RetrocesoA&ONº 226/21-IX-2000SumarioAqui y ahoraContinuar
Ver oír... y contarlo
...y espero que no sea tarde
Aún no sé, y espero que no sea tarde, si recurrir a René Girard, con su estudio sobre la violencia en la sociedad, o al Génesis. Me quedo con el principio, con los orígenes, con la imagen de una serpiente que se enrosca entre los pilares de una sociedad para tapar la voz de la elocuencia transitoria, al fin y al cabo, la palabra del hombre que quiere vivir en Paz. Génesis, Serpiente, Apocalipsis, conceptos que se concatenan en la funesta secuencia de una violencia radical. De entre la seis claves semanales de José María Izquierdo, del pasado domingo, en El País, me quedo con la titulada El tiro en la boca: El tiro pretende matar, y cuando es en la boca, pretende acallar. Eso quiere ETA: el silencio de los muertos. ¿Pero qué respuestas requiere el salvajismo? Asombran y encogen el ánimo los detalles en torno al atentado a José Ramón Recalde y la reacción del herido y de su esposa. Si el ex consejero de Justicia y Educación, con el lehendakari José Antonio Ardanza, dio una lección de entereza y valentía —ésta sí, y no la de la joven gudari que disparó a sangre fría a un catedrático de Teoría y Sistemas Jurídicos de 68 años sin más escolta que la de su mujer—, no hay por menos que tener un recuerdo de admiración hacia María Teresa Castells. Nadie puede explicarse cómo aguanta esta mujer a pie firme tanta ignominia y tanta afrenta moral.

¿Por qué la lucha entre la serpiente y el lobo negro? La esperanza de una operación, judicial y policial, no se puede trastocar en una ingenua euforia de batallas pírricas. No sobran las palabras que invierten en el futuro, como las del director del diario ABC, José Antonio Zarzalejos, en la edición del sábado 16 del presente mes: En el País Vasco, antes pronto que tarde, la catarsis llegará y se llevará democráticamente por delante a los asesinos, a sus cómplices, a los tibios, a los cobardes y a esos frustrados que se han parapetado en las tumbas de las víctimas para esquivar su fracaso personal y político, y que quieren que su ruina moral sea la de toda la sociedad vasca. Porque tan necesario es que los terroristas sean detenidos como que los que comulgan con sus fines, aunque se digan demócratas, caigan en el mayor de los desprecios sociales y políticos. Y, con sufrimiento y dificultades pero con seguridad, hacia esa gran catarsis nos vamos acercando.

No importa si el ritmo es rápido o es lento. Lo que sí importa es que descubramos que la serpiente, que se arrastra en el deseo de su espiral, era la forma corpórea del demonio, del mal, una máscara de inmundicia. Ya nos gustaría conocer qué máscara se pone el portavoz del PNV en el Congreso, Iñaki Anasagati, cuando, como recoje la edición del pasado sábado de ABC, declara al periódico mejicano La Jornada que lo peor que pudiera hacer el futuro Gobierno de Méjico es empezar a romper con una tradición de asilo, sin contrastar la información y sin conocer de verdad lo que está ocurriendo en el País Vasco.

El buen olfato periodístico del arzobispo de Mérida-Badajoz, monseñor Antonio Montero, nos ofrece una magistral página de, la que pudiéramos denominar, su peculiar teología pastoral de la actualidad, en su publicación diocesana Iglesia en camino. Su título, Dios cree en los hombres. Y dice: El crimen de Caín, la corrupción anterior al Diluvio, las inundaciones de Sodoma y de Gomorra, todo aquello era emblemático de un planeta empapado de sangre, siglo tras siglo, que ha conocido en nuestro tiempo holocaustos sin precedentes, y que registra ahora mismo entre nosotros el bochorno de las esposas degolladas y el espanto del terrorismo etarra. ¿Somos así de malos? Ejemplos no faltan, desde luego, para darle la razón a Rousseau en que "el hombre es un lobo para el hombre". ¿A qué buscar más ejemplos, si el propio Nicodemo, dos años más tarde de aquella conversación, pudo comprobar con toda Jerusalén, con sus dominadores romanos y con los peregrinos pascuales de la Diáspora, cómo el Mesías de Dios era condenado, clavado y muerto en la cruz, a manos de aquellos mismos que habían escuchado su Evangelio y a los que también redimía con su sangre? Entonces, ¿por qué se sigue fiando Dios de nosotros? ¿Por qué ha creído, cree y seguirá creyendo en una especie zoológica tan extraña? (...) Digamos, pues, que Dios cree en el hombre, porque éste forma parte de su casa y familia aun antes del tránsito definitivo a su Reino. ¿Cómo no va a creer en nosotros, si tenemos tanto y tan suyo? Dios practica desde siempre su confianza en el hombre, perdonándonolo setenta veces siete si es que no juega con su gracia, asistiéndole con su Espíritu y con la mediación de su Iglesia, en su incesante escalada hacia el bien.

Dios confía en el hombre. Incluso cuando el hombre contemporáneo, el que según Juan Pablo Fusi, en ABC del miércoles 13 de septiembre, no acepta verdades absolutas, se empeñe en confiar en las fuerzas de su oscurecida razón. Cesáreo de Arlés lo dejó escrito en su Comentario al Apocalipsis: No es poco apropiado entender por el desierto este mundo en el que Cristo hasta el final gobierna y apacienta a la Iglesia. Es en él que la misma Iglesia pisotea y aplasta, como a escorpiones y a víboras, a los orgullosos y a los impíos y a todo el poderío de Satanás con la ayuda de Cristo.

José Francisco Serrano
pserrano@planalfa.es