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Es casi constante, en nuestra sociedad, la queja de que casi siempre las noticias del periódico, de la radio y del telediario tienen como ingrediente principal la violencia. La misma queja también suele manifestarse respecto a la mayoría de las escenas de películas o telefilms. Pero debemos preguntarnos, ¿acaso este ingrediente de violencia no lo tiene la vida cotidiana? ¿Nos lo inventamos los periodistas? ¿O, aparte de que haya alguien en algún medio interesado en atizar las brasas, ese fuego devastador prende en la sociedad, y los medios no hacen otra cosa que reflejar sus letales consecuencias? Evidentemente, sería absurdo e injusto afirmar que la inmensa mayoría de los españoles es culpable, por ejemplo, del terrorismo de ETA, por muy frecuentes que sean sus zarpazos o por muchos que sean sus defensores; pero sí que es cierto que la violencia, por desgracia, no sólo se hace presente en los atentados terroristas. Éstos son el rostro macabro de una enfermedad mortal, que, con rostros a menudo aparentemente saludables, sí que afecta, en realidad, a esa inmensa mayoría de nuestra sociedad. |
| Tampoco todos los ciudadanos tienen el rostro desvaído y gastado del drogadicto, pero la enfermedad que a éste corroe no le ha brotado espontáneamente. Le ha sido inoculada por una cultura la que se ha ido imponiendo en el llamado Occidente cristiano desde que la fe se separa de la vida que le niega la única respuesta verdadera a su sed de infinito. Si no existe la felicidad infinita que todo corazón humano desea, si no existe ese Paraíso, ¿qué tiene de extraño pincharse para fabricarse paraísos imaginarios? Un mundo sin horizonte de eternidad, ¿acaso no lleva dentro de sí el germen de la droga y de la violencia?
Esta enfermedad mortal tiene otras muchas, y no menos terribles, consecuencias en los llamados tercero y cuarto mundo: las hambrunas y todo tipo de violencias que asolan y destruyen a pueblos enteros , pero nuestros rostros, aparentemente benévolos, del primer mundo no son ajenos a ese mal que genera violencia tras violencia. Más aún, a menudo están en el origen de esas consecuencias, y si éstas resultan inhumanas, la humanidad de esos rostros benévolos es pura apariencia. Con frecuencia, en el tercero y cuarto mundo se dan numerosos gestos de humanidad que difícilmente encontramos hoy día en nuestros países civilizados. La desaparición de la violencia acaba de escribir en Le Nouvel Observateur Jean Daniel no puede considerarse como una consecuencia feliz de un acuerdo político. La violencia, ciertamente, tiene raíces más hondas: el rechazo de la verdad. Los acuerdos, sin duda, son necesarios, pero más aún lo es que quienes acuerdan sean pacíficos no sólo en apariencia. Si la verdad nos hace libres, su negación, necesariamente, genera violencia. ¿Cómo no va a existir violencia, por ejemplo, en un coche acelerado al máximo mientras se mantiene echado el freno, si nos irrita, sencillamente, hasta una china en el zapato? La verdad no se desnaturaliza impunemente. Ser fieles a la verdad, a la realidad de las cosas, que son como son, no como yo me invente o desee que sean: he ahí el primer paso para desterrar la violencia, que llevará muchas veces a sufrirla no en vano quien se llamó a sí mismo la Verdad murió (y redimió al mundo) en una cruz, pero que pone las cosas en su sitio, y genera libertad y paz verdaderas. |