Situándonos a otro nivel, cabe señalar que mañana viernes se estrenan, entre otros, dos títulos en los que detenemos nuestra atención. Uno es un delicioso film, francés hasta la médula, que protagonizan esos inigualables Juliette Binoche y Daniel Auteil, así como Emir Kusturika, un famoso director convertido en actor para la ocasión. Dirigida por Patrice Leconte, se llama La viuda de Saint-Pierre y cuenta la historia de un hombre que, en el siglo XIX, es condenado a muerte en una remota isla cercana a Terranova. La ejecución se demora mientras llegan de París la guillotina y el verdugo. Durante ese tiempo, el condenado da tantas muestras de bondad, que ni el oficial responsable ni el pueblo entero están ya dispuestos a ejecutar la sentencia, pero... la guillotina llega y hay que hacer cumplir la legalidad. El drama trata del límite de la ley, de la pena de muerte, del valor de la persona, y todo ello envuelto en una historia de amor férrea y conmovedora, en las antípodas de lo que el cine actual suele entender por amor.
La otra que se estrena es la comedia Más que amigos que narra el conflicto de un sacerdote católico y un rabino que se enamoran de una amiga común. El joven actor Edward Norton dirige, produce y protagoniza esta comedia simpática pero ridícula, cuyo título inglés es Manteniendo la fe. Es simpática porque es muy americana: optimista, ingenua, sentimental y abocada a un previsible happy end. Pero es ridícula porque se interna en un mundo el del sacedocio católico y judío que es tratado y descrito de forma puerilmente irreal e inverosímil. El film aborda ese tema repetido hasta la saciedad en el cine hollywoodiense: la conquista de la propia madurez. Conquista siempre tratada de forma individualista y basada en la autonomía de la libertad. En este caso, la madurez se plantea en relación con la fe, especialmente la católica, la cual es presentada como una intuición difusa que no tiene nada que ver con Cristo, y que es una opción basada en la pura abstracción. De esa superficialidad se resiente también el enfoque que se hace del celibato que, aunque salvado por el film, tiene muy poco que ver con el celibato católico. A pesar de su ternura, Más que amigos produce inevitablemente la sensación de haber visto una dulce estupidez, afortunadamente muy alejada de la estupidez nada dulce de El Pájaro Espino.
|