RetrocesoA&ONº 226/21-IX-2000SumarioEl Día del SeñorContinuar
XXV Domingo del tiempo ordinario
Un doble silencio
Por dos veces callan los discípulos ante las palabras de Jesús. Callan ante el anuncio de la Pasión, y callan cuando Jesús les pregunta sobre su conversación por el camino. El primer silencio se debe al miedo, ese sútil enemigo de la verdad al que el hombre se alía cuando teme conocer sus exigencias. No entendieron los discípulos el anuncio de la Pasión, y posiblemente temieron decir algo inconveniente que les acarreara una viva reprensión de Jesús, como le ocurrió a Pedro en el evangelio del domingo pasado. ¿Prefirieron callar para no quedar al descubierto? ¿Temieron que Jesús les pidiera más de lo que estaban dispuestos a dar? O, simplemente, ¿quedaron sobrecogidos de temor ante lo que le esperaba a su Maestro?

Es claro, sin embargo, que sus intereses iban por otro camino: el de quién de ellos sería el mayor en el Reino de Cristo. Sabemos que Santiago y Juan, o su madre, le pidieron sentarse a su derecha e izquierda, y los demás discípulos se enfadaron ante esta pretensión que, secretamente, era la de todos. Y en la Última Cena, Jesús tiene que recordarles de nuevo que el mayor de todos es el que sirve. Para canonizar esta enseñanza, les lava los pies ante el asombro y reproche de Pedro. En el evangelio de hoy, la discusión sobre el mayor y el primero debió alcanzar un tono subido y vergonzante, cuando no se atreven a decir a Jesús de qué hablaban por el camino. Y prefirieron callar.

Jesús, por el contrario, habla con toda claridad. Primero, para anunciar la Pasión, y después, para enseñar el secreto de la grandeza cristiana. Y, para grabar su enseñanza, toma a un niño, lo coloca en medio de los Doce, lo abraza y nos dice que quien acoja a un niño por su causa, le acoje a Él y a Quien le envía. Acoger a un niño es abajarse, descender del pedestal de nuestra importancia para reconocer, en la indefensión y pequeñez de una frágil criatura, el valor de lo que Dios estima en el Reino que establece Jesucristo. Ser grande e importante en la Iglesia, viene a decir Jesús, es ser capaz de acoger lo más pequeño e insignificante y, por causa de Cristo, entregarle todo el amor, dedicación y servicio que Jesús nos enseña con el abrazo a un niño. En esta escena, Jesús nos ha dejado una imagen perfecta de la Iglesia en la que los Doce reciben de Jesús una parábola en acción, que pone en evidencia lo ridículo de sus pretensiones sobre quién es el mayor y la verdad última que se esconde en la Pasión de Cristo: la de abajarse hasta el punto de quedar disponible, y no precisamente para ser abrazado con ternura, en manos de los hombres.

+ César Franco