RetrocesoA&ONº 225/14-IX-2000SumarioTestimonioContinuar
"Había que salvar una vida humana"
Soy profesora de Ciencias Naturales. Quiero compartir con vosotros una experiencia que tuve hace unos años. Dentro del Programa de mi asignatura, en Enseñanzas medias, tengo que explicar la reproducción humana. No puedo olvidar la consigna del Papa, que tanto nos insiste en propagar y difundir la cultura de la vida, la civilización del amor, frente a la cultura y civilización de la muerte. Al explicar esta parte de la Fisiología humana, intento dejar claro a mis alumnos que el aborto es un atentado contra la vida de una persona totalmente indefensa e inocente.

En una de las clases donde hablé de esto (Segundo de FP), al acabar, las chicas protestaban. No querían admitir lo que dice la Medicina. Se negaban a aceptar que había vida humana en los primeros meses. Me parecía que toda la clase opinaba igual, que no habían servido de nada mis esfuerzos por hacerles comprender. Salí decepcionada y contrariada por estos jóvenes que hacían oídos sordos a la evidencia.

Pasados unos meses, una alumna de ese grupo dejó de venir a clase. Al preguntar a sus compañeros el motivo, me dijeron que estaba enferma. No di más importancia al asunto, pero a los quince días, al acabar las clases, vino a verme. Quería hablar conmigo. Me extrañó, pues yo no era la tutora de ese grupo.

Nada más quedarnos a solas, empezó a llorar. Traté de tranquilizarla, dejando que se desahogase y ayudándola a que me contase lo que la preocupaba. Poco a poco, entre sollozos, fue contando: Estaba embarazada. Todos los que la rodeaban: padres, hermanos, amigos, novio, la familia de éste, todos querían que abortara. Ya habían pedido cita en una clínica abortista de Barcelona. Ella me decía: Yo no quiero hacerlo, pero me están confundiendo las ideas. No tengo argumentos para rebatirles a todos. Sé que usted puede ayudarme a afianzarme en mis ideas, porque usted lo tiene claro y yo lo vi cuando usted nos habló en clase.

Os podéis imaginar mi emoción y alegría al oírla: ¡Aquella clase…! Pedí luz al Espíritu Santo interiormente. Tenía que hablar Él por mí. Había que salvar a una vida humana en peligro... Claro que la consolé, la alenté a tener el niño que ella quería tener y tenía en sus entrañas. Claro que había soluciones. Si no se querían casar, porque eran muy jóvenes, no importaba. Lo importante era el niño. Si no lo podía educar o mantener, había medios para darlo en adopción. Y si la familia se oponía, también había instituciones donde la atenderían a ella y al niño… A ella se le iluminaban los ojos, se empezaba a esbozar una sonrisa en su rostro… ¡Podía tener a su hijo! Sus ideas se iban aclarando. Quería tener a su hijo y ya nadie lo impediría. Yo le insistía: Si te dicen tal… Pero ella ya estaba segura: Sí, Isabel, ya lo tengo claro. Ya no me van a confundir más. Además, sé que tú me vas a ayudar.

Se marchó. Seguí de cerca lo que le iba pasando. La llamaba a menudo. Pero ya no hizo falta aclararle más las ideas. Yo rezaba, con muchísima fe, pidiendo al Señor que la iluminase y fortaleciese… Y tuvo a su hijo. Un niño precioso. Fui a visitarla, claro… No sabía muy bien qué me diría su madre. Recuerdo que iba con miedo. Pero aún me esperaba otra alegría inmensa: Su madre, al verme, empezó a llorar y a agradecerme que hubiera estado al lado de su hija en aquel momento en que a todos se les oscureció el camino a seguir. Aún recuerdo, llena de emoción, cuando el niño cumplió dos años, cómo su madre me decía, llorando: ¡Cómo podremos pagarle lo que hizo…! ¡Cuando pienso que este niño, al que quiero con locura, no viviría si no fuese por usted…!

Estoy bien pagada con la alegría inmensa de haber cumplido con mi deber de cristiana, desde mi profesión de educadora. Saqué una gran lección. Nunca más me he dejado llevar por las primeras impresiones ante las reacciones de los alumnos por lo que explico. Sé que tengo que decir la verdad. Da igual cómo reaccionen, siempre queda algo. Yo tengo que sembrar, sembrar… Dios sabrá cuándo y quién recogerá los frutos. Eso no me importa.

Isabel Santos
Publicado en la revista Hogar de la Madre