RetrocesoA&ONº 226/21-IX-2000SumarioDesde la feContinuar
El pequealfa

Las alitas verdes
Hola amigos! ¿Qué tal las vacaciones de verano?

Yo, estupendo. El bosque estaba precioso, lleno de flores y de vida, y mi hermana Primavera y yo no hemos parado de jugar ni un solo momento.

A principios de verano me pasó algo que me dió qué pensar: conocí a un grupo de mariposas jóvenes que volaban juntas. Provenían de algún lugar lejano y todas tenían preciosos dibujos de colores en sus alas, menos una, que lucía unas brillantes y extrañas alitas verdes. Cuando llegaron al bosque, se acercaron hacia mis amigos y yo, que jugábamos cerca de un pequeño riachuelo. Se posaron allí y la mariposa verde se acercó a preguntarme en qué lugar se encontraban. Yo le respondí:

En el bosque, ¿por qué tienes ese color verde en tus alas?

Pero no me contestó. Sin embargo, a raíz de aquel encuentro, comenzamos a hablar, y hablamos tanto, tanto, que se nos hizo de noche sin darnos cuenta, y teníamos que volver a casa. Las mariposas se acurrucaron juntas en un árbol, pero tenían miedo de la oscuridad.

Es la primera vez que nos separamos de nuestras familias, dijeron.

Viéndolas así, les dije que si querían pasar la noche en nuestro árbol, lo que aceptaron, muy agradecidas. De esta manera, nos pusimos a caminar hasta casa.

Cuando llegamos, nos encontramos a mamá muy preocupada.

¿Dónde habíais estado? ¡Es muy tarde!

Cuando se lo explicamos, se tranquilizó, aunque seguía removiendo la cazuela, donde estaba nuestra cena, a una velocidad bastante peligrosa, como si quisiera sacarle brillo al fondo, o algo así.

Al cabo de un rato, llegó mi abuelo de su paseo nocturno, y se llevó un buen susto cuando encontró su saloncito lleno de mariposas. Ellas no tuvieron reparo en contarle su historia: se habían escapado de sus familias porque querían conocer cosas nuevas y vivir aventuras. Mi abuelo se quedó pensativo. Se sentó en su silla favorita y dijo que nos quería contar una historia. Vera y yo nos pusimos contentísimos: las historias del abuelo son fantásticas, siempre sobre vivencias que ha tenido durante su longeva vida.

—Cuando era joven, hice un viaje muy, muy largo. Conocí lugares inimaginables y escuché idiomas de los humanos que hoy ya han desaparecido. Lo que os voy a contar ocurrió hace casi dos mil años, en el lugar donde vivió María, el único humano con el que he hablado en mi vida, y a la que debes tu nombre. Mariano, ¿te acuerdas de aquella historia? Esa mujer tuvo un hijo que se llamó Jesús, y mucha gente, en aquel momento, le seguía. Era Dios, y hablaba de amor entre los hombres de una manera en que nadie lo había hecho antes: yo estaba allí, escuchándole, pero nadie lo sabía (no me podían ver). Quizás sólo Él. Un día, contó una pequeña historia: "Hubo un señor que tenía dos hijos. El más pequeño, un buen día, le pidió a su padre que le diese la parte de la herencia que le correspondía, y sin dar más explicaciones, se fue de casa. Pronto gastó todo el dinero que tenía y se vió a sí mismo solo y arruinado, al servicio de un hombre, cuidando cerdos. En esos momentos de soledad y necesidades, se dió cuenta de lo bien que viviría si no hubiera sido tan cabezota y se hubiera ido de casa. El sufrimiento le hizo regresar lleno de vergüenza ante su padre. Pero éste, en lugar de reñirle, lo que hizo fue ordenar a los sirvientes que le vistieran de la mejor manera y que preparasen un banquete a su salud. El hijo estaba atónito, pero más lo estaba su hermano, que no entendía por qué tenía su padre tantos favores con un hijo que se había marchado de casa. La respuesta del padre fue sencilla: Tu estás siempre conmigo, y lo que es mío, es tuyo. Pero tenía un hijo muerto, y ha vuelto a la vida, esta perdido y ha sido encontrado".

Mi abuelo terminó su historia y se quedó callado, con la mirada perdida. Pero mis nuevas amigas habían enmudecido de repente. Sus rostros reflejaban inquietud, y preferí no decirles nada.

Cuando me levanté a la mañana siguiente, las mariposas ya se habían ido. Sin embargo, pude alcanzar a la mariposa de las bonitas alas verdes, que se disponía a alzarse en vuelo.

¿A dónde vais?

—¡A casa, amigo!

Y se echó a volar. Y cuando ya sólo era una pequeña mancha en el cielo oí:

¡Mis alas son verdes de esperanza: el color del que confía que siempre habrá alguien con los brazos abiertos para acogerte!