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El Espíritu Santo proporciona a la Iglesia los carismas que en cada momento de su Historia le son más necesarios. En pleno siglo XX suscitó la figura del Siervo de Dios José María García Lahiguera, cuya obsesión, a lo largo de toda su vida, fue el sacerdocio: el sacerdocio de Cristo Sumo y Eterno Sacerdote; la vivencia personal del sacerdocio ministerial como exigencia de santidad para los ordenados; y la preocupación por las vocaciones sacerdotales, por los seminarios, y por la santificación de los que el sacramento del Orden hace participes ministeriales del Sacerdocio de Cristo.
Eso centró la fecunda vida y provechosa enseñanza del Siervo de Dios. La vivencia personal del sacerdocio ministerial como exigencia de santidad marcó su dedicación obsesiva a la santificación propia y de los sacerdotes y aspirantes al sacerdocio que le estuvieron encomendados: como Director Espiritual del Seminario de Madrid, obispo auxiliar de la Capital, obispo de Huelva y arzobispo de Valencia. La garantía de perpetuidad que deseaba dar a sus desvelos por los sacerdotes sólo estaría asegurada, si a su muerte le sobrevivía una institución que perpetuara la oración y la entrega de Cristo Sacerdote a favor de sus ministros. Y así nació la Congregación de Hermanas Oblatas de Cristo Sacerdote, que se consagran a la oración y ofrenda por los sacerdotes a imitación de Jesús en la oración Sacerdotal: Yo por ellos ruego y por ellos me santifico, para que ellos sean santificados en la verdad. A incansables gestiones de don José María se debe la celebración de la Fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, desde 1950 en los conventos de las Oblatas y a partir de 1974 en toda España. Esta hermosa y rica herencia le debemos los sacerdotes que nos adentramos en el tercer milenio de la Iglesia. ¡Bueno! Y su devoción a la Virgen Nuestra Señora. Sucedió en el Madrid rojo, en plena guerra. Durante los meses que se hospedó camuflado en el Hotel Larios, una señora residente en el mismo hotel y muy amiga de enterarse de vidas ajenas, le preguntó descarada: Don José María, ¿y usted no tiene novia? No se podía mentir; pero había que precaverse contra ulteriores posibles embestidas. Sin pensarlo mucho ¡lo tenía muy pensado! contestó: Sí; pero está en la otra zona. Allí me espera. La Dueña absoluta de su corazón estaba en la otra Zona. Allí le esperaba. Y allí se han visto ya. Salvador Muñoz Iglesias |