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Todo hombre busca salvar su vida. A la fuerza del instinto de conservación añade el hombre el apetito de ser, de poseer, de triunfar en el mundo logrando un nombre, un puesto relevante, una gloria que le encumbra por encima de los demás. ¡Y cuántas veces, por lograrlo, es capaz de vender su alma al diablo!
La tentación de la propia glorificación acosó también a Cristo desde el inicio al final de su vida. Lo tenía muy fácil: era el Hijo de Dios, como le recuerda el diablo en el monte de las tentaciones. Y al Hijo de Dios le corresponde la gloria, el honor y el poder. Esta tentación le acecha de nuevo, en Cesarea de Filipo; le viene de la mano de Pedro, que acaba de reconocerle como Mesías. La rapidez con que Jesús explica con toda valentía no sólo claridad, como traduce la versión litúrgica en qué consiste ser el Mesías, revela que la confesión de Pedro necesitaba explicación. Jesús aclara en qué sentido es el Mesías y anuncia por primera vez el drama de su Pasión; se presenta, pues, como un Mesías que nada tiene que ver con las ideas de los hombres de entonces y de ahora, que concuerdan poco con los planes de Dios. La reacción de Pedro no se hace esperar: le increpa y le recrimina. Pedro sugiere a Jesús salvar su vida. Y Jesús le rechaza como si se tratara del mismo Satanás. Dice el texto que la reprensión a Pedro se hizo de cara a los discípulos. Pedro no era una excepción en la comprensión del mesianismo fácil, de corte político, reducido a meras expectativas humanas. Tampoco Pedro fue excepción en el deseo de salvar la vida cuando llegó la hora de la Pasión, pues todos los apóstoles huyeron dejando solo al Maestro. Jesús, vuelto a los discípulos, habla en realidad a la Iglesia el conjunto de la multitud con sus discípulos proclamando abiertamente las exigencia de su seguimiento. Y lo hace desde su misma experiencia de prueba y tentación, es decir, hecho solidario con el hombre probado y tentado de gloria y de poder. Por eso, las últimas palabras de Cristo no poseen retórica, ni adulan, ni encubren la verdad: son luz y sabiduría divinas. Jesús propone el camino para salvarse de sí mismo y del engaño que todo hombre porta consigo cuando piensa que la salvación está en asegurarse su vida al margen de la voluntad de Dios. Por eso, Jesús exige en la libertad del seguimiento negarse, cargar con la cruz e ir en pos de Él. En realidad, Jesús se propone a sí mismo, y su itinerario pascual, pues sólo en Él puede el hombre morir realmente a sí mismo y salvar su vida entregándola por Él y por el Evangelio. + César Franco |