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Si algo caracterizó a André Frossard, fue su firme convicción, razonada, sobre la fe católica que había abrazado. Gozó de la personal amistad del Papa Juan Pablo II. Sintió la necesidad de lanzarse a una razonada defensa de la incontrovertilble encíclica Veritatis splendor y de la persona del propio Pontífice. Toda una batería de ataques, las más de las veces basados en prejuicios y tópicos, se abatió sobre el contenido de la encíclica; detrás de ellos, una visión de la Iglesia sostenida por personajes que, a juicio de Frossard, no quieren un Papa, sino una Iglesia a imagen de las sociedades civiles, con una dirección colegial, bajo el control parlamentario de buenos cristianos sentados en asamblea permanente en cada diócesis que deliberarían sobre la Ascensión, revisarían Pentecostés en comisión y acomodarían el Credo, cada día, al gusto del día. Una Iglesia self-service, en suma. Estas magníficas 68 páginas de Frossard, que acaba de editar Encuentro, no son otra cosa que la expresión escrita del lúcido pensamiento de Frossard al respecto. Son de rabiosa actualidad. Igual que valían para la Veritatis splendor valen para la Declaración Dominus Iesus.
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Javier Oyarzun, autor de estas páginas que acaba de editar Morandi, vivió en Cuba, en calidad de Ministro Encargado de Negocios de España, desde 1972 a 1975. El cristal extraterritorial de una Embajada, no sólo no impide, sino que probablemente facilita, analizar a fondo los más variados aspectos de la vida del país. El apasionamiento y la visceralidad predominan a menudo cuando se trata de enjuiciar un régimen como el castrista. Que, por ejemplo, Vargas Llosa y García Márquez hayan llegado a conclusiones opuestas sobre la realidad cubana, habla con suficiente elocuencia sobre la falibilidad de los juicios humanos, y la enorme dificultad de reducir a palabras tan complejísima realidad. Oyarzun confiesa que, buscando premeditadamente no ver la realidad cubana, bajo el prisma de la pasión, o en blanco o en negro, no la vio ni en blanco ni en negro, pero sí en un gris mucho más cerca del negro que del blanco. Él mismo califica este libro de novela; por tanto, en su elaboración ha entrado la fantasía. El paso del tiempo y la inevitable pérdida de memoria son instrumentos perfectos para separar el grano de la paja. Estas páginas están mucho más de acuerdo con las críticas de Vargas Llosa que con los elogios de García Márquez a Castro. El autor no duda de la sinceridad de las primeras intenciones de Castro, pero tampoco de su fracaso. Se lee de un tirón, esta novela política, sobre la situación de los contrarrevolucionarios en la Cuba comunista. A las mariposas en que se convierten los gusanos, va dedicado este libro.
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