RetrocesoA&ONº 226/21-IX-2000SumarioTestimonioContinuar
Entrevista a los quince chicos alojados en Castelgaldolfo con Juan Pablo II durante la JMJ 2000
Huéspedes del Papa
Estamos como en una nube, dicen Roger, un joven de 26 años, de Toronto, Chris, de 24 años, de Vancouver, y Alana, de 22 años, de Halifax. Aún siguen cantando, después de haber comido con Juan Pablo II.

En su encuentro con el Papa en Castelgandolfo, Juan Pablo II les ofreció su hospitalidad, al igual que a otros 12 jóvenes de Sri Lanka, de Guinea Bissau, de Polinesia y de Italia, en representación de los cinco continentes. El Papa, que vivió con entusiasmo desbordante esta XV Jornada Mundial de la Juventud, les invitó a todos ellos a comer. Intercambiaron experiencias y cantaron con él. Junto a estos tres jóvenes canadienses, se encontraban Alessandro, Andrea y Simone, los tres originarios de Pisa. A pesar de que no hablan el mismo idioma y de que se conocieron en aquellos días, parecen amigos de toda la vida. Se encontraron viviendo juntos en la residencia papal de Castelgandolfo.

En medio de un ambiente de entusiasmo fantástico, ofrecieron sus confidencias a la redacción de Zenit en una entrevista realmente espontánea y sin un orden preestablecido.

¿Qué es lo que diréis a vuestros amigos tras este encuentro con Juan Pablo II?

El que mejor puede responder es Roger, afirma Alana. El Papa es un hombre verdaderamente normal, que hace todo de manera muy especial. ¡Es muy humano!, responde Roger Gudino. El mundo tiene la suerte de tener a uno como él, añade Chris Radziminski, quien recuerda con orgullo que tiene orígenes polacos como el Papa. Ya era un auténtico sueño el poder venir a Roma, explica. Otro de nuestros sueños era el poder ver al Papa, aunque sólo fuera de lejos. ¡Pero estar con él es una experiencia realmente única!, confirma Roger. ¡Y pensar que sólo hay otras doce personas en el mundo que pueden contar esta experiencia! Es increíble —continúa Chris—. ¡Jesús nos dejó a Pedro, y con él al Papa, el líder espiritual de esta Iglesia inmensa! Al mismo tiempo, es un ser humano, que seguía el ritmo con las palmas cuando cantábamos durante la comida. Es verdaderamente un hombre sabio, insiste Roger. Es una persona de experiencia, añade Alana.

Pero, contadnos, ¿cómo fue vuestra comida con el Papa?

Fue poco formal, responde Alana. Al llegar, estábamos cantando. A continuación, todos le saludamos, cada cual como se le ocurría. Nos acogió con gestos muy cariñosos —dice la joven canadiense—. El Papa bendijo la mesa y nos invitó a sentarnos, ¡en francés! (Alana es de Halifax, que pertenece a Quebec). Es increíble cómo el Papa puede pasar de un idioma a otro sin dificultad, de repente, como si fuera lo más fácil del mundo, interrumpe Chris.

Y durante la comida, ¿qué hicisteis?

El Papa se fijo mucho en nosotros y habló bastante con todos. Nos presentamos personalmente, para que supiera cuáles eran nuestros países de origen, añade Chris.

Desde un primer momento, el Papa nos pidió que cantáramos —explica Alana—. Maurissa, de Sri Lanka, había traído la guitarra. Carlos, de Guinea Bissau, marcó el ritmo. Cantamos el Ave María de Lourdes. Todo el comedor resonaba. El Papa acompañó los cantos siguiendo el ritmo, dando palmadas sobre la mesa. A veces no sabíamos la letra, entonces seguíamos el ritmo con las palmas. No nos sabíamos las canciones africanas.

Con tanto jaleo, ¿comísteis algo? ¿Cuál era el menú?

¿Crees que uno puede darse cuenta de lo que está comiendo en un momento así? Me acuerdo que la comida era muy buena, pero no sabría decir qué era, responde Alana.

En Castelgandolfo, los quince jóvenes compartieron un apartamento de tres habitaciones: las seis chicas dormían en una habitación, y los nueve chicos, en las otras dos. Se sorprenden al constatar que son capaces de entenderse, a pesar de que no hablan el mismo idioma, y de que el ambiente es muy bueno. ¡Hay una atmósfera increíble! Les encanta cantar.

Este Papa, que tiene ochenta años, que ha cambiado el mundo —dice Chris—, ¡nos quiere! Es auténtico, realmente se preocupa por los demás, concluye Roger. El Papa nos regaló la medalla conmemorativa de la XV Jornada Mundial de la Juventud y cuatro rosarios a cada uno, para nuestras familias, explican encantados. Están convencidos de que muchos jóvenes hubieran querido estar en su lugar.