|
|
Una y otra vez se desata el mal sobre el asfalto. Familias que son destrozadas, personas que son extorsionadas, bienes que son dañados, convivencia que queda fracturada, vidas que estallan por el sumarísimo procedimiento del tiro en la nuca, enemistad de todos contra todos, terrorificación de la vida ciudadana, si es que a tal cosa se le puede llamar vida ciudadana. El mal-eante, el male-ficiador, el mal-igno no cesa. ¿Cuál es su lógica? La carencia de lógica. ¿Cuál es su expectativa? El triunfo de la violencia. ¿Cuál es su proyecto? La consolidación del abatimiento del resto de los proyectos. ¿En qué basa su afirmación? En la negación de todo lo demás. ¿Consiste en eso la lógica del mal? El mal no tiene lógica, pero, si la tuviera, desde luego consistiría en todo eso que estoy tratando de describir (tratando, porque estas cosas son inenarrables y nunca se pueden describir del todo: el mal es inefable, no puede ser dicho).He ahí la violencia, escrita con letras mayúsculas, y como proyecto autosacralizador. Lo que parece increíble se impone, lo que debería ser creído se depone: ¿hasta cuándo? Me gustaría decirle una vez más al mal (ya que el mal no da la cara y no se presenta nunca como el malo, por elusión del sujeto: el mal esconde su rostro) que la verdad es patrimonio de todos y, por eso, no es propiedad de nadie. Que se halla en medio para que, en torno suyo, vivan los que la aman. Que lo que es común se halla en medio, es decir, dista igualmente de todos, y de todos está igualmente cerca. Que la verdad, en última determinación, no es tuya ni mía para que pueda ser tuya y mía. Que, en consecuencia, sólo puede afirmarse pacífica y dialogalmente. |
| Me gustaría decirle, aunque sé que el mal no escucha (el mal no tiene oídos, es sordo de oídos, es ab-surdo), que la suavidad de la luz hiere a los ojos enfermizos: lo que es alegría para otros es dolor para ellos. De la misma forma, el pan de la verdad sabe amargo a los mentirosos; por eso odian a sus mensajeros.
Me gustaría decirle también que las puertas sólo se abren a quienes giran el picaporte, no a quienes dan una patada. Trata a una persona como es y seguirá siendo como es. Trátala como podría ser, y se convertirá en lo que debe ser. A la verdad hay que prepararle el camino, pues sólo con quien amas puedes mostrarte fuerte sin producir en él una reacción de fuerza o de violencia. Me gustaría decirle, aunque sea con un personaje tan desolador y asolante como Eugen Cioran, que ese violentar del violento y de su absurda violencia, además de sordo, es ciego: Un ciego, por una vez verdadero, tendía la mano: en su actitud, en su rigidez, había algo de conmovedor que cortaba la respiración. Transmitía su ceguera (E. Cioran). El dolor victimatorio es ciego, pues hacer sufrir es la única manera de equivocarse. Cuando somos desdichados, herimos. Las heridas del odio son ciegas, los pensamientos, pesares. La violencia es sorda, la violencia es ciega, la violencia no tiene sentidos ni sentido, es un sinsentido. Me gustaría decirle que amargos son los efectos del odio, pues la justicia sin amor te hace duro. La inteligencia sin amor, cruel. La amabilidad sin amor, hipócrita. La fe sin amor, fanático. El deber sin amor te hace malhumorado. La cultura sin amor, distante. El orden sin amor, complicado. La agudeza sin amor, agresivo. El honor sin amor, arrogante. La amistad sin amor, interesado. El poseer sin amor, extraño. La responsabilidad sin amor, implacable. El trabajo sin amor, esclavo. La ambición sin amor, injusto. Los enemigos del amor no muestran auténtico cariño. Conocen la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto, pero no les importa. Hieren a los demás sin razón. Aunque sean superficialmente encantadores, sólo atienden a sus propias necesidades. Actúan cruelmente con los más débiles. No sienten culpa ni remordimiento. Piensan que es mejor ser malo. Creen que lo único incorrecto es ser atrapados. Fomentan la discordia. |
| Y, por fin, me gustaría decirle que a medida que me hago viejo veo cuán necesario es que los que se pretenden superiores den ejemplo y no hagan lo que no permitirían hacer a los demás. El ministro debe morir más rico de buena fama y de benevolencia que de bienes . Recuerden que se trata de un texto ni más ni menos que de Maquiavelo: cuidado con los hipermaquiavelistas más maquiavélicos que el propio Maquiavelo.
¿Cómo, a estas gentes bárbaras que barbarizan cuando llaman bárbaro al otro, recordarles que, cuando son dos a cabalgar en un caballo, uno de ellos tiene que ir detrás, pues tres no caben? ¿Cómo podría yo hacerles ver a estos ciegos y sordos, que en realidad sí hablan, pero que rompen su mudez con la dinamita, hablan con olor de pólvora? ¿Cómo hacerles ver que un conservador sabio y un sabio radical pueden ponerse de acuerdo: sus principios son los mismos, aunque su modo de pensar sea otro? El problema es cuando los candidatos a justicieros no son sabios: entonces hacen de lo pequeño grande, y de lo grande pequeño, empequeñeciendo al país y engrandeciendo sus problemas. ¿Cómo podríamos hablar con quien no oye, no ve, no sabe balbucir otro lenguaje que el de la dinamita ni argüir otro recurso dialéctico que el del terror? Sólo desde una Palabra llena de esperanza, que funda toda palabra y todo silencio y que es anterior a todo discurso, podrá ser posible la paz. Sólo desde esa Palabra. Hoy más que nunca se necesitan místicos, santos y orantes, fes capaces de mover montañas de esperanza y continentes de amor. Es la hora de la metapolítica: es la hora, una vez más, de la esperanza cristiana activa. Pero esa esperanza se alimenta de una cotidianidad diferenciada, que no es la usual. En consecuencia, o nos convertimos, o no habrá salida. Carlos Díaz |