también tenemos algo que decir sobre el futuro de esa ciudad. Entre ellos, y en primer lugar, los católicos: dos millones de jóvenes soportaron un calor propio del peor ferragosto para afirmar en Roma una fe que viene, exactamente, de Jerusalén.
Cuando tantos se empeñan en destruir a sangre y fuego (matan a inocentes, incendian autobuses ) la idea de España, es provechoso leer en calma libros que la explican. Es el caso de España. La evolución de la identidad nacional (Temas de Hoy, 2000), de don Juan Pablo Fusi Aizpurúa, catedrático de la Universidad Complutense y ex director de la Biblioteca Nacional. No es un libro complaciente; todos los conflictos de una Historia que fue pródiga en ellos dejaron alguna huella en sus páginas. Pero, al final, este donostiarra que se formó en Oxford y enseñó en el País Vasco nos asegura que, aunque problemática y mal vertebrada como muchas naciones España era desde principios del siglo XVI una nación. Y no es otra la conclusión que se deduce de la Historia del conservadurismo español, de la misma editorial y año. También catedrático, además de académico, Carlos Seco Serrano describe la que llama una línea política integradora en el siglo XIX: Jovellanos, Martínez de la Rosa, Narváez y Cánovas del Castillo son las cuatro figuras en las que se concentra este análisis, servido por un estilo fácil y atrayente. Existe España. Y los nuevos bárbaros no predominarán. Carlos Robles Piquer |