RetrocesoA&ONº 226/21-IX-2000SumarioEn portadaContinuar
¿¡Qué nos pasa!?
Las mil caras de la violencia

Hace un par de meses, el diario brasileño O Dia amanecía con una portada excepcional. Debajo de un inmenso ¡Basta! se podía leer lo siguiente: De violencia. De impunidad. De secuestros. De asesinatos. De balas perdidas. De tiroteos en la madrugada. De armas. De corrupción policial. De muertes. De abusos sexuales. De infancias perdidas. De criarse en la calle. De drogas en las escuelas. De abuso de poder. De desfalcos realizados por hombres de la élite. De fraudes electorales. De discriminación. De explotación en el trabajo infantil. De desempleo. De miseria. De hambre. ¡Basta de injusticias! Llegó el día de vestir de blanco, apagar las luces a las 7.00, encender las velas en las ventanas y pedir la paz. Ésta es la noticia más importante de hoy
En realidad, ya casi nos hemos acostumbrado a ella. La violencia se manifiesta entre nosotros con total impunidad. Convivimos con ella y no siempre la combatimos. Violencia en la calle, en la escuela, en la carretera, contra la mujer. Mezclamos las emociones y, a veces, intentamos justificar lo irracional con explicaciones como una ideología o unos celos. Saber qué pasa por la mente de una persona que es capaz de asesinar por una idea es algo que persiguen muchos, sin conseguir demasiados resultados. Al final, todos nos sentimos un poco perdidos, y es que, al fin y al cabo, la mente humana, nuestro funcionamiento, nuestras reacciones, tienen mucho de misterio y de sorprendente. Y se seguirá investigando, y la ciencia seguirá descubriendo nuevos adelantos. Los rincones más escondidos de nuestro cerebro serán cada vez más accesibles y nuevas teorías llenarán de interrogantes a los estudiosos. Pero hay algo adonde nadie llega nunca. Falta la guinda, el alma, el misterio que nos da la vida y nos la quita. Y es ahí donde algunos científicos se dividen, se subdividen y hacen cabriolas para racionalizar. Falta algo pequeño que lo es todo.

Algo pasa cuando se empuña un fusil. Dicen que es la ausencia de argumentos... ¿O quizás sea el exceso de éstos? Ambas cosas denotan que hay algo que va mal. Enciendes el televisor y observas aterrorizado un reportaje sobre el Ku Kux Klan en Estados Unidos: la primera asociación del odio en Norteamérica. Hoy cuenta con 5.000 miembros en todo el país. No es ni la sombra de lo que era, pero su legado permanece y su afán por sobrevivir demuestra lo difícil que resulta su desaparición.

Al cabo de unos minutos pruebas suerte con la radio, y te enteras de otro nuevo atentado. Después del verano sangriento al que nos hemos enfrentado, no puede haber ni un solo español que no se haya preguntado por el propósito real de tanto fanatismo. ¿Tan importante es un pedazo de tierra, que tienen que destrozar cientos de familias? ¿Tan suprema es su cultura sobre las demás, que les da derecho a asesinar a padres delante de sus hijos, que apenas habían comenzado a vivir? ¿Tanto odio tienen a lo que nunca conocieron? Así lo decía el Papa con motivo del asesinato de Juan María Jáuregui el pasado 29 de julio: ...renovar una vez más la condena más enérgica a estos actos contra el derecho a la libertad y a la vida, reafirmando que ninguna idea o concepción social o política puede imponerse por la violencia.

La impotencia de los ciudadanos se mezcla con la rabia del que se ve desprotegido, abandonado a la merced de los caprichos de la violencia. Mala cosa cuando en un país los que luchan por la paz tienen que esconderse detrás de pasamontañas y los violentos ventilan al aire sus rostros de apariencia humana. La violencia resulta injusta, y lo peor es que genera miedo, que, a su vez, es primo hermano de nuestra temida violencia.

Todos los días leemos en los periódicos, vemos a nuestro alrededor, nos damos cuenta de que, a pesar de los movimientos por los derechos humanos, a pesar de que hoy la violencia es perseguida, castigada, hostigada y odiada, a pesar de eso, aún nos estremecemos con nuevos casos de odio. Aún hay mujeres que se duermen bajo el temor de no volver a despertarse porque su marido ha decidido asesinarlas. La maté porque era mía ya no da risa. Ya no hace gracia, porque las propiedades y las esclavitudes se acabaron hace tiempo. ¿Cómo sobrevive una persona durmiendo al lado de quien considera capaz de clavarle un cuchillo?

PREGUNTAS Y CONTRADICCIONES


Pero, ¿por qué? Cuando se trata de hablar del origen de la violencia en el hombre, todo son contradicciones. Y son muchos los que han estudiado la agresividad humana. En especial, es inevitable destacar a M.F. Ashley Montagu, que defendía que el hombre es hombre porque carece de instintos. Este antropólogo afirmaba que todo lo que es el hombre y en lo que se ha transformado ha sido objeto de aprendizaje, lo ha adquirido de su cultura. Según él, ejemplos como El señor de las moscas, de Golding, gustaron tanto en su momento porque estaban de acuerdo con el tono de los tiempos y resultaban reconfortantes para el lector que buscaba la absolución a sus pecados. Desviaban así la culpabilidad y responsabilidad de sus actos violentos hacia una herencia natural o agresividad innata.

De modo completamente distinto pensaba Konrad Lorenz, médico y uno de los fundadores de la Etología, o estudio del comportamiento de los animales. Jugó un papel importante en las investigaciones sobre agresividad humana, llegando incluso a formular algunas propuestas para el tratamiento de la violencia en los hombres. Para Lorenz debería existir más Ciencia, Arte y Medicina (búsqueda de la belleza, de la verdad y de la curación) y también más amor indiscriminado.

Pero deteniéndonos en nuestros días, ¿qué hay de la violencia dentro de los jóvenes? También en este campo se incurre en contradicciones, según Miguel Marinas, profesor de Sociología de la Universidad Complutense. Hay un tipo de violencia —afirma— que viene fomentada por las pautas de la sociedad de consumo. Nadie te obliga a consumir, pero en las pautas implícitas de esta sociedad está el consumir hasta el descontrol: beber deprisa, sólo importa la cantidad, la comida rápida, la moda. En esos momentos a los jóvenes les favorece la masa, el anonimato, que es un caldo de cultivo para la violencia diluida. Y la contradicción radica en que es a la sociedad de consumo a la que le interesa que estos jóvenes consuman hasta la extenuación, y luego se rasgan las vestiduras.

Da la impresión de que queda poco tiempo para el respeto, la calma, el observar alrededor, reflexionar. Pero la sola idea de que nosotros mismos creamos la sociedad que, luego, aborrecemos y criticamos da que pensar. La publicidad, el ritmo de vida que se lleva, los medios de comunicación..., la violencia está presente en la vida cotidiana. A la gente joven —explica Marinas— no se le acostumbra a tener responsabilidades. Se le da gratificaciones continuamente, no tiene una experiencia de límite. Todo esto hace que se vuelva pasiva. Los adultos damos a los jóvenes de todo antes de preguntarles. No permitimos que les falte de nada y posiblemente no les estamos dando lo que ellos verdaderamente quieren. Este profesor de Sociología, partícipe de diferentes trabajos sobre la juventud, afirma que los jóvenes que se agrupan en organizaciones violentas están tratando de buscarse un grupo que les proteja, en estos momentos de identidades frágiles, del ambiente adulto, anónimo, que les dé una identidad vistosa y reconocible. Así ellos se sienten amparados frente a lo complejo: contradicciones como "consume y ahorra" o "sé responsable y desparrama". Estos grupos tienen bastante de fundamentalistas por su intolerancia. Suelen alimentarse de doctrinas muy simples, y el hecho de que haya un líder es fundamental, porque los jóvenes que entran en esos grupos necesitan un apoyo, alguien que asegure su débil posición, alguien de quien depender.

Los adultos también formamos parte del juego de la sociedad de consumo. Como argumenta Marinas, nos ponemos metas que no son las nuestras, pero siempre pensamos que, de cara a los demás, será mejor. Es un deseo constante que nunca se sacia. Hay una aceleración constante de la vida, y de esto es responsable mayormente la moda. Esto comienza a finales del siglo pasado, y significa que nos hemos convencido de que todo tiene que renovarse para estar vigente.

UN REFERENTE UNICO


Cine, televisión, radio, prensa..., tenemos ejemplos más que de sobra para comprobar que no sólo vivimos con ella, sino que además tenemos la oportunidad de ver la violencia desde todos sus puntos de vista. El cine resulta ocasión de debate incesante. Y no es para menos, porque no es pequeño el número de defensores de la violencia en la gran pantalla, como tampoco lo es el de sus detractores. Según Roberto Pérez Toledo, periodista y colaborador en diferentes medios de comunicación especializados en cine, la relación entre la violencia que difunden los medios de comunicación y la violencia real de cada día es objeto de un antiguo y delicado debate del que, difícilmente, se puede extraer conclusiones determinantes. Todos hemos oído y leído, en la sección de sucesos, mil historias acerca de asesinos que, una vez detenidos, han confesado sentirse influidos por tal o cual película, hecho que ha motivado la prohibición de ciertas obras, léase "La Naranja mecánica", de Stanley Kubrick, o "Asesinos Natos", de Oliver Stone, en algunos países. Creo, sin embargo, que la violencia audiovisual no genera violencia social por sí misma. Es injusto y demasiado cómodo establecer una causalidad directa entre una cosa y otra. No digo, ni mucho menos, que los productos audiovisuales violentos sean inofensivos, ni que deban ser programados en horario infantil, pero cuando un asesino actúa copiando lo visto en una película o leído en un libro, estamos hablando de un ser perturbado, que ha desarrollado impulsos violentos que van a ser canalizados de cualquier forma, que pueden encontrar el detonante en una película o en un perro que ladra demasiado.

Asesinos, delincuentes y seres violentos han existido toda la vida, desde el principio de los tiempos; soportes audiovisuales no. La violencia que aparece en los medios de comunicación, por muy gratuita que sea, no debe arrostrar culpas ni reproches que son sólo fruto de la época de avalancha audiovisual que vivimos, que permite buscar en ella la causa de todo mal. Sin embargo, no faltan los que consideran que siempre es bueno tener presente la libertad de decir no frente a la violencia gratuita, frente a la sangre derramada en exceso delante de pequeños que carecen de la madurez suficiente para separar la realidad de la ficción.

Más allá de buscar siempre un culpable, lo cierto es que, si hay un arma que combata eficazmente cualquier arrebato violento, es la que dispara sólo amor y respeto. Hace 2.000 años hubo Alguien que dejó un mensaje eterno: el amor al prójimo. Él dijo: como hermanos, que es la unión más estrecha que puede haber, y desde entonces se ha convertido en referente para millones y millones de personas en el mundo que dan ejemplo contra los impulsos que provocan dolor, ya sean de palabra o físicos. La violencia es fruto de frustraciones, de temor y de desamor. Y luchar contra ella es una prueba difícil, pero justa.

Anabel Llamas

CARIDAD ADMIRABLE

Como Pío IX había adquirido las virtudes en grado heroico —se ha demostrado en su proceso—, pudo hacer gala de una caridad admirable a la par que de una paciencia no menos extraordinaria, y siguió manteniendo buenas relaciones con el rey de Italia. Gracias a Pirri —historiador, no confundir con el gran jugador que fue del Real Madrid—, que publicó en cinco volúmenes su Pio IX e Vittorio Emanuele del loro cartegio privato, se puede conocer qué es eso del amor cristiano incluso a los enemigos. Como los reyes, además de corona, también tienen alma, a Pío IX le preocupaba la salvación eterna de Víctor Manuel, que los tronos siempre hay quien los ocupe. El rey y el Papa tenían algo en común: andaban los dos muy mal de salud. Al meterse el invierno de 1877 el Papa empeoró, y es que con los 86 años que tenía entonces no era para menos. Los heraldos del laicismo —una vez más, sin novedad bajo sol— pregonaron su inminente fallecimiento, pero como si les molestase que un Papa viejo y enfermo no se muriese ya de una vez. Pero había más, todavía, en el ánimo de los liberales italianos más radicales. Su agnosticismo era incompatible con la creencia de que las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia. Al fin y al cabo eran los herederos culturales de la generación liberal anterior, que en 1799 anunció en sus periódicos la muerte de Pío VI con este titular: Pío VI y último. Y claro, ahora no podían fallar, porque sin Estados Pontificios... el fin de la Iglesia tenía que estar al caer. Pero las cosas son lo que son y no lo que nos gustaría que fuesen.

Todavía aguantó unos meses más. Justo para sobrevivir en 29 días al rey de Italia. Al saber que el rey se encontraba gravemente enfermo, Pío IX se ocupó personalmente de enviarle un sacerdote con el encargo de que le levantara la excomunión. Gracias a ello, Víctor Manuel pudo recibir los últimos sacramentos, que tanta falta hacen en ese trance, y pudo ser enterrado como cristiano. Lo que nunca se olvida, por muy incoherente que uno sea, es el carácter maternal de la Iglesia, y, como es sabido, a poco que uno se deje, las madres —y la Iglesia lo es— lo perdonan todo.

¿Y qué decir de la condena que hizo del comunismo años antes de que se publicara el Manifiesto Comunista de 1848? Ya comprendo que es mucho pedir un reconocimiento del carácter profético de esta condena, pero al menos, y ahora que ya nadie quiere ser comunista, se podía haber hecho una mención de este tipo: Pío IX nos aventajó en cien años, porque cuando se gestaba el comunismo ya las veía venir... Por ejemplo. Es lo mínimo que podían hacer los intelectuales marxistas de Occidente integrados en el capitalismo vigente. Pero claro, resulta comprensible que los que ayer fueron marxistas y hoy se han vuelto liberales tampoco pueden hacer buenas migas con el Papa que condenó el liberalismo, o mejor con lo que ellos piensan que condenó en la encíclica Quanta cura, en 1864. Hace ya tiempo que René Remond escribió que el liberalismo también es una filosofía, un modo de comprender al hombre como ser autónomo que no admite ninguna ley de nadie, ni siquiera del Creador. Ése es el núcleo del magisterio de Pío IX. Menos mal que Pío IX, como además de muy santo tenía muy buen sentido del humor, habrá perdonado desde el Cielo, con una sonrisa, tanta pereza mental.

Javier Paredes