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Cuando pensamos hoy en ese atractivo período de la historia de la música que es el barroco, el primer nombre que se nos viene a la cabeza es el de Bach. Esto es particularmente cierto en este año 2000 en que se cumplen 250 años de la muerte del compositor. Como es habitual, festivales y conciertos, exposiciones, documentales de televisión y artículos de prensa nos presentan al protagonista desde múltiples puntos de vista.
Johann Sebastián Bach (1685-1750) es una personalidad singular. La figura más representativa de su época, es también la que menos sigue las tendencias de su tiempo y la trayectoria de la mayoría de sus contemporáneos. Ya en vida se le consideraba como un músico tal vez demasiado profundo y poco accesible para el gran público. Al mismo tiempo, muchos documentos de la época testimonian la admiración de sus colegas por este hombre que prefirió sacrificar la gloria de un empleo en alguna de las cortes alemanas por el modesto trabajo de compositor de la iglesia de Santo Tomás de Leipzig. La modestia de Bach es uno de los rasgos de su personalidad que más le definen. Al observador actual le llama en seguida la atención que un artista tan grande tuviera una percepción tan humilde de su trabajo. En sus cartas y en comentarios de sus discípulos se repite este dato. A un alumno, anonadado por la facilidad de su maestro para tocar y componer, contesta Bach: Lo que hago es resultado de mi trabajo. Basta que tú te apliques como yo para que llegues a hacer lo que yo hago. Cualquiera puede llegar. Pero lo cierto es que no hay en la historia de la música un compositor tan prolífico y cuya obra presente un nivel tan uniformemente alto de genialidad. |
| Desde luego, este breve recuerdo de su figura no pretende hacer un análisis en profundidad de la personalidad de Bach, sino recuperar dos aspectos esenciales para comprender al autor y que son frecuentemente olvidados. Dos aspectos desde los que abordar su personalidad y desde los que escuchar su música.
CREAR DESDE LA TRADICION En primer lugar, la capacidad creativa de Bach nace de su vasto y profundo conocimiento de la tradición musical europea. Desde sus años de formación, Bach estudia a los maestros del pasado. Ese trabajo le acompañará durante toda su vida y es paralelo al proceso creativo de sus propias composiciones. Al mismo tiempo, Bach llegó a tener un conocimiento amplísimo de los tipos y estilos de composición de su época, en particular del trabajo de sus más importantes contemporáneos Vivaldi, por citar el ejemplo más conocido. El análisis de las obras maestras de autores del pasado y del presente es también la base de su método de enseñanza de la composición. Sus discípulos recuerdan y atestiguan la insistencia del maestro en la necesidad de conocer en profundidad los grandes modelos de la tradición para llegar a crear algo bello. No se trata, de ningún modo, de un proceso de copia o imitación. Bach estudia las obras de otros autores como medio para conocer las posibilidades del arte de la composición: descubre formas nuevas de plantear sus propias ideas, obtiene estímulo para desarrollar su estilo y su personal discurso. Es decir, enriquece su experiencia como creador partiendo de la experiencia de otros. Su figura se aleja así de la imagen del genio que crea desde cero su propio lenguaje, una imagen muy querida por la crítica artística desde hace un siglo, empeñada en presentar al hombre como único artífice de su humanidad. LA OBRA DE BACH, OBRA DE OTRO Toda la obra de Bach es explícitamente religiosa. Bach es un hombre sencillamente fiel a su experiencia religiosa. Su familiaridad con el Misterio es asombrosa. Vive todos los acontecimientos de su vida su matrimonio con sus dos esposas, la muerte de la primera de ellas, el nacimiento y cuidado de sus más de veinte hijos, sus logros profesionales como ocasión de experimentar la cercanía de Dios. Incluso, su segunda esposa recordará cómo el maestro compuso entre lágrimas cierto pasaje de la Pasión según San Mateo en que se narra la muerte de Cristo en la cruz, conmovido por el significado de aquello que su música relataba. Sólo esta conciencia puede explicar razonablemente su modestia, a la que aludíamos arriba. Bach entrega su vida para que Cristo se haga presente. En lo más banal, si se quiere, este entregar la vida por Cristo conlleva sacrificar un jugoso empleo en alguna corte a cambio de poder escribir música religiosa en Leipzig. El resultado de este abandonarse al Creador es una paz, una sencilla afabilidad al afrontar la vida y el trabajo que se deja notar en todas las obras de nuestro autor. Impregna de alegría toda la música instrumental compuesta en los años de juventud los Conciertos de Brandemburgo o las Suites orquestales, por ejemplo, como llena de una contundente entereza sus obras religiosas de madurez entre las que recomendamos las Pasiones y las Cantatas y Motetes. Después de 250 años, la música de Bach sigue siendo la voz del Misterio en la Historia. La mejor manera de recordar a Bach es escuchar su música recordando su lema, el texto de su salmo favorito: A Tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.
Julio Alonso |