RetrocesoA&ONº 227/28-IX-2000SumarioAqui y ahoraContinuar
José María García Lahiguera, hacia los altares
Un maestro de espiritualidad
El cardenal Rouco Varela, arzobispo de Madrid, acaba de clausurar la fase diocesana del proceso de canonización del Siervo de Dios monseñor José María García Lahiguera, fundador de las Oblatas de Cristo Sacerdote
El Siervo de Dios José María García Lahiguera fue conocido, querido y admirado simplemente como don José María. Era suficiente pronunciar su nombre para que cuantos le conocían supieran que se trataba de él.

En su personalidad destacaron la pasión por el sacerdocio y la pasión por la vida consagrada. Por eso promovió las vocaciones sacerdotales y fundó la Congregación de Hermanas Oblatas de Cristo Sacerdote. Vivió 86 largos años, marcados profundamente por la gracia divina. ¡Madrid, Huelva y Valencia lo saben muy bien!

Tuvo vocación contemplativa y, de hecho, intentó, sin conseguirlo, cuando era obispo auxiliar de Madrid-Alcalá, ingresar en la cartuja de Aula Dei (Zaragoza). Pero Dios le tenía predestinado para la vida activa, para que fuera un gran maestro de la vida espiritual de seminaristas y sacerdotes, para que fuera Padre y Pastor.

Fue ante todo un sacerdote ejemplar, un sacerdote santo, un formador de muchas generaciones de sacerdotes, una importante figura del llamado movimiento sacerdotal que surgió en España durante los años treinta y cuarenta, y al que tanto debe la renovación espiritual del clero diocesano español. La santidad sacerdotal podríamos decir que constituyó la santa y sana obsesión de su vida. A promoverla dedicó todas sus energías, y desgastó su vida para renovar la vida espiritual de los sacerdotes seculares.

Su vida llena casi todo el siglo XX, en el que la Iglesia ha orlado su manto con multitud de santos. La Iglesia en España ha sido la primera en el brillo espectacular de mártires, y quizá también de confesores. Y entre ellos hay que incluir a don José María. Pero de pocos se puede decir que, en la opinión general, era considerado un santo.

Cuando se despidió de la archidiócesis de Valencia, su obispo auxiliar, monseñor Jesús Pla, dijo públicamente en la catedral, repleta de sacerdotes y fieles: El señor arzobispo es un santo de virtud recia, caridad, delicadeza, corazón, heroísmo... Si ahora se acostumbrase esto como en otros tiempos, al señor arzobispo tedríamos que canonizarlo por aclamación.

Murió con fama de santo. Es interesante constatar este fenómeno, sobre todo entre los sacerdotes mayores y jóvenes; tanto en los de tendencia llamada conservadora como en los que se creen avanzados o progresistas. Cuando en la conversación aparece alguna referencia a él, la respuesta inmediata y unánime es: ¡Don José María era un santo!

Al día siguiente de su muerte, Martín Descalzo le dedicó un comentario en su habitual columna de ABC, en la que dijo: Quienes tuvimos la fortuna de conocerle, vimos siempre en él un modelo del sacerdocio al que aspirábamos. Tanto que, cuando le hicieron obispo, eso sonaba un poco a raro porque uno casaba mal el episcopado, con lo que tenía de dignidad, con la sencillez que en Lahiguera veíamos. Él era sacerdote-sacerdote. Las ínfulas jerárquicas eran en él sólo un añadido.

Don José María fue un profundo creyente. La fe fue el motor que movió toda su vida, como cristiano, sacerdote y obispo; fue un creyente sin reservas ni fisuras.

Vicente Cárcel Ortí