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Me sentí fuera de lugar. El cine estaba abarrotado de niños que reían y jaleaban estrepitosamente cada gracia. No digamos cuando se repetía la cancioncilla leit-motiv de la banda sonora: entonces la coreaban memorizando la letra sin esfuerzo. Hasta aquí todo genial, ¿no? El problema es que lo que se proyectaba era la mayor acumulación posible de procacidad por milímetro cuadrado de celuloide.
Los dibujitos animados tan planos ellos, tan ingenuos en su trazado proferían en cada ocasión la expresión más soez, más obscena, más brutal de los repertorios canallas existentes. Las situaciones, para no desentonar, se escoraban, de entre todos los caminos posibles, hacia el más chirriante. Y todo ello, supuestamente, para acabar denunciando la pena de muerte y afirmando la importancia de que los papás quieran y escuchen a sus hijos, sean felices y coman perdices. A las conclusiones me sumo con entusiasmo, incluidas las perdices si se tercia; el resto repugna. La defensa de un valor, ¿justifica que se apisonen otros? ¿O es la protección de valores políticamente correctos la disculpa para montar un lodazal de vulgaridad? Decididamente, la película basada en la serie televisiva South Park no era mi sitio. Cada risa de los pequeñajos desconocidos que me rodeaban entre los que normalmente me siento tan a gusto era una punzada en el corazón. También ellos estaban fuera de lugar sin saberlo. Lo triste es que puedan acostumbrarse y se les atrofien las fibras de la bondad, la verdad y la belleza. Me asusta que nadie les afine las cuerdas del alma para sentir que también ellos allí desentonan. Que ese parque no es el suyo. Que no es apto para pequeños ni para mayores con sensibilidad. Ninfa Watt |