RetrocesoA&ONº 225/14-IX-2000SumarioDesde la feContinuar
Cine
El hastío del estío
Éste es un fácil juego de palabras, que en nuestro caso responde a la realidad cinematográfica estival. Sin embargo, tal hastío provocado por la avalancha de películas de escaso ingrediente neuronal, al estilo de Misión imposible 2, o La tormenta perfecta, no ha impedido el paso de algunos chubascos que han aliviado (y alivian) el sofocante anticiclón hollywoodiense. Septiembre también llega con veinte de cal y una de arena. Rescatamos en Alfa y Omega alguno de estos oasis de buen cine
En primer lugar, nos encontramos con la resistencia heróica en cartel de dos magníficas películas de autor que indagan en el mismo tema, pero con diversas perspectivas: ¿qué ocurre cuando una persona comete adulterio y su conciencia le pone frente a la verdad de su error y de su drama? Dos gigantescos cineastas se ponen frente a esta cuestión moral: Ingmar Bergman y Manoel de Oliveira. El primero es el guionista de Encuentros privados, dirigida por Liv Ullman. El director portugués dirige La carta, Premio del Jurado del Festival de Cannes. En la primera, la mujer adúltera (Pernilla August) se confronta con un pastor protestante, poniendo de manifiesto la nostálgica soledad última de la confesión luterana por su ausencia de sacramentalidad; en La carta, la mujer pecadora (Chiara Mastroianni) busca el consejo de una monja católica contemplativa, y acaba reconstruyendo su vida en una comunidad misionera de África. Realmente en ninguna de las dos películas se aprecia un auténtico discurso religioso por parte de los confidentes, a pesar de su condición clerical. Y, aunque ambos films son leales con el hecho irrefutable de la conciencia moral, se evidencia que su inmanentismo conduce a la soledad voluntarista de sendas mujeres. El tono de la película portuguesa es, probablemente por su humus católico —aunque algo jansenista—, mucho más positivo que el de la sueca, que transparenta esa melancolía protestante tantas veces visualizada por Bergman y Dreyer. La puesta en escena de estas obras es exquisita, con un ritmo lento, que nos empapa paulatinamente del drama, y con unas interpretaciones que dicen tanto de los actores como de los maestros que los han forjado.
Situándonos a otro nivel, cabe señalar que mañana viernes se estrenan, entre otros, dos títulos en los que detenemos nuestra atención. Uno es un delicioso film, francés hasta la médula, que protagonizan esos inigualables Juliette Binoche y Daniel Auteil, así como Emir Kusturika, un famoso director convertido en actor para la ocasión. Dirigida por Patrice Leconte, se llama La viuda de Saint-Pierre y cuenta la historia de un hombre que, en el siglo XIX, es condenado a muerte en una remota isla cercana a Terranova. La ejecución se demora mientras llegan de París la guillotina y el verdugo. Durante ese tiempo, el condenado da tantas muestras de bondad, que ni el oficial responsable ni el pueblo entero están ya dispuestos a ejecutar la sentencia, pero... la guillotina llega y hay que hacer cumplir la legalidad. El drama trata del límite de la ley, de la pena de muerte, del valor de la persona, y todo ello envuelto en una historia de amor férrea y conmovedora, en las antípodas de lo que el cine actual suele entender por amor.

La otra que se estrena es la comedia Más que amigos que narra el conflicto de un sacerdote católico y un rabino que se enamoran de una amiga común. El joven actor Edward Norton dirige, produce y protagoniza esta comedia simpática pero ridícula, cuyo título inglés es Manteniendo la fe. Es simpática porque es muy americana: optimista, ingenua, sentimental y abocada a un previsible happy end. Pero es ridícula porque se interna en un mundo —el del sacedocio católico y judío— que es tratado y descrito de forma puerilmente irreal e inverosímil. El film aborda ese tema repetido hasta la saciedad en el cine hollywoodiense: la conquista de la propia madurez. Conquista siempre tratada de forma individualista y basada en la autonomía de la libertad. En este caso, la madurez se plantea en relación con la fe, especialmente la católica, la cual es presentada como una intuición difusa que no tiene nada que ver con Cristo, y que es una opción basada en la pura abstracción. De esa superficialidad se resiente también el enfoque que se hace del celibato que, aunque salvado por el film, tiene muy poco que ver con el celibato católico. A pesar de su ternura, Más que amigos produce inevitablemente la sensación de haber visto una dulce estupidez, afortunadamente muy alejada de la estupidez nada dulce de El Pájaro Espino.

Juan Orellana