RetrocesoA&ONº 226/21-IX-2000SumarioEspañaContinuar
El padre José Sesma, director coordinador del VI Congreso Nacional de Pastoral Penitenciaria:
En la cárcel hay personas

Dice el padre Sesma, director del Departamento de Pastoral Penitenciaria de la Conferencia Episcopal: Si Dios nos permite la libertad, caso de Pedro, hasta para negarle, ¿qué tendrá entonces la libertad? Esto ha sido precisamente el VI Congreso Nacional de Pastoral Penitenciaria, celebrado el pasado fin de semana en Madrid: un grito de esperanza, tal como rezaba su lema: Por una pastoral de justicia y libertad. Es una de las múltiples celebraciones con motivo del Jubileo del Mundo penitenciario, que concluirá el próximo 24 de septiembre, festividad de Nuestra Señora de la Merced. Sólo en Málaga, en torno a 100 presos saldrán excepcionalmente de la cárcel para asistir a la celebración en la catedral
Grandes santos y grandes pecadores, igual que en la calle. Ciudadanos. Personas con una dignidad que proviene de ser hijos de Dios y que nadie les puede arrebatar: Esto me he encontrado yo en la cárcel, dice el padre mercedario José Sesma. Y sufrimiento. Mucho sufrimiento. Ha habido muchos avances en los últimos años: Han evolucionado las garantías procesales, la comida es mejor, las condiciones sanitarias, el trato a los reclusos… Pero cárcel es cárcel y nadie ha nacido para estar enjaulado. Hemos acabado, al menos en Europa, con la ejecución física. Pero ¿y la psicológica y la social? En la cárcel está todo previsto, no hay espacio para la responsabilidad personal, es decir, la libertad. Todo te cae como una losa. Te sientes como un reloj parado. Todo prácticamente lo han de hacer los demás por ti, tal es el sentimiento de impotencia.

Una de las grandes preocupaciones del Congreso ha sido la búsqueda de alternativas a la prisión. 88 presos han participado en un concurso que trataba de recoger aportaciones, tema que también desarrollaron algunas de las conferencias durante el fin de semana: No hay que ser ingenuos —dice don José Sesma—. Hay determinadas circunstancias en las que la sociedad tiene que defenderse, porque también existen los derechos de los terceros. No se trata de decir aquí: "Todos a la calle", y tampoco vamos a encontrar una fórmula mágica que resuelva para siempre todos nuestros problemas. No, se trata simplemente de aportar nuestra reflexión y nuestro compromiso, de promover —también dentro de la Iglesia— una reflexión que nos lleve a tomar conciencia de una realidad y de la necesidad de aportar soluciones. Porque lo cierto es que , hoy por hoy, la cárcel como sistema está en crisis. Reincide el 55% de los presos y, en la mayoría de los casos, la eficacia de la rehabilitación es, cuando menos, dudosa, por no decir contraproducente: Me he encontrado con gente que, a partir de determinado tiempo en prisión, han quedado totalmente deteriorados como personas.

En cuanto a la reinserción, la sociedad no suele perdonar a los antiguos reclusos, que para siempre van a llevar el sello en la frente. Reinserción, atención a las víctimas y prevención son, para el padre Sesma, los campos que más urge desarrollar. Reinserción, porque no basta con crear esperanzas en la cárcel, sino que esas esperanzas deben hacerse realidad en la calle. Atención a las víctimas, que a menudo da la impresión de que son el convidado de piedra. El detenido recibe atención desde un principio, sea más o sea menos. ¿Pero quién se acuerda de la víctima? Y, sobre todo, prevención, la mejor forma de evitar muchos sufrimientos en el futuro: Hemos de pensar que, en nuestra sociedad, hay colectivos que, de padres a hijos, tienen una herencia común que es la cárcel. Nadie se siente vocacionado a ser preso, pero puede estar viviendo en unas circunstancias que le condicionen a ello. Hablo de malos tratos en la infancia, del mundo de la droga, de personas que, desde su misma infancia, no han tenido una oportunidad de vida normal. Por eso, al castigado ¿lo seguimos castigando? ¿O nos replanteamos de dónde vienen las aguas? Porque, al fin y al cabo, la cárcel es la desembocadura de un río que lleva las aguas de muchos afluentes. Y cuando uno sale de la cárcel, en la mayoría de los casos, vuelve al mismo ambiente que le llevó a delinquir. Debemos romper este círculo vicioso. Pero, para eso, es preciso que el preso ponga también, y mucho, de su parte. El padre Sesma insiste en que, aun en la cárcel, la persona tiene que buscar un sentido a su vida. No es fácil, pero, a veces, para ganar hay que saber perder. He visto a muchas personas destrozadas por la droga que, tras pasar por la cárcel, han sabido rehacer su vida, han encontrado un trabajo y han conseguido recuperar a su familia. Así hay mucha gente que lucha en silencio, aunque ésos no son noticia.

Se mire por donde se mire, la cárcel es un fracaso: un fracaso de la persona, un fracaso de la sociedad y un fracaso, también, pastoral. El día en que todas las comunidades cristianas, todos los pueblos y villas de España se sientan corresponsables de cada uno de sus miembros habremos dado un gran paso. No veremos un expediente o un sumario, sino que veremos una persona, miembro de nuestra comunidad, de nuestra familia, de nuestra sociedad que, si ha llegado a una determinada situación es porque, en cierto modo, entre todos le hemos empujado, o porque no hemos hecho lo que estaba en nuestra mano por evitarlo. Siempre digo que, en determinadas circunstancias, yo podría haber acabado en la cárcel... Hay algo que me llamó profundamente la atención del mensaje del Papa en la prisión de Regina Coeli, de Roma. Tres veces repitió la expresión "Hermanos y hermanas". Hay una clara intencionalidad. Pero aún hay más. Termina el Papa: "Hermanos y hermanas… en humanidad". Es que, al final, como hijos de Dios somos todos una familia, seamos o no creyentes. Y si hay una igualdad en este mundo es entre hermanos.