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En un mundo como el actual, en el que con frecuencia se hace un mito de la fuerza y la potencia, vosotros tenéis la misión de testimoniar los valores que cuentan de verdad, más allá de las apariencias, y que permanecen para siempre. Precisamente, en cuanto personas de la tercera edad, vosotros tenéis una contribución específica que ofrecer para el desarrollo de una auténtica cultura de la vida, testimoniando que cada momento de la existencia es un don de Dios y que cada estación de la vida humana tiene sus riquezas específicas,que deben ser puestas a disposición de todos. Vuestra madurez os lleva, además, a compartir con los jóvenes la sabiduría acumulada con la experiencia, apoyándoles en la fatiga de crecer, y dedicándoles tiempo y atención en el momento en que se abren al porvenir y buscan su propio camino en la vida. Vosotros podéis desempeñar en sus vidas una tarea preciosa. ¡Queridos hermanos y hermanas, la Iglesia os necesita, nos necesita! Pero también la sociedad civil os necesita. Sabed emplear con generosidad el tiempo que tenéis a disposición y los talentos que Dios os ha concedido abriéndoos a la ayuda y al apoyo de los demás. Contribuir en el anuncio del Evangelio como catequistas, animadores de la liturgia, testigos de vida cristiana. Dedicad tiempo y energías a la oración, a la lectura de la Palabra de Dios y a la reflexión sobre ella. (17-IX-2000) |